SALAM ALEIKUM; PERIPECIAS A LAS FALDAS DEL RIF


                                                                                                      1 Abr '15

  2001; treinta y dos.
 Empieza un siglo; termina un pequeño hábito. Desde entonces, y de momento, último de mis escarceos con la cosa de la Cooperación sanitaria y sus variopintos tejemanejes.
 Esta vez, más cerca: Tetuán, norte de Marruecos; bastión del otrora floreciente protectorado español en el norte de Africa. Y con una nueva “camiseta”, asimismo: la de la barcelonesa Fundació Clínic para la Recerca, con sede en el Hospital Clínico de la ciudad condal.
 La tarea: crear y donar un hospital de maternidad para la sanidad marroquí, a erigir sobre las ruinas de un antiguo hospital español de la época del protectorado.
 Mi tarea: coordinar el servicio de Farmacia con el resto de secciones clínicas del futuro centro, comenzando por el hecho en sí de hallar y seleccionar un o unos proveedores locales habituales para medicación y productos sanitarios para el hospital. A la par, formar a un sanitario marroquí previamente seleccionado para que en el futuro sea él quien gestione todo ese jaleo, una vez el proyecto eche definitivamente a rodar.
 Ardua, farragosa, estresante. Así califico en síntesis mi peripecia de cuatro meses en aquel emplazamiento aferrado a los mandos de aquellas directrices.
 Y, en medio de todo ello, mi primer contacto con el ambiente islámico y su particular parafernalia. No he vuelto nunca por allí, pero imagino que era entonces bastante más light de lo que debe ser ahora, catorce años después, con la que “anda cayendo” por el globo con tanto muyahidín, tanto Estado Islámico y tanta promesa de amable nuevo califato por doquier.
 Una de mis primeras tardes por allí, caminando casi al anochecer tras la jornada laboral junto a una compañera médico del proyecto y por una bulliciosa área del centro de la ciudad, alguien me propinó por la espalda un escobazo en plena cara, en la parte derecha de la misma. Sí, un escobazo. Iba abstraído y enfrascado en plena conversación con mi compañera Olga, que caminaba a mi izquierda, cuando de repente recibí en pleno rostro el impacto certero de un cuerpo húmedo, sucio y pestilente. Mi primera percepción, automática, fue como la de haber recibido un balonazo en plena jeta, el golpe de un balón de cuero mojado y guarro que habría sido impulsado a saber con qué intención desde varios metros de distancia, con potencia, desde mi flanco derecho. Tardé, tras mirar entre aturdido, perplejo e indignado a un sector y a otro, unos tres segundos en descubrir el flagrante y delictivo cuerpo de una zarrapastrosa escoba ante mis pies, postrada en el suelo. La agarré de inmediato, y armado con ella como quien agarra un bate de beisbol, pregunté con la mirada rabiosa “quién ha sido; a quién le doy primero con esto…”, oscilando a uno y otro lado. No vi a nadie con actitud sospechosa, entre el gentío que a esas horas poblaba la plaza Al Andalouce. Tardé en llegar a la conclusión de que aquel artefacto pudo haber llegado a topar tan burdamente con mi cara, sólamente a través de un golpe propulsado y dirigido con intención y alevosía desde detrás, usando el mango a modo de remo y calculando la distancia y longitud del mismo para que el extremo “peludo” me alcanzase de lleno.
 Todo un sutil detalle de bienvenida a aquel enigmático territorio, sí señor.
 Semanas después, un individuo joven, acompañado de otros tres, me llamó en castellano 'hijo de puta' tras un leve y hasta indulgente gesto mío de reprobación, al cruzarme con ellos por una calle, cuando el aludido acababa de propinar un más que agresivo y desproporcionado agarrón y zarandeo en la cabeza de un niño de unos diez años que se había acercado unos instantes antes al trío, dirigiéndoles tímidamente unas pocas palabras en árabe. El borrego, bien escoltado ahí por sus escuderos, volvió a dedicarme por segunda vez el mismo improperio cuando, ya habiéndonos cruzado y separados por unos ocho metros de distancia, observó que me había detenido para mirarle interrogante como inquiriéndole acerca de su burda actitud, tanto conmigo como con el niño.
 Maravilloso. Viva la concordia entre congéneres, así como la apabullante 'calidad' de determinados ejemplares de nuestra humana condición.

