HEROES DEL NEGRO SOBRE BLANCO ( y II )


                                                                                                    9 Jul '15


 Siempre pienso que los escritores son artistas de un mérito especial: para su desempeño, deben reunir dos destrezas que, en principio, no comparten originariamente una estrecha relación entre sí.
 Por un lado, la imaginación para crear una historia consistente, frecuentemente de ficción. Por otro, la habilidad o arte de plasmar estéticamente con palabras dicha creación mental.
 Imagino que muchos aspirantes a escritores han debido ver diluirse sus ilusiones al respecto ante el hecho de no hallarse suficientemente solventes en alguno de esos dos campos de batalla.
 Entre los que sí logran encaramarse al olimpo de los elegidos, creo cabe un análisis acerca de la relación entre ambas componentes (imaginación poderosa para la invención versus  arte retórico para la exposición) en muchos de ellos. En quienes cada cual escoja, en definitiva.
 Yo escojo, para empezar, a dos verdaderos monstruos del siglo anterior. Bueno, uno recientemente fallecido, hace apenas un año. Otra, todavía al pie del cañ… del teclado, en esta segunda década del siglo XXI. Ambos, latinoamericanos. Ambos, imprescindibles.
 Gabo Gª Márquez ha podido ser la pluma más deslumbrante de la centuria anterior. Incluso, para muchos, de la historia de la literatura. Su más inmortal obra, “Cien años de soledad”, adalid del Realismo Mágico, supuso para mí una doble intentona que quedó en ambas veces en renuncia hacia la mitad del paginado. No logré verme cautivado por la saga de los Buendía, pero sí caí rendido a la retórica descomunal de la prosa del autor. El hallazgo posterior de “El amor en los tiempos del cólera”, sin embargo, se me reveló como el compendio perfecto y quizá insuperable de esa conjugación de imaginación + arte plástico. Dos veces he leído el libro; es casi seguro que no habrán de ser las únicas.
 A menor escala, quizá sólo en base a su menor extensión, “Crónica de una muerte anunciada” es para mí la otra gran entrega del maestro colombiano, donde la expectación creciente ante el inicialmente revelado desenlace se ve estilísticamente jalonada de constantes y deslumbrantes perlas retóricas sólo atribuibles a este autor inmortal.
 Bueno, “sólo”…, si no hubiera aparecido en escena unos años después que él la chilena Isabel Allende. “La casa de los espíritus”, su irresistible ‘puesta de largo’ en el planeta literario, me retrotrajo sobremanera, tanto en cuanto a despliegue estilístico como en argumentación, al “Cien años...” de Gª Márquez. Aquí, la autora narra magistralmente la historia de los Trueba y los Del Valle, donde alguno de los protagonistas pervive para obras posteriores.
 Unos años después, y antes de legar novelas mayúsculas como “Retrato en sepia” o “Hija de la fortuna”, Allende regalaba al mundo ese canto maravilloso plagado de perlas retóricas, de exquisitez estilística y argumental llamado “Eva Luna”; una delicatessen absoluta para los anales literarios.
 Si esta mujer no recibe el Nobel en vida, creo que nunca seré capaz de entender tamaño desatino, aún hoy hipotético…
 Mario Benedetti, uruguayo fallecido en 2.009, es otro de mis imprescindibles hispanoamericanos. Más sobrio en el estilo, pero con un empaque personalísimo que le define. Polifacético (ensayista, poeta, cuentista y novelista), nos regaló a muchos sus enormes relatos “Montevideanos”, y sobre todo novelas imponentes como “La tregua”.
 Del peruano Vargas Llosa me quedo con la maestría expositora, el personalísimo lenguaje y la encomiable crudeza argumental de las entregas sobre el irónico y abnegado cabo Lituma: especialmente “¿Quién mató a Palomino Molero?” y “Lituma en los Andes”. Tengo pendientes “La ciudad y los perros”, “La casa verde” y seguramente “La fiesta del chivo”, también.
 En los últimos dos lustros, tres autores contemporáneos se han ganado a pulso mis reverencias y devoción por mor de su bárbara –en cantidad y calidad- aportación al océano literario: el francés Marc Levy –gran maestro de la intriga-, el neoyorquino Paul Auster -¿..de dónde sacará tamaña imaginación este hombre?-, y el japonés Haruki Murakami –qué grande y especialísimo es este tío…
