OIGAN..., DEJENNOS EN PAZ

                                                                                                26 Nov '15


  Oigan, déjennos en paz, hagan ustedes el favor.
 No nos interesan, no queremos sus métodos aquí, en nuestra tierra. No necesitamos de sus disparos cobardes, de sus amenazas de explosiones, de su ideología furibunda, totalitaria, extraordinariamente violenta. Sea en nombre de su supuestamente idolatrada religión, sea en nombre de la grandeza de su Alá, sea en nombre de lo que demonios sea.
 Se lo aseguramos: no nos interesa. En Europa creemos en la democracia, en la libertad, en el laicismo con derecho individual al credo, en la cooperación, el respeto, la igualdad. No necesitamos de toda su demenciada parafernalia.
 Nos gusta el buen vino, el fútbol, el jamón de cerdo, y ver a nuestras mujeres y hombres mostrando por las calles sus encantos en libertad, cada cual según su albedrío. No pensamos que sea una puta una chica que en pleno agosto muestra sus cabellos, sus brazos desnudos y sus bonitas piernas. Y no lo pensaremos, descuiden.
 No nos creemos esa milonga de que esta tierra ha de ser suya porque fuese un día invadida por sus antepasados. ¿Qué creen, que fueron esos antepasados de ustedes los primeros en llegar aquí sin pedir permiso..? ¿Han oído alguna vez hablar de íberos, de celtas, de cartagineses, de fenicios, de griegos, de romanos, de suevos, de alanos, de visigodos..? Todos ellos se presentaron por aquí un buen día, antes que ustedes y sus antepasados. Y como ustedes, dejaron un legado, un mestizaje, un gran patrimonio histórico, cultural, arqueológico, arquitectónico. Una riqueza que en gran medida se cuida y se conserva, si bien en bastantes casos fue inevitable el advenimiento de luchas, batallas y guerras.
 ¿Se imaginan que los españoles comencemos a proclamar que media Latinoamérica ha de ser “nuestra” por mor de las conquistas y posterior colonización de hace cinco siglos? ¿Que los portugueses quieran administrar de nuevo sus antiguas áreas de dominio en Africa y Asia; que los italianos pretendan de nuevo la Abisinia, que los británicos reclamen para sí los Estados Unidos y casi medio mundo más..? ¿Qué opinarían ustedes si los franceses volvieran a querer hacerse fuertes allí, en Marruecos, Argelia y Túnez..?
 Miren, de verdad, no nos creemos ni nos interesan sus absurdas movidas mentales. Si quieren buscar acomodo en nuestro continente traídos por el loable propósito de mejorar sus condiciones de vida, cual hacen otros millones de seres del resto de regiones del mundo, respetando lo nuestro y observando los más básicos resortes del respeto por la vida y la libertad de todos, entonces se les recibirá como huéspedes y ciudadanos dignos, a su vez, de todo respeto.
 Pero no necesitamos que nos paguen nuestra hospitalidad con su odio, con su intransigencia total, con las masacres de Madrid, de Londres, de París. Si esto no les gusta, disponen ustedes de cuarenta y tantos países islámicos en el mundo; recuerden que no les pedimos de rodillas que vengan aquí. Y si tanto aman los tiros, las explosiones y los cinturones para saltar por los aires, seguro que en su inmenso desierto del Sahara encuentran espacio y tranquilidad suficientes para tales menesteres.
 Aquí no queremos de todo ello, de verdad. De modo que pueden irse al carajo lo antes posible por donde llegaron, si hacen ustedes el favor.


CARA B DE LA 'MOVIDA'