 La medina o ciudad antigua de Tetuán era un amurallado amasijo laberíntico de callejuelas, recovecos y pasadizos inextricables, que albergaban el más abigarrado tejido comercial de la población. Pequeños bazares de ropa, de enseres de cocina, de pequeños e innumerables repuestos de automoción, de útiles de aseo, calzado, bisutería, cereales variopintos en grano, material electrónico…, se arracimaban estrechamente junto a pequeños talleres artesanos de toda condición…, y sobre todo, carne, multitud de carnicerías bajo ligeros toldos de tela de donde pendían cadáveres abiertos en canal de sanguinolentos becerros, vaquillas, cabritos, cabras, corderos y ovejas. La maraña insondable de miles de moscas verdosas y zumbonas que gozaban de su peculiar paraíso en medio de aquellos cuerpos inertes, pestilentes y pensiles en plena canícula del mediodía norteafricano, otorgaba todos los motivos para que el europeo de turno pudiera asombrarse de que alguien fuese capaz de adquirir porciones de tales adefesios orgánicos para el consumo doméstico de la familia.
La llegada de las horas crepusculares dentro de la medina se tornaban en la señal más certera para aprestarse a salir de la misma, tanto por el aumento de la dificultad de dar con una de las salidas hacia el exterior, la ciudad moderna, como por la posibilidad de topar con individuos de más que imprevisibles intenciones o designios una vez que la oscuridad extendiese su reinado por aquel indomable despropósito de callejuelas.
 Otro factor que llamaba la atención diariamente en aquella ciudad pasto de cabecillas y rufianes de las llamadas mafias de pateras, ahí a escasas decenas de kilómetros del estrecho de Gibraltar, era la descollante ociosidad de muchos hombres en edad y en horas, digamos, de afanarse supuestamente un tanto en tareas y quehaceres en principio susceptibles de proporcionar algunos ingresos que llevar al respectivo hogar. A no ser que aquéllos consistieran básicamente en ver transcurrir las horas sentados en las terrazas de las teterías, casi siempre alineados de espaldas a la pared del comercio y de cara a la vida que pasaba por delante, ante el correspondiente vaso alargado de té verde, hirviendo como él solo a pleno sol marroquí, y a menudo con un ramillete de avispas porfiando por hacerse fuertes sobre las ramitas de menta inmersas en buena concentración en cada una de las bebidas.
 De igual manera, resultaba llamativa la circunstancia vespertina de que, cual si de una inequívoca y puntual señal se tratara, las despobladas aceras de plazas, calles y avenidas de la ciudad antes de las seis de la tarde, de un instante al siguiente, se llenaban en el acto de parroquianos surgidos de golpe casi como por ensalmo. Se trataba mayoritariamente de varones jóvenes, que, arracimados en los correspondientes grupos y grupúsculos de amigos, compadres y cofrades, tomaban las aceras y caminaban en las diferentes direcciones con paso casi siempre raudo y decidido. Pocas horas más tarde, cuando caía la noche, se revelaba igual de asombroso el hecho de que, también como si un repentino y estentóreo chasquido de dedos de algún adalid mahometano que marcase la pauta incontestable, todo ese hervidero de morabitos se dispersara prácticamente en el acto, con la misma eficacia y rotundidad con que habían aparecido en escena anteriormente. No resultaba infrecuente, cuando en las horas de tales paseos también nosotros procedíamos con el nuestro, que algún que otro mozalbete se girase ante el paso de alguna de nuestras compañeras profiriendo una retahíla verbal en lengua vernácula (por fortuna, incomprensible para nosotros), con verdadero furor en la mirada, así como que, también, en ocasiones, algún brazo saliese dirigido como un resorte en dirección a la partes anatómicas traseras y bajo-posteriores de Olga o Inés, nuestras ginecólogas del proyecto en el hospital. Aparte todo ello, solíamos vernos forzados a adquirir una progresiva y certera pericia para lograr esquivar y poner a salvo nuestros zapatos o pantalones de la lluvia usual de escupitajos que continua e indiscriminadamente dirigían al suelo, en esas horas de la tarde, muchos de aquellos hombres jóvenes con quienes compartíamos el empedrado y callejeo urbano del lugar.
 Al menos, ninguno de nosotros o nosotras volvió a ser obsequiado a nuestro paso en ninguna otra ocasión con algún nuevo atinado, eficaz y cobarde escobazo en todo lo alto…
 Han transcurrido casi tres lustros y, la verdad, no he sentido en ningún momento desde entonces la intención o leve deseo de regresar algunas jornadas por aquellos lares. (¿Será extraño..?) Ni siquiera para saber de primera mano qué habrá sido de la clínica de maternidad que les pusimos en marcha y les regalamos allí. Confío que al menos eso haya ido progresando favorablemente. Y si no, qué le vamos a hacer.

                                                                                                    