 Los tres, prolíficos como ellos solos (parecen los Woody Allen del negro sobre blanco) sacrifican la pleitesía a una belleza estilística notable en provecho de una argumentación despampanante en todas y cada una de sus novelas. Quien no lo haya hecho ya, que procure ponerse cuanto antes con “La química secreta de los encuentros” o “Si pudiera volver atrás” (del francés), con “Sunset Park”, “La noche del oráculo” o “El libro de las ilusiones” (del norteamericano… y mira que me resulta complejo no recomendar de él menos de siete u ocho títulos..), o con “Tokio Blues” o “After dark” (del nipón).
 Si llega el momento de escoger a un ramillete de autores del siglo XX caracterizados por la crudeza, lo directo de su lenguaje, por transmitir su argumento casi sin tamizar, pasando prácticamente de la víscera al papel, sin reparar apenas en cuestiones estilísticas incluso deliberadamente para lograr un efecto impactante en el lector, ahí resaltan los casos de los norteamericanos Charles Bukowski (“Factotum”, “Cartero”; se le relacionó, por analogías, con la llamada Generación Beat); William Faulkner (“El ruido y la furia”), J. D. Salinger (“El guardián entre el centeno”), Truman Capote (“A sangre fría”), Allen Ginsberg (“Aullido”; éste si era de los Beat) o el francés Louis-Ferdinand Céline (“Viaje al fin de la noche”).
 Ciertas analogías con varios de ellos se pueden obtener de la lectura de "El extranjero", la más mítica de las aportaciones del francés de origen argelino Albert Camus.
 Como casos universales de las décadas de la misma centuria, en este caso de las primeras, y apelando tanto al despliegue portentoso de ficción como a una puesta en escena narrativa sin sucesores ni por tanto parangón, cabrá recurrir a los inimitables casos de Marcel Proust (“En busca del tiempo perdido”), James Joyce (“Ulyses”) y Franz Kafka (“La metamorfosis”).
 En cuanto a los nuestros, y obviando el hecho incuestionable de que necesitaríamos dos capítulos más para abordar tantas obras y tantos nombres, apuntaré, aunque sea por afinidad propia, nombres como los siguientes: el del jiennense Antonio Muñoz Molina, novelista y cuentista (y académico), autor de excepcional dominio lingüístico e imaginativo creador apoyado en frases largas –cual solía el antes mencionado William Faulkner, también.
 Rosa Montero, madrileña, columnista y articulista, aparte de magnífica novelista, es autora de prosa compacta, contundente como armazón de un universo imaginativo único, como queda patente en creaciones como “La hija del caníbal” o “El corazón del tártaro”. Mención especial para el compendio de narraciones viajeras titulado “Estampas bostonianas” (..me lo leí viajando en bicicleta por Europa).
 El catalán Quim Monzó, autor de relatos breves y alguna novela (“El mejor de los mundos”; “El perquè de tot plegat”), me hace recordar el estilo desgarrador y a quemarropa, sin concesiones a la sensibilidad, de los Bukowski y afines adosados a la Generación Beat de los años cincuenta. Se caracteriza por pintar con palabras escenas frecuentemente sórdidas ambientadas en muchos casos en el mural de las relaciones personales tempestuosas; afectivas y carnales.
 Y por enfocar los últimos lustros, los del siglo actual, me cuadra aludir a ese fenómeno barcelonés afincado en Nueva York (caso que fue también el de Muñoz Molina) llamado C. Ruiz Zafón, autor de esa maravilla para la historia titulada “La sombra del viento”, una trama inconmensurable situada en la Barcelona de posguerra, en la que me cautivó especialmente la cantidad de “perlas filosóficas” que deja caer de boca de los numerosos personajes de la fascinante historia. Otro de los libros que no he leído una única vez… y que no me extrañará repetir de nuevo.
 También, por ir acabando, señalar las expectativas acerca de esa sorpresa llamada María Dueñas, autora castellano-manchega, tras su tremenda aparición con “El tiempo entre costuras”, sobre todo, y con “Misión olvido”.

 Y... voy ya cerrando aquí el capítulo –aunque bien consciente de tanto cuanto queda en el tintero- , pues claro parece quedar a la vez que yo me pongo a hablar de libros y debo llegar a agotar al más paciente de los mortales…