                                                                                            20 Nov '15



 Son legión las ocasiones en que he llegado a desear el haber nacido cinco años antes de cuando me tocó, y haber podido así meter el cuello hasta las trancas en todo el meollo y el esplendor de lo que vino en llamarse La Movida Madrileña, habida cuenta de que, aunque provinciano, fue a la capital del reino adonde fui facturado a estudiar la errática carrera que cursé en la universidad.
 Sí, porque aquella época ha quedado inmortalizada en la memoria colectiva como un fenómeno glorioso, embaucador, fascinante e irrepetible. Especialmente, desde luego, en la memoria de todos aquellos que la experimentaron y apuraron bien de lleno (…¡cabrones, suertudos..!).
 La cantidad de veces que he sentido la punzante añoranza no vivida de los míticos conciertos en Rock-Ola, aquella bendita sala próxima a la estación de metro de Cartagena, abierta en el ’81, siendo todavía yo más que un imberbe, y que se constituyó de forma inmediata en el santuario abanderado de aquel mágico movimiento. Una catacumba que daba cobijo al unísono a especímenes de todas las llamadas tribus urbanas que por entonces otorgaban color y sabor, pimienta y sal a las calles de la capital: mods, punks, rockers, pijos, heavies, hippies… Normalmente en armonía y desenfado, al menos hasta que una reyerta a las puertas del local, cuando apenas éste llevaba cuatro años de enfervorizado recorrido, en la primavera del ’85, entre miembros de dos de esos colectivos, deparó una víctima mortal y aceleró la sentencia hacia el finiquito del local.
 Todo el mundo quería estar en Rock-Ola, preferiblemente cada noche. Allí todos se codeaban, entre humo de cigarros y “cigarrillos”, y vasos en las manos, con los personajes que decoraron el paisaje emergente de la Movida: pintores, nuevos cineastas, diseñadores, fotógrafos, poetas, modistas, creadores diversos. La efervescencia de aquellos días y noches atrapaba a todo aquél con unas mínimas inquietudes que buscaran salida urgente. Y los músicos, por supuesto, los reyes de la escena, los ases de la variopinta, abigarrada y díscola baraja.
 Todos tocaban en Rock-Ola. Desde las bandas new age internacionales del momento (Spandau Ballet, Iggy Pop and Stooges, Simple Minds, New Order..), hasta las nacionales que acabaron consagrándose en pocos años: Radio Futura, Nacha Pop, Alaska y Pegamoides, Ejecutivos Agresivos, Gabinete Caligari, Los Secretos, Siniestro Total, Loquillo, Los Elegantes, La Unión…
 Hoy, de entre estas últimas, las nuestras, vengo a recordar sin embargo a unas pocas que no figuraban entre el elenco más selecto de toda la nómina de nombres, pero que constituyeron un relleno inestimable, dando unas briznas de imprescindible color y calor en medio del glamuroso conglomerado de todo aquel magnífico guirigay.

• Empecemos por… GLUTAMATO YE-YE ! – Grupo compuesto por nombres de peso del momento, como los Recio y los Haro, en torno a la figura del incombustible bilbaíno Iñaki Fernández, vocalista de personalísimos bigotito hitleriano y profusa cabellera. Generadores de un rock desenfadado y fresco, de pegadizas melodías, fueron incluso propuestos para acudir a Eurovisión con su tema “Alicia”. Junto a dos o tres grupos afines conformaron las llamadas 'Hornadas irritantes', que se situaban en franca contraposición al estilo y puesta en escena de las más modosas formaciones de la época, bautizados desdeñosamente como los 'Babosos': Nacha Pop, Mamá, Los Secretos...
 Dejaron himnos carismáticos como “Guapamente”, “Un hombre en mi nevera” o “Todos los negritos tienen hambre y frío”. Les guardo especial estima por ser la primera banda que vi en directo en Madrid, cuando llegué a estudiar el COU acabando el verano del ’85, en un concierto gratuito que dieron en un parque por Prosperidad, creo recordar (me llevaron dos colegas de clase; aún no conocía los más básicos resortes de la ciudad..).




• Continuemos con… los PISTONES ! – Un excelente y quizás no en su justa medida reconocido músico y vocalista, Ricardo Chirinos, fue el alma de este magnífico grupo al que se le recuerda especialmente por su rotundo éxito “El pistolero”, que era pinchado sin descanso en todas las emisoras allá entre el ’83 y ’84. (“El pistolero ha llegado ya a la ciudad… / ..Y yo sé que esta vez sin duda viene a por mí; algo tendré que hacer...”).
 Pero no muchos más allá de sus incondicionales seguidores saben que dejaron para la posteridad (..bendito youtube) perlas de una calidad incuestionable, temas que injustamente no alcanzaron la fama que merecían. Son casos como “Metadona” (arrebatador y memorable estribillo aquél de “...No sé cómo voy a escapar…”), “Que el sol te dé” o “Lo que quieras oír”. Este último revolucionó hace escasos meses los pabellones auditivos y las almas de muchos telespectadores seguidores de la serie “Cuéntame”, cuando fue escogido como banda sonora del final de un muy seguido capítulo, y muchos desconocedores de tan magna canción acudieron de inmediato, sí, al bendito youtube, a tratar de localizar el tema y sus autores a partir de lo que parecía ser el estribillo: “..sólo existo yo, tu último admirador… diré lo que quieras oír”.
 Ahí os lo dejo a continuación:




• Proseguimos con… PARALISIS PERMANENTE ! – Eduardo Benavente y Ana Curra, dos ex Pegamoides de Alaska, contaban con unas inquietudes creativas que les impulsaron a dar nacimiento a otro proyecto; así surgió Parálisis. Eduardo era un genio, al parecer un verdadero prodigio de la música que no sabemos qué medida hubiese podido finalmente ofrecer si sus días no hubieran terminado bruscamente en un aciago accidente automovilístico en mayo del ’83, cuando contaba apenas veinte años de edad. Se desplazaba a Zaragoza, con Ana, Toti y otros afines al grupo, para tocar en la Plaza de Toros de la ciudad.
 Pese a su tremenda juventud, tuvo tiempo de dejar un magnífico legado, una vasta colección de canciones, temas que por lo general enmarcaba en un ámbito un tanto oscuro, lúgubre, algo siniestro, pero que denotaban a las claras la potencialidad del genio creativo de su autor.
 Parálisis Permanente se inmortalizó con “Quiero ser santa”, pero, una vez más, canciones de la misma o mayor calidad se daban cita en los entresijos de sus publicaciones. Algunas de las imprescindibles, entre ellas, son “Autosuficiencia”, “El acto”, “Tengo un pasajero” o “Adictos a la lujuria”.
 Tras la muerte de Eduardo, Ana, su compañera artística y sentimental, prosiguió su carrera en solitario.



• Y por último… DERRIBOS ARIAS ! – Este estrambótico combo derivó de la también estrambótica personalidad de su creador, Ignacio Gasca, “Poch”, un donostiarra que aunque estudiaba medicina en Huesca, no se resistió a los cantos de sirena que a principios de los ochenta provenían del irresistible ambiente de las noches de Madrid.
 Delirantes canciones y no menos delirantes actuaciones en directo podían cursar y finalizar, …o no, de la manera más imaginablemente inesperada.
 En plena juventud, Poch desarrolló la enfermedad de Huntington, un mal degenerativo que ataca al sistema nervioso y que le acabó llevando a la muerte a finales de la década de los noventa. De enorme carisma, muchos componentes de grupos amigos de los Derribos le dedicaron un homenaje en forma de canciones escritas para él, el “chico más pálido de la playa del Gros”, cuando su enfermedad fue entrando en una fase de más que incierto pronóstico.
 “Branquias bajo el agua” fue uno de los más escuchados temas de Derribos Arias:




¡Bendita movida; quién nos vio y quién nos ve... Esto de hoy ya no parece tener remedio..!