COLORES ETERNOS DEL ALMA

                                                                             
                                                                                             26 Mar '15


  No necesariamente vienen de serie, pero sí se adquieren normalmente temprano, en compases relativamente iniciales del deambular por el común escenario.
 Suelen “mamarse” en el ambiente doméstico, más habitual-mente de la facción progenital masculina. Pero, siendo una de las habituales, no es ésta la vía exclusiva de adquisición.
 Veintidós millonarios en pantalón corto –normalmente no muy “letrados”, no muy versados en lides académicas, si bien existen honrosas excepciones…- conduciendo a puntapiés una esfera de cuero del calibre de una sandía. Alejándola de un marco propio rectangular para tratar de alojarla en el rival, de idéntica forma y dimensiones.
 No sabemos qué tiene, no indagamos por qué. Sólo sabemos qué locos nos vuelve a quienes nos vuelve locos.
 Sabemos, también, que suelen llamarlo fútbol.
 A lo largo de su más rectilíneo o más trabado sendero vital, un abnegado –o abnegada- usuario/a podrá ser capaz de cambiar, en un momento dado, su marca favorita de cerveza, su estilo acostumbrado en el vestir. Podrá modificar a voluntad sus hábitos culinarios, su estilo de vida -ora más sedentario, ora más activo, ora más místico. Podrá, incluso, cambiar de pareja, de cónyuge; de automóvil o de profesión.   Pero, señores…, permutar por otros los colores del equipo de fútbol de los amores de cada uno entra prácticamente en el escurridizo terreno de la utopía.
 Normalmente, nadie lo intenta. Normalmente, nadie siente tal llamada. Normalmente… a nadie se le cruza por la “azotea”. Los colores futboleros se graban a sangre y fuego en un rincón inexpugnable del ser, en esa etapa temprana en que se queda atrapado por su embrujo, y allí no hay fuerza arrebatadora ni razón ulterior descomunal capaces de llegar para desincrustarlos y, al efecto, colocar otros diferentes en su lugar. De ninguna de las maneras.
 Más tarde, acaban presentándose situaciones que trasladan al apasionado de turno a momentos que directamente ocuparán un lugar de honor en el mural de recuerdos que coronarán su vivencia. Esas tardes en que la grada enfervorizada y los muchachos del césped se funden en un solo ser, cual acontece frecuentemente en citas especiales y en plazas no menos carismáticas como San Mamés o el Vicente Calderón. O el instante en que, en el Ruiz de Lopera o en el Sánchez Pizjuán, los parroquianos estallan al unísono en gozo insuperable al endosarle un tanto decisivo al abominable eterno rival…
 Quien ha vivido en aquel mítico “gallinero” junto al Paseo de la Castellana la pasión insustituible y colectiva de las noches europeas de remontada contra los italianos del Inter de Milán (especialmente; eterno enemigo), o aquellas dos frente al Borussia y el Anderlecht, se sabe poseedor de un sabroso bagaje indeleble que le acompañará de por vida, y al que podrá recurrir siempre con un exultantemente nostálgico “yo estuve allí…”. A ver quién le quita eso. Ni San Pascual Bailón. Ni la madre superiora.




  Los  Mundiales. Eso sí que es tela marinera. Un mes entero y sin pausa –eso sí, cada cuatro años- para enfrascarse en una atmósfera exclusiva, en una sala etérea con aroma a césped y a cuero, en la que casi todo lo demás será más que nunca prescindible y superfluo.
 Un arsenal mágico de recuerdos donde de inmediato surgirán los días de Naranjito, con Pertini ‘tifoseando’ en el palco del Bernabéu mientras sus muchachos se merendaban en la hierba a la fiera germana. O la mano de un tal “dios”, enmendada minutos después con esa otra filigrana antológica en la que el pequeño argentino –y posteriormente pequeño rufián de la vida- infligía de por vida un correctivo inolvidable a las perplejas huestes de la Gran Bretaña. O las diabluras infinitas de El Buitre en Querétaro, ante los por entonces temibles daneses. O el dolor de un país ante la nariz partida y sangrante del asturiano cuando aquello se terminaba ya, con un injustísimo resultado en el tanteador. O ese linier africano con un resorte en el brazo-banderín,  programado para señalar “peligro” en cada una de las acometidas hispanas en pos de la así inexpugnable meta coreana; a buen seguro lo peor que recordamos.
 Lo que no olvidaremos ninguno es dónde, con quién o quiénes estábamos, o con quién de ellos nos abrazamos primero, cuando en el mítico minuto ciento dieciséis de aquella noche de julio de Johannesburgo, un manchego bajito y amenazado precozmente de visos de alopecia nos resarcía por fin de aquellas otras interminables desgracias anteriores al empujar aquel balón agónico, regalándonos para siempre el tanto de nuestras vidas.




 Esto tampoco nos lo quita ya nadie.


DEJÓ PRONTO DE ARDER...


                                                                                                    19 Mar '15

 Unos meses más tarde, tras encabezar deseándole suerte en su segundo año en Guinea, le espetó sin rodeos, aunque con cierto laconismo, la conclusión que emanaba de su propio e inevitable análisis.
 Afirmó raudo que se había vuelto violentamente contra él todo lo que en tan poco tiempo había encontrado tan fascinante en ella: “...Muchas cañas se tornaron lanzas; gran parte del monte dejó de ser orégano.” Y que un golpe así fue tremendamente arduo de encajar.
 No obstante, le transmitió su deseo de que siguiera acompañándola el resto de su vida ese mágico y extraño halo de fascinación, aunque él ya no lo viera, …o “lo sufriera”. Y que, ante todo, no la había idealizado, sino que simplemente había caído de bruces en mitad de “esa malla de magia fatal”, de la que no pudo ser capaz de desenredarse con soltura, o siquiera con resolución.
  Cual se había propuesto, se despidió lo antes posible, no sin encomendarle sus saludos con afecto para las amistades comunes de allí, y afirmándole, disparando sin ambages, que en algún oscuro recoveco "de su maltrecho corazón seguiría ardiendo un pequeño sol” por ella.

 …No tardó demasiado en dejar de arder, tal pequeño astro rey en su particular recoveco. Ya estaba bien, hombre. En ocasiones, la lógica acaba por fin por hacerse con los mandos, aunque se haga de rogar.

 El despropósito redomado, insolente, no debe siempre salirse con la suya. Lo insidioso de la escena no merecía tantísimo desgaste, tantísima intención, tantísima energía desbaratada.


