Son legión las ocasiones en que he llegado a
desear el haber nacido cinco años antes de cuando me tocó, y haber podido así
meter el cuello hasta las trancas en todo el meollo y el esplendor de lo que
vino en llamarse La Movida Madrileña, habida cuenta de que, aunque provinciano,
fue a la capital del reino adonde fui facturado a estudiar la errática carrera
que cursé en la universidad.
Sí, porque aquella época ha quedado
inmortalizada en la memoria colectiva como un fenómeno glorioso, embaucador, fascinante
e irrepetible. Especialmente, desde luego, en la memoria de todos aquellos que
la experimentaron y apuraron bien de lleno (…¡cabrones, suertudos..!).
La cantidad de veces que he sentido la
punzante añoranza no vivida de los míticos conciertos en Rock-Ola, aquella
bendita sala próxima a la estación de metro de Cartagena, abierta en el ’81,
siendo todavía yo más que un imberbe, y que se constituyó de forma inmediata en
el santuario abanderado de aquel mágico movimiento. Una catacumba que daba cobijo al
unísono a especímenes de todas las llamadas tribus urbanas que por entonces
otorgaban color y sabor, pimienta y sal a las calles de la capital: mods,
punks, rockers, pijos, heavies, hippies… Normalmente en armonía y desenfado, al
menos hasta que una reyerta a las puertas del local, cuando apenas éste llevaba
cuatro años de enfervorizado recorrido, en la primavera del ’85, entre miembros
de dos de esos colectivos, deparó una víctima mortal y aceleró la sentencia
hacia el finiquito del local.
Todo el mundo quería estar en Rock-Ola, preferiblemente
cada noche. Allí todos se codeaban, entre humo de cigarros y “cigarrillos”, y vasos
en las manos, con los personajes que decoraron el paisaje emergente de la
Movida: pintores, nuevos cineastas, diseñadores, fotógrafos, poetas, modistas,
creadores diversos. La efervescencia de aquellos días y noches atrapaba a todo
aquél con unas mínimas inquietudes que buscaran salida urgente. Y los músicos,
por supuesto, los reyes de la escena, los ases de la variopinta, abigarrada y
díscola baraja.
Todos tocaban en Rock-Ola. Desde las bandas
new age internacionales del momento (Spandau Ballet, Iggy Pop and Stooges,
Simple Minds, New Order..), hasta las nacionales que acabaron consagrándose en
pocos años: Radio Futura, Nacha Pop, Alaska y Pegamoides, Ejecutivos Agresivos,
Gabinete Caligari, Los Secretos, Siniestro Total, Loquillo, Los Elegantes, La
Unión…
Hoy, de entre estas últimas, las nuestras,
vengo a recordar sin embargo a unas pocas que no figuraban entre el elenco más
selecto de toda la nómina de nombres, pero que constituyeron un relleno
inestimable, dando unas briznas de imprescindible color y calor en medio del
glamuroso conglomerado de todo aquel magnífico guirigay.
•
Empecemos por… GLUTAMATO YE-YE ! – Grupo compuesto por nombres de
peso del momento, como los Recio y los Haro, en torno a la figura del incombustible
bilbaíno Iñaki Fernández, vocalista de personalísimos bigotito hitleriano y
profusa cabellera. Generadores de un rock desenfadado y fresco, de pegadizas
melodías, fueron incluso propuestos para acudir a Eurovisión con su tema
“Alicia”. Junto a dos o tres grupos afines conformaron las llamadas 'Hornadas irritantes', que se situaban en franca contraposición al estilo y puesta en escena de las más modosas formaciones de la época, bautizados desdeñosamente como los 'Babosos': Nacha Pop, Mamá, Los Secretos...
Dejaron himnos carismáticos como “Guapamente”, “Un hombre en mi nevera” o “Todos los negritos tienen hambre y frío”. Les guardo especial estima por ser la primera banda que vi en directo en Madrid, cuando llegué a estudiar el COU acabando el verano del ’85, en un concierto gratuito que dieron en un parque por Prosperidad, creo recordar (me llevaron dos colegas de clase; aún no conocía los más básicos resortes de la ciudad..).