LA SANTA COGORZA

                                                                                                11 Nov '15



  Quien, llegado a un determinado momento o etapa de su periplo vital, no se ha dejado mecer en al menos unas cuantas benditas ocasiones en los brazos de un cierto grado de embriaguez (…melopea, tranca, cogorza, pedal…, o como dicen en mi pueblo: zorrera), ése o ésa, quien sea, se halla virgen de un estado psico-vital que a todas luces debiera profanar y experimentar con ciertos visos de urgencia.
 Digo bien: un cierto grado –de embriaguez-, el cual una vez notoriamente excedido deviene ya en un estado de cosas al que no vengo a referirme en estos párrafos de hoy. Y digo bien también: llegado/a a una determinada etapa de su periplo vital. Entendámonos: ni hablo de excesos, ni reivindico el empinamiento del codo en menores. Ni siquiera en quienes ya pueden votar pero se sienten jóvenes para coquetear con el alcohol. (Si es que tal estirpe existe)…
 Proselitismos, de esta índole y de algunas otras, no más que los estrictamente justos, entonces. Mejor que luzca claro.
 De lo que pretendo hablar, aclarados estos términos, es de ese estado de desinhibición, de relativización de habituales balances o patrones de orden racional, y de revelación notablemente eufórica que tiéndese a experimentar bajo los efectos de una sesión de libaciones de algún fermento o destilado comunes por nuestros pagos. Desde la ubicua y sacrosanta birra, hasta los cubatas diversos y variopintos, pasando por los vinos –generalmente sosegados por el acompañamiento de viandas sólidas-, o por importadas marranadas heterogéneas tipo caipiriñas, mojitos, margaritas y pendejadas del estilo. Igualmente, pasando si es el caso por los brandy, ron, whisky o ginebra que algún que otro machoman se introduzca entre pecho y espalda sin aditamentos edulcorados y burbujeantes.
 Factores a tener en cuenta: mejor en compañía, y ya puestos, compañía de calidad, ya habitual o ya eventual. Quien quiera, que se encogorce solo en casa, faltaba más, pero que tenga cuidado con las lámparas y con no importunar en exceso al paciente vecindario. Eso sí, al calor de la cofradía el resultado global suele ofrecer más halagüeños o venturosos réditos.
 Otro factor, de aún mayor calado: respeto por el mobiliario y patrimonio urbano, e, incondicionalmente, por el resto de usuarios y usuarias que igualmente pueblen las vías públicas en esos momentos de más que probable dulce zozobra. Ello infiere la alusión al tercero de los factores, seguramente el más relevante: ¡¡excesos no, por favor!! Se trata sólo de ubicar ese punto alegre, zumbón, jovial y de tinte exultante, pero todo ello queda en algo muy diferente si el volumen trasegado supera unos límites pertinentes o recomendables.
 Y, por supuesto, ni qué decir tiene: ¡abstención total de alzarse a los mandos de un vehículo motorizado bajo unos mínimos efectos de cualquier brebaje etílico! Sabemos todos que huelgan más comentarios a este respecto. Por desgracia, sabemos también que sobran demasiados lamentables e irreparables ejemplos.
 Así pues, el ‘pimple’ ha de resultar divertido, dicharachero, algo intrépido, confraternizador. La consabida exaltación de la amistad, ya sabemos. Lo del tuteo a la autoridad, cánticos regionales o vituperios contra el clero pueden o no hacer acto de concurrencia en función de múltiples factores idiosincráticos. Lo de llegar a la fase de mamporros, suprimido de un plumazo. El que quiera intercambio de castañazos, que se encierre entre doce cuerdas junto a un rival igualmente calzado con guantes, y a un juez de contienda.
 En ocasiones, una determinada fase, a veces enconada, del proceso ‘cogorcil’, cursa proporcionando al usuario el advenimiento en sus irrigadas meninges de un estado de lúcido raciocinio, pero especial, diferente, embelesador. Comienzas a elaborar vívidas elucubraciones, a compendiar ideas absolutas e innegociables por las que venderías tu espina dorsal a cualquier buhonero. Llegas a conclusiones profundas, magníficas, clarificadoras. No comprendes cómo no siempre eres capaz de verte en ellas, en ésas, con lo sumamente fácil que resulta en tales momentos. Puedes… casi llegar a creerte Dios. Es fácil… Relativizas tanto todo y te invade tal ola de optimismo y tal halo de superioridad, que no dudas de que el mundo puede –y debe- posarse mansamente en la palma de tu mano. Y de que tú puedes hacerlo girar al compás rotacional que se te antoje.
 En una de ésas, me hallaba yo ya a altas horas en un pub de Madrid, por la zona de Maudes-Ponzano; quizá Santísima Trinidad. Los colegas con quienes había salido se fueron marchando ya a sus respectivas guaridas. O eso dijeron. Yo me quedo a una más, les dije.
 Sentado en la barra, cubata delante, …yo era Dios, allí. Todo era como yo decidía; todo el universo estaba a mi disposición, a mi arbitrio más disciplinado y espartano. No faltaba más. Había aún bastante gente en el local, aunque sin agobios. Bastantes idiotas bailaban los retales de musicorra más bien infumable; otros voceaban chorradas descomunales.