GUINEA ECUATORIAL 1.999-2.000

                                                                                                                                                                             16 Mar ‘15
  
 El poso de aquellos días pérfidos, incisivos en su resolución como aguijonazo certero y alevoso, cubrió con su manto opaco el sustrato presuntamente respirable.
 Estuvo ahí. Él. Patente, diáfano, …absoluto. Inundando hasta el último resquicio a su alcance; amparado en la seguridad y madurez de una gestación longeva, tras, sí, una fecundación inyectada dos rápidos años atrás.
 Ella no quiso. Lo vio, por supuesto. Lo supo. Es más: probablemente, hasta lo pudo propiciar. A su poderoso antojo; a su inescrutable designio. Adusta, …incle-mentemente, pergeñó sus razones implacables.
 Si fueron éstas nobles, cual –paradójicamente- hasta podría considerar, así aguardaré el momento de su correspondiente revelación. En, sólo, mero ejercicio de la esperable, debida y mutua coherencia.
 En tanto, allí, el “orden natural” saltaba por los aires, ufano, demoledor, haciéndose benditamente añicos a cada instante. Gozoso en su trámite de interpretar las líneas de lo –más que sospechosamente- impuesto. De deflagrar en arrogante armonía la acogotadora sucesión de sus fuegos de artificio. Clavando en mí sus punzantes esquirlas, enhiestas; allí, entre la densa atmósfera del trópico acechante, tórrido, sensual.
 Lo peor, lo más cruel, parecía a primera instancia sólo una pretendida tosca añadidura. Pero –hete ahí- perduró. No se conformó con un descarnado alarde inicial. Te ofreció su dote siniestra, nauseabunda, tiñendo de burda idiotez cuanto podría no haberle correspondido. Entregándote la llave maestra para el ejercicio de un calamitoso despliegue. Salpicado, en su frenesí, de cotidianas motas de triste inquina. Ante tu impotencia lamentable, o tu anuencia sin parangón.
 ¿Qué hubiese deparado, qué hubiera sido de no haber revertido, desde el inicio, el a priori lógico fluir..?
 Es sólo una más de los millones de incógnitas que jalonan la historia de nuestra especie. De sus individuos, de sus poderosas emociones.


MEQUETREFES DE FIN DE SIGLO

                                                                                                                               
                                                                                                                    13 Mar '15

  Entran ahí, en lugar ajeno (si bien, en principio, está a su servicio), como elefante en abigarrada cacharrería.
 Con frecuencia, ni saludan. Aproximan al mostrador su ufana hechura, su –para ellos, a buen seguro- pinturera e imprescindible presencia.
 Otean un momento, yerguen hacia atrás tronco y cabeza, madrileñeando bien, ahí, que para eso estamos en los lindes del viejo Chamberí.
 Y desgranan con arrogancia, con insolencia ejemplar. Con modales calamitosos.
 Los más viejos, con frecuencia las más viejas, te sueltan ahí sus recetas rojas como quien le tira un hueso al perro del titiritero, con un desprecio mayúsculo, con la mirada insuflada de hostilidad. “Trae eso ahora y rápido, pequeño tuercebotas”, parece leerse de sus procelosas mentes. Normalmente, no sueltan una palabra ni al llegar ni al marcharse. Sólo legan patética gestualidad.
 Otro, también entrado en tacos de almanaque, te “solicita” que “por favor” le tomes la tensión también sin una palabra –ni de saludo, al entrar; para qué...-; basta simplemente con un gesto certero (y chulesco) de una de sus manos apretando un par de veces un invisible tensiómetro en la proximidad de su brazo opuesto. Cuando ve que le has visto llegar; dedicándote una mirada de ésas que estimará son irrebatibles. “Aquí mando yo, pequeña inmundicia. Y tú me sirves ahora y sin dilación”.
 Portadores de una soberbia y una ignorancia apabullantes, sin límites, se sienten izados en el trono del emperador. Estos “tenderos de bata blanca” son mis pequeños lacayos, especialmente ése, el nuevo, el chaval ése joven que mi mujer dice que siempre está buscando problemas. El otro día, el muy subnormal, le dijo que necesitaba su tarjeta sanitaria para rellenar no sé qué datos de la receta de los cojones que venían vacíos, o no sé qué. Hace falta ser mamón, el chaval ése.
 El chaval ése, licenciado sustituto de la baja de otro adjunto durante unos meses, es “el nuevo”, sí, “el joven”, …aunque lejos andan de suponer, los energúmenos, que se trata de la autoridad técnica del establecimiento oficial, especialmente en ausencia del titular del mismo. Ni se molestan en leer la placa identificativa que pende de la solapa de su bata. Total, “la tienda” es una “tienda”, como cualquier otra del barrio, ¿no? ¿Qué licenciado ni qué carrera, ni qué carajo con ruedas..? “¡..Anda, chaval, ponme dos de ‘Termangil’ Codeína, y no te equivoques, que no quiero volver después!”
 Cincuenta y muchos años, sesenta y tantos; incluso setenta, o más. …¿Han sido así todas sus vidas..? ¿Les ha resultado necesario, funcional, satisfactorio, rentable..? ¿Han tenido su correspondiente alícuota de descendencia -..la habrán tenido, ¡como que no..!- y son tales usanzas y modos los que han ido legando a los suyos..? ¿Nuevas bombas, vástagas bombas de ira e insidia por esa calle Bravo Murillo, por esa ciudad, por el mundo..?
 Radiografía de una sociedad hosca, perjudicada, con múltiples relés y bujías clamando por su reemplazo urgente. De una especie animal (nunca mejor… eso) con tintes putrefactos, demasiados, presumiblemente dispuestos a emponzoñar el tejido todavía sin viciar. Que todavía queda; lo llamativo es que todavía queda algo…
 El chaval joven ése, que tras acabar la pérfida sustitución hace raudo la mochila para desplegar nuevas correrías por algún trópico más amable, atemperado y cabal, se marcha pensando que cada trámite, encontronazo y tejemaneje  con una persona amable, correcta y cordial en este sinuoso camino vital merece ser paladeada con fruición y archivada después en un rincón preferente de las meninges.
 Cual si se tratara de una quimera, de una franca improbabilidad. 
 Qué lástima, señores. Qué pena.

