31 Ene 17
Los árboles son muchísimos, son tremendamente tupidos. Entremezclan sus ramas y copas, en lo alto, y apenas permiten espacio para progresar abajo, entre sus troncos rotundos, agrestes, retorcidos.
Es evidente que, más que nunca, imposibilitan todo intento de visión general del bosque.
¿El bosque..? ¿Y cuál es aquí el bosque?
El bosque es el teórico todo, la razón de las razones, el juego cuyas reglas son ignotas, vedadas, y por tanto, nulas, inexistentes en la práctica. En él hay humedad, múltiples sonidos incesantes -ruido de fondo y ruido inmediato-; hay trampas tendidas por doquier, maraña espesa, tropiezos, amenazas de toda índole. Hay frío glacial y también bochorno asfixiante; hay empellones, avisos, atropellos; acecho, sigilo, pulsiones atosigantes.
Llegamos al bosque, todos, un buen día, y dentro del extravío inherente, hay quienes hallan su peculiar espacio de suficiente confort, y hay quienes no logramos descubrir dónde están o cuáles son nuestras más básicas coordenadas, ahí.
Los de dentro, y los de fuera.
Los de dentro están bien. Aceptan, admiten, se funden, se pliegan con candorosa aquiescencia a los dictámenes y exigencias del ambiente. Fluyen en suficiente armonía (¿..puede caber la armonía en semejante laberinto babeliano?); dan por hecho que es así porque sólo puede ser así. Y parece funcionarles, o las más de las veces logran exteriorizar que les funciona.
Los de fuera estamos más jodidos. Este bosque es un escenario con que jamás imaginábamos contar, en un a priori supuesto y nebuloso. No entendemos nada, no entendemos qué espera este bosque de nosotros, si es que acaso esperaba algo de nosotros. Pero estamos aquí.
El reto es flagrante, explícito, y está servido. Desde el principio de nuestra inopinada incursión.
Mas, quizá, en nuestro caso pueda tratarse de un reto de un muy peculiar intríngulis. No somos de la pasta imperante, no nos mimetizamos tanto con el fondo. El fondo nos muestra su facies torva y exhala sobre nosotros su hosco aliento, de modo que es un fondo desdeñoso, no halagüeño. Es un fondo que parece desear ahuyentarnos.
Entonces, es preciso pergeñar una estrategia novedosa para atravesar este bosque, puesto que tampoco hallamos otro escenario alternativo a él. De momento, es sólo esto. Es cuanto hay.
No nos sirven las estrategias habituales, inmediatas, consuetudinarias. Esas son para los de dentro, para los acomodados, para los "patricios" y "funcionarios" que configuran el tejido poblacional mayoritario, "normal".
Así pues, comprendamos esto en primer lugar, si es cierta la máxima de que el primer paso para resolver un problema es admitir que existe.
Y después, pensemos. Observemos, anotemos. Sintamos. Intuyamos. Percibamos y dejémonos embargar por los sutiles tonos de esta otra exclusiva partitura. Ésa que seguramente no se compone de las cinco manidas líneas paralelas.
Y fluyamos, carajo, también, por tanto, a nuestra manera. Es éste un flujo, consecuentemente, de peculiar cadencia de oscilación, avance y vaivén. Pero es el nuestro. Y en él, antes o después, habremos de topar con las claves que descifren la gestación del hilo cuya madeja conforma el itinerario, tan enigmático, que se nos tiene reservado para cada uno de nosotros, los de fuera.
Tiene, por tanto, que haber una salida adecuada y suficientemente operativa para transitar hacia los límites de este bosque cabrón y pendenciero.