EN TORRE DE CONTROL

                                                                                                         25 Sep '15



 Pueden saber lo que hacen.
 Pueden haberlo comenzado como un juego –si bien el juego irrumpió potente…- y puede habérseles escapado después de las manos. Y tras ello, quién sabe –quizás ellos…- pueden no haber sabido cómo ni por dónde tirar…
 Pueden saber lo que hacen; de hecho, llega un punto en que semeja inverosímil una opción, un escenario opuesto a ése. Deben, desde tal óptica, por tanto, saber lo que hacen. Incluso, saberlo muy bien.
 Pueden, una vez en ésas, plantearlo, proyectarlo desde el regocijo, desde el burdo desdén. Desde la inercia simple de una insolente cobardía.
 Pero pueden, igualmente, mantener un receloso ojo avizor. Pueden no tenerlas todas consigo. Puede temblarles el pulso al calibrar hipótesis, desarrollos o presuntas certezas. Pueden sentir que el asunto no discurre efectivamente por los cauces rastreros que pudieren haber previsto, que pudieren zafiamente haber diseñado.
 Puede faltarles por momentos una apacible brisa de aire para respirar. Pudieren no ser siquiera capaces de mirarse a los ojos, los unos a los otros, en los momentos actuales. Incluso desde hace ya algún tiempo…
 Puede, ciertamente, que no sepan cómo, por qué, por dónde carajo tirar ahora. Puede que les esté reconco-miendo el desasosiego.
 Pero, aún con todo, podría estar todo desde el principio bajo control, bajo los lemas consignados. Podría ser cuestión de seguir apretando los dientes, aguantando tirones, atestiguando tamañas insólitas veleidades.

 Podría ser cualquier recontracarajuda cosa.