APURÍMAC; TRAPECIO ANDINO

                                                                                                                             
                                                                                                                                      10 Mar '15


  De nuevo en las andadas; 1.997. “Farmateo” sin fronteras, y sin… previsión de ulteriores consecuencias.
  Debutando en Latinoamérica.
  Shock diabólicamente intenso al momento de la súbita inmersión en Lambrama, cabeza del remotísimo distrito. Ni las jornadas previas de aclimatación entre Cuzco y Abancay aportaron suficientes o anticipados paños calientes de cara a tamaña revelación, a semejante impacto de hallazgo.
  Tierra apartada, recóndita, enrevesadamente oculta. Tremenda tierra acechante, feroz. Y fértil, deslumbran-temente fértil.
  Virginal cogollo de enclave inca; lugar fuera del mundo. Valles misteriosos, insondables y amenazantes, gestadores de leyendas y verdades que sobrecogen hasta el epigastrio.
  Y aparecen sombras, siluetas, bocetos humanos de entre los recovecos, las ‘chacras’, los árboles y piedras. De entre los pequeños cerros aledaños y las modestísimas viviendas. Seres anacrónicos, espeluznantes, casi inconcebibles. Seres a quienes a primera instancia cuesta atribuir características avales de supuesta corporación intraespecífica, suya y nuestra. Lo mismo debieron conjeturar ellos, estimé.
  Acuden al inaudito reclamo de ese par de especímenes inmaculados, futuristas, inverosímiles. Ese par de “gringos” oriundos sepa Dios/Viracocha de qué siderales coordenadas, ahí apostados ahora en el secreto de sus pagos en plena mañana de aquel junio cualquiera. Los meses, los años y los siglos siempre han debido ser cualesquiera, allí.
  Dos “gringos” estrambóticos y misteriosos, provenientes al parecer de algún lugar llamado España, y que pretenden, también al parecer, informar acerca de un altruista propósito y proyecto de conducir agua potable hasta los confines de su población; agua contante, corriente y desinfectada, apta para el consumo humano. De trasladarla hasta el último de los domicilios, con al menos un grifo regulador en cada uno de ellos, tras captar de los manantiales o “puquios” que brotan a raudales de los múltiples cerros circundantes; guiarla por sistemas de tuberías, tratarla en depósitos y asegurar todo el tránsito con pertinentes cámaras rompe-presión. No en vano, los desniveles allí no son cualquier minucia.
 La población “flipa” mandarinas; los gringos europeos “flipan” igualmente, con idéntica intensidad. Los unos, sin albergar la más repajarera idea de cuan representa un “proyecto de cooperación sanitaria” establecido en un convenio concreto –siendo el Ministerio de Salud de su propio país una de las contrapartes implicadas-, toman aquella bravata de esos dos estrafalarios personajes como una especie de bendición celestial o inesperado regalo de Reyes quechuas. Los otros, jóvenes, aún no muy avezados en la exploración de mundo –pese a la experiencia ruandesa de uno de ellos-  se ven inmersos de repente en un ambiente geográfico, etnológico y espiritual nada fácil de asimilar a primera instancia. Diferente, descomunal; indudablemente sobrepasa todas las expectativas previas que pudieren haberse formulado.
 Y sí, es duro, aquello. Complejo, abigarrado, recalcitrante. Una de las partes de la dupla “gringa” pierde pronto la fe y se repliega a los encantos y cantos de sirena laborables de Lima, donde había dejado también una parte de su atendido corazón. Rápido, envían sustituto desde Madrid; mujer, en este caso: una riojana de Nájera aplicada, prudente, empática, campechana. Un lujo compartir siete meses allá contigo, Alicia. Y sobre todo, un millón de gracias por tu amistad incondicional.
 La gente, los hombres, beben mucho, allí. “Toman”. Toman hasta desfallecer, con frecuencia. No es un acto social, no es el placer de refrescar el gaznate con una cerveza fresca en un momento propicio de la jornada o de la velada. Es simplemente trasegar cualquier tipo de alcohol al alcance hasta terminar por el suelo, necesitado de dos o cuatro brazos amigos dispuestos a trasladar a la víctima al domicilio, sobre todo si no se halla muy distante. Cualquier martes a las diez de la mañana; cualquier domingo a mediodía. Una “huasca”, como llaman allí: beber sin fundamento y sin razón hasta caer de bruces. Toman “chicha”, milenario fermento de maíz, nauseabundo y espeso. Toman “cañazo”, un aguardiente casero destilado a doscientos mil grados al que suelen recurrir ante el menor pretexto de ámbito laboral (un descanso en la “faina” comunal, la paternidad reciente de algún cofrade..). Toman alcohol metílico, el “de quemar”; una enloquecida barbaridad. La prevalencia de ruinas hepáticas prematuras en aquella latitud lleva a encabezar las causas de mortalidad en la población masculina. Se convierte en estampa habitual la de, ante la no comparecencia de un maestro de obras o una autoridad local relacionada con el proyecto, a la hora convenida para una reunión o trámite laboral establecidos, el personarnos en su casa esa misma mañana y recibir la sonriente nueva por parte de la abnegada esposa en forma de “…no está disponible, señor; ¡ha tomado..!”.. Como el pretexto más digno del mundo, como la justificación más mundana, totalmente exenta de pesadumbre o rastro de vergüenza… Cualquier martes a las diez…
 Con o sin alcohol de por medio, se suceden las curiosas trabas lingüísticas entre una parte y la otra..:
-Bueno, ¿y cuánto hace que se construyó este depósito de agua..?
-¡Sí, señor!
-No; pregunto que cuánto tiempo hace que tienen aquí hecho este depósito…
-Sí, 'papacho', sí…
-Vamos a ver…, que- cuántos - años - han- pasado - desde - que – se - construyó – este – depósito..!?!
-Ah! Se hiso en mil novesientos ochenta y sinco; va para trese años, doctor..
  