 Cuando acabé la copota y me dispuse a salir, el mundo seguía siendo mío. Abrí la puerta del local, respiré el frescor otoñal de la calle en madrugada, y entonces la vi, ahí mismo. A menos de tres metros de distancia, una señorita más bien mona, de unos treinta añitos, quizá un par menos, y ataviada con ropa ceñida y oscura, trasteaba buscando algo en el portaequipajes de su motocicleta, que tenía ahí aparcada. Le vi de perfil la cara, una carita que denotaba una suerte de candor y de preocupación (quizá por lo que andaba buscando, ahí), a partes iguales. El universo y yo lo vimos claro de inmediato: voy a ir y, por supuesto, le voy a dar un piquito en esa boquita más que apetecible. Sin más.
 Me aproximé junto a ella, acerqué mi cara a la suya, y al intuir mi presencia se volvió hacia mí. Mis morros se dirigían lenta pero confiadamente hacia los suyos. Me importaba un absoluto carajo su inminente reacción, tanto como que su hipotético novio José Manuel anduviera merodeando por las proximidades. El universo, no olvidemos, sabía que yo la tenía que besar en esos momentos.
 Para mi sorpresa –sorpresa, sí, pese a tanta seguridad- ella, de inmediato, sin tiempo de pensar ni de nada más, dispuso sus morritos, así, bien convexos, y aceptó la suave embestida de los míos. Cuando, una vez sellada la misión, comencé lentamente a separarme de nuevo hacia atrás, ella, quizá turbada o como a modo de justificación posiblemente más ante sí misma que ante mí, atinó sólo a decir con una vocecita deliciosa y tímida: “¿..estás… tonto..?” Yo esbocé una leve sonrisa, como triunfante, mientras me separaba hacia atrás sin apartar un ápice mi mirada de la suya. Di media vuelta y empecé a caminar despacio, ofreciéndole ya la espalda. Quedaban veinticinco, treinta metros hasta la esquina del edificio. Y pensé: “me giraré cuando llegue a la esquina. Y como ella siga ahí, y mirándome… el universo y yo decidiremos en el acto cómo procederé a continuación”. Cuando llegué a la esquina y me volví… la apacible criaturita se había esfumado ya para siempre.
 En otras ocasiones, las hormonas se exaltan. Esto se torna inevitable en un elevado porcentaje de casos en los que la graduación etílica confraterniza con el abnegado usuario de turno. Y más, o especialmente, cuando el usuario es usuario y no usuaria; qué le vamos a hacer. (..Ya, también a mí me gustaría, sí…).
 En mi primera noche de farra en mi actual ciudad de residencia, sin conocer aún apenas a nadie, me regalé un desfile por los baretos y “pubetos” de la principal zona de ocio nocturno. Y cómo no, trasegué brebajes (…no iba a pedir coca-colas). A última hora, me adoptó un grupo mixto con quienes entablé animado alterne en uno de los garitos. Y hubo algo de roce un tanto sugerente con una de las féminas componentes de aquél. La misma que me manifestó estar casada con uno de los congéneres también allí presentes. No sé si hablaba en serio o no, pero el caso es que la tronca propició y permitió tales aproximaciones y friegas de cierto calado y consistencia.
 La cosa es que, algún rato después, ya en zigzagueante camino en solitario hacia el domicilio de que por entonces disponía de prestado, topé en un momento dado con dos señoritas que se hallaban confrontadas a un cajero automático exterior, ofreciendo por tanto sus espaldas, y el final de las mismas, al paso del viandante respetable. Las vi ahí, a cinco metros de distancia de mi etílico y tortuoso avance. Sí, seguramente yo era en esos momentos de lo menos “respetable” que pululara por aquel entorno. Mis hormonas, además, recordemos, progresaban en franca ebullición tras los empellones intercambiados con la interfecta de hacía unos minutos. Y, entonces, el universo y yo lo racionalizamos de inmediato, al unísono, con una clarividencia a prueba de napalm: “le toco el culo”. Sólo a una; a la que más a mano me pille.
 Llegué a su altura, y tal cual pasaba por detrás, ¡zas!, agarré cacho con alevosa fruición, con gozoso deleite, en una de las cuatro nalgas que la naturaleza osaba situar a mi menesteroso alcance en ese momento y condición.
 Como un resorte, la propietaria del ultrajado glúteo se volvió en media décima de segundo y, dándome a mí apenas tiempo de atisbar en su expresión facial una de las más explosivas mezclas que recuerdo de perplejidad y creciente indignación, me calzó en el acto dos hostias como dos panes de pueblo. PAF, PAF. Entre una y otra, se desfogó además participándome los siguientes epítetos que, cual lava desbocada, irrumpieron febriles de lo profundo de sus fauces embravecidas: “¡gilipollas!”, “¡hijo de puta!” y “¡mindundi!”. De los tres, fue este último el que profirió con mayor énfasis emotivo. Creo que debí topar con la chica –de nuevo, aproximadamente treintañera- de más carácter de toda la ciudad.
 Lo que menos debía ella de estar imaginando en tales momentos de lógica e indómita efervescencia era, a buen seguro, la interior, generosa y sincera gratitud que de inmediato comencé a profesar hacia ella y su reacción en esos instantes, pues pese al estado en que me hallaba fui capaz de atinar a racionalizar un clamoroso y providencial “…menos mal que me está poniendo a caldo, porque esto que has hecho, Luganín, no puede volver a ocurrírsete repetirlo bajo ningún concepto nunca más, machote, aunque te hayas bebido media Escocia…”.
 Al menos, la más que notable cogorza de que hacía yo gala ejerció un cierto efecto anestésico que neutralizó un tanto así la intensidad de los mamporros de la muchacha. Porque, sí, especialmente el segundo de ellos me lo endosó con todo el enfervorecido pundonor de su alma vilipendiada…
 Y es cierto: palabrita que no ha vuelto a repetirse. Una cosa es ir bien tostao una noche, y otra pasarse de mamón y de soplagaitas. Chavalín. Carajo.