CUESTION ZOOIDE

                                                                                           13 Sep '15



 Una colonia francamente instaurada, resueltamente instalada. Demasiado instalada, en realidad, siendo del todo precisos.
 Tanto, que por momentos choca que todavía se pueda hallar y gozar de espacios libres. De silencio, en suma.
 Tan cuantiosa en miembros, en zooides, que desde hace una serie de tiempo las mentes más preocupadas –que al parecer son menos de cuantas debieran ser- no cesan de hacerse cábalas acerca de la intensidad de las consecuen-cias de semejante expansión, hoy por hoy todavía imparable.
 Aunque, a la par, resulta que joven, por otra parte, la colonia de marras. Tanto, que se compara su presencia en el escenario huésped, …la Tierra, como en el último segundo de un día completo de vida de ésta.
 Muchos. Muchísimos. Demasiados, en suma. Camino de siete mil millones y medio. Un ochenta por ciento más que hace apenas un siglo. Y llevamos muchos siglos por aquí, ya, pese a la aludida juventud del “invento”.
 Algo más de doscientos mil nuevos cada día, como saldo positivo entre cuantos llegan y quienes se van. Mecanismo exponencial; más cada vez para formar a otros muchos más. Cada vez más úteros viables. Más óvulos mensuales, cada vez, operativos para entablar consenso con raudales de desbocados espermatozoides.
 De momento, esto no hay quien lo frene. La colonia es fuerte, de justicia es admitirlo. Los guarismos son demoledores: no le atañe hoy por hoy amenaza evidente alguna. Al menos, de suficiente envergadura.
 Más de doscientos mil nuevos cada día. Así, la fuerza radica en lo colectivo. Uno por uno, sus zooides somos frágiles. Cada uno de ellos, de nosotros, por separado, podemos reventar en un momento, por cualquier nimiedad, sin avisar. Pero el conjunto es bestial, demoledor, inquebrantable. Nada puede contra él. Hoy por hoy, al menos; insistamos. Se caen algunos, pero bastantes más comparecen raudos a suplirles.
 Y biodiversos, también, dentro de los moldes delimitados por la especie. Razas, etnias, tipos. Tonalidades epiteliales, rasgos tronco-faciales, variabilidades capilares… Todos ellos, por supuesto, susceptibles de conjugarse entre sí, lo cual propaga al extremo la sorprendente potencialidad del mestizaje.
 No existe una “misión” colectiva concreta a que atenerse, una vez aquí. Un dato quizá curioso, éste, si nos atribuimos la propiedad y posesión del mayor potencial intelectual conocido del conjunto de los reinos vivos con quienes compartimos la “casa”.
 ¿Existir, sin más? ¿Cumplir con los designios elementales de la madre naturaleza: satisfacción de los instintos de nutrición, reproducción, supervivencia, tratando a la par de que todo ello tenga lugar en un marco de máxima satisfacción individual –y por ende, colectiva- posibles..?
 Es posible. Pero ahí comparece el punto de inflexión más determinante: es preciso competir. Somos demasiados.
 Ciertamente, por una parte, los niveles de cooperación que se han llegado a alcanzar, precisamente como consecuencia o en virtud de esa indudable prestación intelectual de que está dotada la especie, junto a la experiencia creciente de la misma, han contribuido decisivamente para concebir y lograr cotas de organización y consiguientes réditos de disfrute colectivo incuestionables.
 Pero, por otra, la aparición del conflicto era inevitable. Multitud deviene en competencia. Demasiados zooides –y cada vez más, no olvidemos- en una “casa” que, por el contrario, no crece. Unos recursos que se limitan, progresivamente, que incluso se esquilman, se dilapidan. Se destruyen.
 En términos meramente materiales, cuatro quintas partes del elenco carecen de lo suficiente para progresar en unos estándares de dignidad. La otra quinta parte, en general, sobrenada en la abundancia. De momento…
 Y la colonia es arrogante, además. Otra consecuencia insoslayable. Primero, consigo misma: intraespecíficamen-te. Está la competencia por el recurso, por la reproducción, por la hegemonía, por el territorio. Interviene la fuerza; comparece la vanidad. Pese a las bonanzas del aludido mestizaje, aparece un buen día el recelo hacia el otro, hacia el distinto. Surge el miedo, la desconfianza. Nace el conflicto. Llega el odio. Hombre acosa hombre. Hombre humilla hombre. Hombre agrede, zahiere hombre.
 Hombre mata hombre.
 A la par, la arrogancia de la colonia atañe a lo interespecífico. Y, por supuesto, al escenario común, a la “casa” de todos. Sometemos especies, amenazamos especies, destruimos especies. Emponzoñamos, horada-mos, aniquilamos. La casa, el hermosísimo planeta, sufre y resiste a duras penas el acoso implacable; padece estoicamente tamaña agresión frenética, creciente, irrefrenable. Tantísimo inescrutable afán por divisar los postreros y macilentos límites.
 De tal modo, que ya podemos poner en tela de juicio aquella premisa que se jacta en señalarnos como colonia indestructible, omnipotente, pretendidamente sempiterna.
 El nulo respeto por el entorno, la soberbia mayúscula que enarbolamos y que desmenuza por momentos el maltrecho sustrato habitable se torna, al fin, en la más acuciante y, muy posiblemente, merecida amenaza hacia nosotros mismos.
 O nos apañamos para dirigir esa proverbial inteligencia     -de que tanto nos vanagloriamos- en el más urgente e idóneo sentido, o de otro modo los ínclitos, arrogantes zooides nos vamos decididamente, y de aquí a un tiempo, todos bien derechitos al carajo.

 *[R.A.E.] Zooide: Individuo que forma parte de un cuerpo con organización colonial y estructura variable, según el papel fisiológico que desempeña en el conjunto.


NI DEBAJO DEL AGUA (y II)