 Nueve meses, finalmente, en aquella especialísima latitud. Meses de constancia, fe, intención, y por momentos también desesperanza y hartazgo. Pero sobre todo, y en medio de todo, tiempo de empeño para tal logística y coordinación de obras para dotación de sistemas de agua potable extendidas por aquel distrito, en beneficio de comunidades rurales tan enigmáticas e inveteradas como sus respectivos nombres: Atancama, Caype, Soccospampa (..la doble ‘c’ equivale en pronunciación a nuestra ‘j’), Siusay, Matara, Urpipampa, Chaquepaccay.
 Meses compartidos con el anacronismo fascinante de aquellos pueblos, aquellos parajes sobrecogedores; aquellas mujeres y hombres silenciosos, inescrutables, prestos a exhibir perplejidad constante en sus rostros insoportablemente curtidos por el rigor infinito de un clima impenitente y sempiterno.


ENAMORADOS DE VARSOVIA ( Eterna gratitud..)

                                                                                                
                                                                                                                    4 Mar '15

 Eterna gratitud, sin duda. Sin ambages, sin demora; en todo caso, con nostalgia. Nostalgia que no habrá, felizmente, de pesar como una losa. Los variopintos soportes, los de antes (más entrañables, más apañados) y los actuales (visuales además de auditivos; y raudos, inmediatos, como todo en este siglo XXI…), nos permiten y permitirán recurrir a ellos, a todos ellos, en el momento o lugar idóneo y preciso. Agradezcamos también esta feliz y definitiva circunstancia.

 Me ceñiré a tres. Para mí, los primeros. Los imprescindibles. Los imperecederos.

 ¡…Qué coño; los mejores..!

 Empezamos con los gijoneses. Qué tío, ese Jorge Ilegal. Qué elemento. Qué banda la suya, Ilegales. Casi treinta y cinco tacos dando guerra sin conceder respiro, bendita guerra, con todas sus cuerdas, las vocales y la de su imponente colección guitarrera. Desde los ya arcaicos días de la centro-asiática “Revuelta juvenil…”, de aquella “Princesa equivocada” en su rincón. De “La fiesta” en que se bebieron la bebida de los anfitriones y metieron mano a las chicas…
 La que iba a liar el elemento, junto a sus diversos compinches de escenario, ya entrados los ochenta. Dosis de electroshock a base de un rock minimalista, original, pero sin duda aguerrido, insolente, descarnado. Rock que no podría dejar indiferente ni a la estatua de la virgen de Covadonga.
 Tiempos nuevos, salvajes tiempos para acometer incursiones mercenarias en Africa, espiar los juegos de los niños y jugar a delincuente habitual que se subirá a los árboles cuando le suelten mañana, y bajará a continuación para hacer a algún chivato correr. Para la historia dejó Jorge el mítico “..señora, si no le gusta mi careto… ¡¡cambie de canal!!...”, mientras algún problema sexual le surtía de ruedas y manillar en ‘Qué noche la de aquel año’…
 Tiempos salvajes, hasta agotarse de esperar el fin, de algún lúgubre club de golf…, de chicas pegajosas como caramelos podridos. Y de llenar la piscina de champagne rosa.
 Harto de ser el malo del lugar, o quizás no tanto, no fue ello óbice para hacer mucho ruido (es muy divertido..), o para hallar a Julio frío, rodeado de pastillas rojas, verdes y amarillas. Algún ángel exterminador siempre dejaba a los chicos pálidos ante la máquina. Y siempre quedaba optar entre integrar la banda de El Demonio o regresar al sexo químicamente puro, sin obviar prevenir ante la cantidad de drogas duras que llenaban sepulturas. Pero a la luz o a la sombra… todo está permitido.
 Cambió Jorge de integrantes de banda, con recurrencia. Alonso, Ayestarán, Lantero, Flores…, y el Willy Vijande de quita y pon. Halló al fin la estabilidad más firme con Blanco y Belaustegui. Pero con cualesquiera de todos ellos, no logró evitar que los psicodélicos riffs de “…Varsovia” no me erizasen los vellos como la primera vez, tras exponerme a ellos quizá en un millar de ocasiones…
 Y cómo sonaban Ilegales en salas como El Sol, o el antiguo Rock Club de San Bernardo, casi Gran Vía (mítico concierto allí en el ’88 tuve el tino de no perderme…). La compacta banda del larguirucho y calvo ilegal del Cantábrico con aspecto de comerse crudos a los niños, pero que al parecer era y es entrañable como la madre que lo parió.
 Gratitud eterna (…“para siempre”), y larga vida al proyecto de ‘Los Magníficos’.