Dejaron himnos carismáticos como “Guapamente”, “Un hombre en mi nevera” o “Todos los negritos tienen hambre y frío”. Les guardo especial estima por ser la primera banda que vi en directo en Madrid, cuando llegué a estudiar el COU acabando el verano del ’85, en un concierto gratuito que dieron en un parque por Prosperidad, creo recordar (me llevaron dos colegas de clase; aún no conocía los más básicos resortes de la ciudad..).
•
Continuemos con… los PISTONES ! – Un excelente y quizás no en su
justa medida reconocido músico y vocalista, Ricardo Chirinos, fue el alma de
este magnífico grupo al que se le recuerda especialmente por su rotundo éxito “El
pistolero”, que era pinchado sin descanso en todas las emisoras allá entre el ’83
y ’84. (“El pistolero ha llegado ya a la ciudad… / ..Y yo sé que esta vez sin
duda viene a por mí; algo tendré que hacer...”).
Pero no muchos más allá de sus incondicionales
seguidores saben que dejaron para la posteridad (..bendito youtube) perlas de
una calidad incuestionable, temas que injustamente no alcanzaron la fama que
merecían. Son casos como “Metadona” (arrebatador y memorable estribillo aquél
de “...No sé cómo voy a escapar…”), “Que el sol te dé” o “Lo que quieras oír”.
Este último revolucionó hace escasos meses los pabellones auditivos y las almas
de muchos telespectadores seguidores de la serie “Cuéntame”, cuando fue
escogido como banda sonora del final de un muy seguido capítulo, y muchos
desconocedores de tan magna canción acudieron de inmediato, sí, al bendito
youtube, a tratar de localizar el tema y sus autores a partir de lo que parecía ser el estribillo: “..sólo existo yo, tu último admirador… diré lo que quieras oír”.
Ahí os lo dejo a continuación:
•
Proseguimos con… PARALISIS PERMANENTE ! – Eduardo Benavente y Ana Curra,
dos ex Pegamoides de Alaska, contaban con unas inquietudes creativas que les
impulsaron a dar nacimiento a otro proyecto; así surgió Parálisis. Eduardo era
un genio, al parecer un verdadero prodigio de la música que no sabemos qué
medida hubiese podido finalmente ofrecer si sus días no hubieran terminado
bruscamente en un aciago accidente automovilístico en mayo del ’83, cuando
contaba apenas veinte años de edad. Se desplazaba a Zaragoza, con Ana, Toti y
otros afines al grupo, para tocar en la Plaza de Toros de la ciudad.
Pese a su tremenda juventud, tuvo tiempo de
dejar un magnífico legado, una vasta colección de canciones, temas que por lo
general enmarcaba en un ámbito un tanto oscuro, lúgubre, algo siniestro, pero
que denotaban a las claras la potencialidad del genio creativo de su autor.
Parálisis Permanente se inmortalizó con “Quiero
ser santa”, pero, una vez más, canciones de la misma o mayor calidad se daban
cita en los entresijos de sus publicaciones. Algunas de las imprescindibles,
entre ellas, son “Autosuficiencia”, “El acto”, “Tengo un pasajero” o “Adictos a
la lujuria”.
Tras la muerte de Eduardo, Ana, su compañera
artística y sentimental, prosiguió su carrera en solitario.
• Y por
último… DERRIBOS ARIAS ! – Este estrambótico combo derivó
de la también estrambótica personalidad de su creador, Ignacio Gasca, “Poch”,
un donostiarra que aunque estudiaba medicina en Huesca, no se resistió a los
cantos de sirena que a principios de los ochenta provenían del irresistible
ambiente de las noches de Madrid.
Delirantes canciones y no menos delirantes
actuaciones en directo podían cursar y finalizar, …o no, de la manera más imaginablemente
inesperada.
En plena juventud, Poch desarrolló la
enfermedad de Huntington, un mal degenerativo que ataca al sistema nervioso y
que le acabó llevando a la muerte a finales de la década de los noventa. De
enorme carisma, muchos componentes de grupos amigos de los Derribos le
dedicaron un homenaje en forma de canciones escritas para él, el “chico más
pálido de la playa del Gros”, cuando su enfermedad fue entrando en una fase de más
que incierto pronóstico.
“Branquias bajo el agua” fue uno de los más
escuchados temas de Derribos Arias:
¡Bendita movida; quién nos vio y quién nos ve... Esto de hoy ya no parece tener remedio..!