                                                                                         2 Sep '15



 Total, que para allá vamos, Amazonas arriba. Ese río es completamente salvaje. Un cauce inmenso, descomunal, apocalíptico; de un color pardo sempiterno y una corriente que promete poder tragarse el mundo en un instante, si se le antoja.
 La anchura del curso fluvial normalmente no permite escudriñar a simple vista las dos orillas principales; de hecho la cifra alcanza varios kilómetros. Aparte, frecuentemente comparecen islas e islotes de los que, igualmente, se divisa normalmente sólo el costado más cercano.
 En derredor, y durante toda la travesía, gobierna esa jungla brutal, silenciosa, acechante, sensual. Verde, tupida y eterna, como un monstruo inclemente que con un chasquido de dedos decide el designio del universo. Contemplando aquella desmesura desde cubierta, uno acepta como pocas otras veces la insignificancia y eventualidad de la naturaleza humana.
 Hay paradas en determinadas estaciones fluviales; suben nuevos pasajeros a colgar su hamaca. Otros, desembarcan dejando libre su espacio. Y tienen lugar las transacciones comerciales correspondientes; la planta baja del barco es una bodega cargada de diversas y voluminosas mercancías.
 La tercera y superior es donde está el bar, del que brota ininterrum-pidamente, durante la jornada diurna y primeras horas nocturnas, una musicorra insoportable con una calidad y volumen de sonido totalmente infames. Es preciso huir de allí lo antes posible tras proveerse de una lata de cerveza, si uno no desea volverse majareta o decidir a quién agarra primero por el cuello.
 Los turnos de las comidas, que vienen normalmente incluidas en el precio del pasaje, se constituyen en el principal factor que rompe la monotonía de las horas. Después, queda la lectura, la charla con los vecinos de habitáculo y las fugaces visitas al desapacible bar de arriba.
 Por fin, llega la noche, y con ella el momento de apañárselas en la flamante hamaca, que pende y espera paciente en esos armazones metálicos junto a multitud de otras similares, por todos los flancos imaginables de la planta intermedia, la destinada al enjambre humano.
 Pero la habilidad, menor o mayor, a la hora de procurarse en ella –la hamaca- una postura lo más apacible posible para lograr congeniar unas horas con Morfeo, resulta que no va a ser el factor más a tener en cuenta.
 Los brasileños, en general, son gente muy agradable. Correctos, simpáticos, cordiales y siempre dispuestos a la colaboración e interacción con extraños y propios. Pero, como contrapunto, resulta que, allí, uno descubre que se da una circunstancia con la que seguramente no contaba demasiado por anticipado.
 Resulta que su concepto del respeto por el prójimo a la hora del descanso nocturno, en medios de transporte colectivos, es una asignatura que tienen completamente pendiente. Ya lo viví en diversos trayectos nocturnos en autobuses, anteriormente. Y allí, en el barco, lo corroboré en su más generosa expresión.
 Para ellos, o muchos de ellos, nada más normal que, si no les vence el sueño en plenas horas nocturnas o de madrugada, ponerse a hablar entre varios con un volumen de voz cual si fueran las cinco de la tarde. O cual si no hubiese, en definitiva, trescientos usuarios más apiñados alrededor, ahí mismo, afanados en la noble tarea de intentar planchar dignamente la oreja. Y el caso es que a nadie parece importarle lo más mínimo. Ni, como queda patente, a los que le dan a la lengua en animado y bullicioso palique, ni tampoco, curiosamente, a quienes han de padecer las correspondientes consecuencias.
 A otro, puede sonarle el móvil a la una de la madrugada y ponerse a pegar alaridos como un energúmeno por el aparato sin importarle un pijo que haya una muchedumbre al lado intentando “piltrar”. Yo lo flipaba. El que da las voces despierta a otros cinco, o diez, o quince, quienes en vez de decirle “¿quieres bajar un poco la voz, cacho animal..?”, se ponen a su vez a charlar animada y jovialmente, aprovechando que se han despertado, de nuevo a un volumen gutural propio del parquet del edificio de la Bolsa.
 La madre que los parió.
 Yo dormía –o más bien lo intentaba- con tapones de oídos, que también tiene narices. A pesar de ello, una madrugada, a las tres y pico, tuve que saltar como un resorte de la hamaca y coger sin pensármelo dos veces por la pechera a un borrego que pasaba en esos momentos por mi sector dando unas voces descomunales, verdaderos berridos, en la charla que mantenía con otro tipo que le acompañaba. Al parecer, eran dos tíos de la tripulación. Le agarré por las solapas (ya llevaba yo varias noches en el barco y estaba hasta los mismísimos, pues aquello se repetía siempre sin solución de continuidad), al grito de "¡…pero qué cojones haces tú dando estas voces a estas horas, pedazo de capullo..?!!”, y el pájaro me miraba con una expresión de perplejidad virginal, sin comprender al parecer ni los más básicos resortes de mi reacción. Con ojos como platos, como presa absoluta de la sorpresa. Como si ir dando alaridos en plena madrugada donde hay una muchedumbre durmiendo no fuese un comportamiento de lo más normal. Concluí, qué remedio, que en aquel país debía de serlo, sí…
 Total, que sin contar dos días que me quedé en Manaus –allí el alemán Christopher y yo separamos nuestros caminos- y otro más en una población sita en una de las enormes islas del río, despaché trece jornadas, con sus correspondientes y movidas nochecitas, en diferentes barcos surcando el gigante fluvial hasta alcanzar al fin Tabatinga, en la triple frontera con Colombia y Perú.
 Desde luego, no recomiendo a nadie semejante panzada. Con un par de días que dedicar a la gracia de navegar un poco, como la gente local, por su majestad el Amazonas, lo encuentro más que razonable.
 Y si de noche, los diurnamente amigables brasileños son capaces de no berrear como si les fuera la vida en ello, mejor que mejor.
 La pendeja madre que los parió…