 (*)  Incluyo este inciso un año después (marzo '16) tras el conocimiento de la noticia de la reciente y trágica pérdida de Alejandro Blanco, el risueño bajista en activo de la banda. Un paro cardíaco, al parecer en pleno sueño nocturno, se lo ha llevado en plena juventud y vitalidad. Un mazazo imprevisto y tremendo que nadie imaginaba. Descanse en paz. El grupo ha comunicado, compungido, que van a seguir, colocando de nuevo a W. Vijande en el puesto del finado Alejandro.
                                                                              (17 Mar. '16)


 Viramos al este; enfocamos Pamplona. Allí están los Barri. Enormes, Barricada. Imperiales.
Coronado, Boni, Drogas, Alfredo. La formación más compacta de la banda, tras luctuosas desgracias anteriores.
 Tardé en descubrirles a fondo, todo a partir de caer en mis manos hacia el ’91 un vinilo de segunda mano del “No sé qué hacer contigo”. Lo pinchaba hasta la saciedad. Perlas como “Todos mirando”, “Tentando a la suerte”, “Tu condición” o el propio “No sé qué hacer..” bien lo merecían.
 Tenía vista de antes alguna estampa del Drogas, ese adefesio de inverosímil melena lacia capaz de taparle completamente la cara, excepto nariz y dos piños equinos, cuando se inclinaba hacia el mástil de su bajo. Estampa humanoide que podía hacerte cambiar de acera si, sin tenerle muy visto, te pudiese tocar cruzarte con él después de las diez por una travesía solitaria… Y es que aquélla podría no ser una noche para andar por esas calles…
 Tirando para atrás, aparecían maravillas como las “Lentejuelas” de su conflictivo barrio, rutilando en eternas noches de rock and roll esperando en un billar la hora de la silla eléctrica. O la del carnaval…
 “No había tregua” para lanzar mensajes contundentes, sin pretender dogmatizar (cual insistían en señalar). Rincones para juegos ocultos, razones para no dejar de coger el último vagón. Hoy por ti, mañana por mí…
 Abrir y cerrar, de ojos, de piernas o de boca para franquear o no la violenta irrupción lingual de ese animal caliente (¡..qué pedazo de tema, Dios, el Animal Caliente!). Invisible caricia, déjate arrastrar por la noche…
 La parda que la liaron, los Barri, con su “rock por las bravas”, sin anexos de la manida radicalidad rockera vasca, sin dogmas, sin ninguna bandera poniéndoles de pie. Por instinto -sobre todas las cosas-, la oveja negra esquivaba las balas blancas, aunque nadie evitaba la paliza por salir corriendo. El movimiento se aceleró, y, viendo todo en blanco y negro, los tiempos ardieron sin dejarse ver.

 Como el pan de los ángeles, como indudable objetivo a rendir…, haz lo que quieras, pero por favor, pídemelo otra vez: sólo deja que esto no acabe nunca.





 … Y por fin, al corner noroeste. Vamos para Vigo, que anda que no hay ahí ‘percal de senegal’ para dar y tomar…
 Los Siniestro, tronco. Como si se precisara añadir mucho más, tras sólo nombrarlos. Estos sí que fueron la repera limonera. A estos pájaros sí que les debo momentos de indescriptible gozoso esparcimiento en aquellos bares ya hoy –¡cráspita..!- en  maldito desuso, al estrambótico ritmo de sus ultracarismáticos acordes y sus letras demenciadas, únicas, benditamente incalificables.
 No habrá habido otra banda que como más descarada condición para sus composiciones y ‘bolos’ pusiera ante todo la del permanente cachondeo procaz, el desenfado y divertimento en dosis bíblicas. Y quienes quieran y puedan, que les sigan. Vaya si les seguíamos…
 Tras el año y pico inicial con Coppini –q.e.p.d.- y su personalísimo berrido punkie, el combo acuñó el cuarteto imponente que le dio sus mejores días: Torrado, Soto, Costas y Hernández. Si bien, la posterior incorporación de Segundo (…por  el primero) y de Angel a la percusión siguió perfilando un derrotero glorioso para mucho tiempo.
 Nadie como ellos transfería a la parroquia tan estelares momentos en la puesta en escena como cuando los tres -o cuatro- de delante se alineaban tan bien plantados en paralelo para desgranar, a coro irresistible, los arrebatadores estribillos de “Assumpta”, de “Pueblos del mundo…”, de “Diga qué le debo”, de “¿Quiénes somos?¿ de dónde venimos...?”, de “El hombre medicina”, de “Bailaré sobre tu tumba”, de “Fuimos un grupo vigués…”