MÉXICO EN EL CORAZON

                                                                                                    5 Nov '15



 Acabo de regresar de un viaje por México. Un país clásico, digamos; una referencia en el contexto viajero general, pero en el cual yo, a pesar de mi currículo en estas lides, apenas me había prodigado. Sólamente una semana por la península de Yucatán, hace cerca de dos años, admitiendo entonces in situ que aquél no era el México más auténtico o representativo que se podía conocer.
 Esta vez no ha sido muchísimo más en tiempo: apenas veinte días. Poco, sin duda, para todo lo que puede ofrecer tan inconmensurable país. Pero sí me ha bastado para hacerme una idea ya más objetiva acerca de qué terreno pisaba, de qué carismático emplazamiento se extendía ante mí.
 México es un país en el que las maravillas se suceden por doquier. Las naturales, las arquitectónicas, las artísticas, las culinarias. La riqueza de su legado histórico, antropo-lógico, apenas sí tiene parangón a lo largo y ancho del planeta. Una visita a su impresionante Museo Nacional de Antropología así lo atestigua, dejando anonadado a todo visitante con unos mínimos de sensibilidad. Como complemento, claro está, de las correspondientes aproximaciones in situ a los vestigios deslumbrantes que salpican la geografía del país: las ciudadelas mayas del sudeste, los megalitos olmecas, las pirámides de Teotihuacan, los restos aztecas de  la región central.


 Pero de todos sus atractivos, incontables en definitiva, hay uno que resalta implacablemente por encima del resto. Se trata de su patrón humano. De sus gentes. De la amabilidad infinita de sus habitantes. De su notoria alegría de vivir, pese al esfuerzo y lucha permanente contra adversidades patentes que afrontan cotidianamen-te buena parte de esos ciento diez millones largos de almas.
 No hay apenas lugar o situación en México en donde cualquier propio o extraño no sea recibido con un “sea bienvenido”, o despedido con un sonriente “que tenga un bonito día” acompañando al “gracias por su visita”. De tal modo que es un lujo tratar, departir cualquier transacción más banal o menos trascendente con un mexicano o una mexicana. Son seres en quienes la amabilidad más desbordante, sin caer en la zalamería, y la corrección extremas en el trato son deberes naturales que entroncan y hallan acomodo incondicional en el código de barras más básico e intrínseco de su raigambre, de su acervo incomparable.
 Son unos fenómenos, en definitiva. Son gentes de ésas con las que esperas contar con la ocasión no lejana de volver a tratarles de nuevo, de disfrutar otra vez de su calidez especial, exclusiva. Cuánto se puede y se debe aprender de ellos, en suma, desde otras latitudes en que tanto imperan y sobran, por desgracia, la altivez, la arrogancia, la soberbia y los malos modos.
 Mi periplo me ha conducido por entresijos y capitales de diversos estados del oeste y norte del altiplano: Jalisco, Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, Guanajuato. Fascinantes lugares. No hay localidad donde no haya decenas de museos, multitud de exposiciones artísticas o eventos culturales. Donde no se coma “como Dios”, donde no te colmen de sonrisas, donde no se deje de tropezar con imponentes edificaciones, con increíbles templos de época virreinal.
 Y, por supuesto, México D.F., la inmensa capital, el legado del germinal Tenochtitlan; la contaminada jungla de cemento, la subyugante aglomeración humana que tanto recreaba mi curiosidad. El excitante crisol indomable que en realidad se antoja menos fiero y apocalíptico de cuan se presume antes de hacer acto de presencia en él.

 Me llevo a este país en el corazón. Me llevo su esencia desbordante, única, imperecedera. Me traigo la convicción de que esta visita en modo alguno puede ser la última. ..No, ni hablar, no.