Un atractivo lío: quince o dieciocho personas
metidas en un camión grandote recorriendo parajes remotos del fantástico
continente africano. Una variante turística importada de avezados aventureros
británicos y holandeses, gentes de alta tradición en estas lides.
Conductor y cocinero de campaña locales; al
frente, un guía de habla hispana. Un itinerario pre-establecido, normalmente
profanador de las más carismáticas áreas del país de turno, y con pernoctas que
alternan la acampada en plena naturaleza exótica –frecuentemente en mitad del
parque nacional o reserva faunística correspondiente- con otras bajo techo y
paredes firmes. Un equilibrio óptimo entre ambas modalidades suele satisfacer a
la mayoría del elenco participante.
Y la cosa suele redundar en el éxito. El
personal lo flipa de día observando fauna y paisajes a diario, a diestro y
siniestro desde los amplios ventanales del pesado vehículo, así como esos
amaneceres y ocasos sólo concebibles en ese continente. Y también después, de noche,
especialmente cuando toca desplegar las tiendas de camping bajo las estrellas, y
se suceden entonces los momentos impregnados de magia inolvidable con todo el
grupo en torno al fuego, y más tarde, ya con cada mochuelo bajo su respectiva
carpa, cuando el silencio del entorno es rasgado por los pasos o las voces de
los salvajes especímenes autóctonos evolucionando al ritmo de sus
correspondientes impulsos vitales.
La emoción de que se embarga cada viajero es
de similar intensidad ante el estruendo que el gigantesco elefante ocasiona al irrumpir
en plena noche entre la maleza que circunda el campamento, como cuando se
intuye certeramente la presencia de las hienas a unos centímetros de la tela de
campaña, o cuando a la mañana siguiente se divisan huellas frescas de los
imponentes felinos a sólo unos pasos de distancia de donde uno ha estado
reposando en horizontal bajo el frágil pero seguro habitáculo.
Han sido numerosas las ocasiones en que la
excitación derivada de tales experiencias me comprometía sobremanera la
conciliación del sueño reparador. Pero nunca dudaba en darlo por bueno. Son
sólo unas pocas noches del año –y no todos los años- las que me veía inmerso en
semejante tesitura sobradamente teñida de desbordante e inolvidable emoción.
Y así probé y reincidí en cuatro aventuras
distintas a lo largo y ancho de parajes extasiantes por tierras de Kenia,
Tanzania, Botswana, Namibia, Zimbabwe, Zambia y Malawi. Benditas experiencias,
todas y cada una de ellas.
Tanto llegaba a mover mi vida la idea y puesta
en escena de tales peripecias, que acabó irrumpiendo en mis meninges la intención de
probar como guía de grupo de viajeros, en caso de ser seleccionado como tal por
la agencia emprendedora. En vez de pagar, ser pagado por reeditar tamañas
vivencias, si bien, claro está, portando sobre las espaldas un muy diferente
grado de celo y responsabilidad.
Y me seleccionaron en el 2009, un año después
de la última de mis participaciones como cliente. Pero la cosa empezó extraña:
por una baja imprevista de otro guía, hube de servir de reemplazo para un país que
ni conocía, ni había llamado antes especialmente mi atención, ni era del estilo
(faunístico-paisajístico) de lo que suscitaba mi interés en Africa. Tal país
era Etiopía.
Una ruta larga -veintiséis días-; demasiado
larga para un debutante en estas lides coordinadoras. Una primera ruta de
aprendizaje o training, bajo las
directrices de un guía ya experto, y dos más ya a los mandos de la operación.
Un perfil de viaje muy distinto, en definitiva, de cuan tanto había yo gozado
como cliente esas cuatro ocasiones previas. Nada de fauna; demasiado lío
logístico de cambio constante de medios de transporte; y casi lo peor: ruta
subcontratada a una agencia local demasiado sobrada de ciertos componentes indeseables
en sus filas.
Y la clientela, unos viajeros españolitos de
perfil también muy distinto a los que yo acostumbraba a tener de compañeros en
los plácidos días de los años anteriores. Estos no tenían interés en rastrear
al león o fotografiar a la cebra. Salvando honrosas excepciones, lo que pareció
que éstos buscaban era que la ducha fuera de primera, que la bombilla de la
habitación no fallara, o que los cuartos de baño de poblaciones humildes y
remotas en que bajábamos a echar una mala meada en mitad de la ruta no
presentaran suficientes incomodidades. Ahí, en los páramos desolados del
paupérrimo sur etíope. Dadas tales premisas, no se procuran las vacaciones en
Suiza, en Canadá o en las islas griegas. No; se decantan por el octavo o décimo
país más pobre del mundo. Con un par de mamelones…
Lo mejor, o lo único bueno, es que por ahí
compareció “Supercrís de París”, la “Gambita del Poblenou”. La millor de totes.
Yo me entiendo. Y ella también, por supuesto… Su grupo, el primero, fue de lo
más decente, justo es señalarlo. El tercero fue el que “lo bordó”…
De regreso a Barcelona, al final de la cruzada
y destilando estress y hartazgo en grado superlativo, toca rendir cuentas a la
agencia, y de paso, catar la guinda del percal: chulería, insolencia y cobardía
inusitadas e innecesarias de los prebostes de la empresa, el inglés y el catalán.
Una y no más, tronco. A hacer puñeflas con el
guiado. Eso sí, aquellas magníficas primeras cuatro experiencias, las de
cliente, no me las arrebata nadie. La pena es que hubieran sido alguna más, a
buen seguro…