  No haré esta vez tanto juego de palabras con sus títulos. Me quedaré con las risas, saltos, ratos mágicos y afonía posterior de los múltiples conciertos suyos a los que asistí. El solo nombre del grupo ya me espoleaba la circulación cardíaca y el ritmo linfático. Como para no ir a verles cada vez que actuaban cerca. Como para no aprenderme a gorrazos la lección de Galénica con tal de acudir raudo a pinchar el “De hoy no pasa”, el “En beneficio de todos” o el “Menos mal que nos queda… “ ¡…SINIESTRO TOTAL!




-¡ Marioooo.., ¿quieres bajarte de una puta vez del armariooo..?!!


REFUGIO NORD KIVU

                                                                                                             2 Mar '15

 Veintiséis.
 Ansias irreprimibles de libertad, de aventura; de incursión pronta en un mundo que aún es sólamente un mosaico extraño, excitante, remoto, embaucador.
 Cooperación sanitaria. Edad todavía púber de las ‘oenegés’.
 Farmacéuticos Sin Fronteras; sección española. Como Teruel, existen. Existíamos.
 Antigua República del Zaire, región oriental. Un millón y medio largo de refugiados ruandeses, etnia hutu. Balance demoledor de una barbarie acaecida meses atrás, a sólo unas decenas de kilómetros de distancia, al otro lado de una frontera inmediata y devastada.
 Mugunga, Katale, Kahindo, Lac-Vert…  Asistencia en medicación y salubridad del agua en los hospitales de campaña instalados al efecto, levantados contra reloj.
 Hacinamiento, enfermedad, lucha, esperanza. Hervidero humano; calor intenso. Sarna, disentería, malaria, parasitosis varias. Miríadas sin fin de niños; orfandad, harapos, curiosidad… Olor a antiséptico, a excremento y sudor bajo las techumbres azules del ACNUR.
 La desesperanza y el pundonor en pugna abierta y cabal; la danza siniestra y displicente que no repara sobre cuál de las dos caras, muerte o vida, caerá la moneda sobre el fango reseco.
 Conglomerado de miradas que resumen procelosos organigramas mentales. Bosquejos de las almas, sinopsis de intrincada conclusión. Por las noches, indicios de milicias en instrucción, rumores lejanos, el eco de algún disparo. Ayer, una violación.
 La patria espera, al otro lado. El bando opuesto espera también, sediento de venganza, pero se han creado tribunales internacionales que regirán la situación. Ruanda está tomada por las fuerzas de paz.
 Es precisa una organización, unos criterios, una señal conveniente y certera. Hasta los niños corean una canción con un estribillo que eriza los cabellos, “Volveremos, volveremos a Ruanda…”. La paciencia y la fe despliegan sus fichas en el tablero verde esmeralda mientras cicatrizan las heridas más recalcitrantes, mientras un penúltimo aliento quede por exhalar.
 Y sonrisas, también sonrisas. Por fortuna. El africano es un ser con una intrínseca capacidad para sonreír en las circunstancias más inverosímiles. Que para ellos lo son menos, pues conforman el alicatado de su escenario habitual.
 Tres meses allí. Se me fueron en un suspiro. Noventa días con los ojos como platos, enfrascado en una burbuja casi onírica, imbuido en el fragor de una pulsión lejana, atosigante, descomunal. El mundo, efectivamente, era un mosaico capaz de ofrecer todas las versiones faciales imaginables.
 Días también de compañerismo, de forja de sólidas amistades. Bastantes organizaciones, raudal de profesionales y cooperantes en liza. Ratos para rasgueos nocturnos de guitarra, todos juntos; cerveza Primus, inventario de anécdotas del día, planes para desconectar algún fin de semana. Ese lago Kivu, azul como un espejo de belleza extrema, regando el sempiterno verde exuberante en derredor. Aquel volcán, el Nyiragongo, presidiendo el horizonte y emitiendo cada noche fogonazos rojos como sólo en ese entorno podían concebirse, podían concurrir. El Parque de Virunga, aún sin devastar. Los primeros, mis primeros contactos con la fauna salvaje, con todo ese arsenal de maravillas naturales que grabarían a sangre y fuego en lo más profundo de mi ser una pasión indestructible por aquel insólito continente, por aquella tierra distinta y brutal.
 Una vez allí cobré recibo de cuánto necesité aquello, entonces. De qué arrebatadora experiencia se me brindaba tomar parte; de qué inconmensurables sensaciones me disponía a asimilar y archivar para siempre en un privilegiado rincón de mi alma.
 No sólo para ellos, los orgullosos hutus. En aquellos meses, Nord Kivu fue también mi refugio.