FEO

                                                                                               23 Dic '15



 El patito feo comparece sin vocación de tal, bajo los focos del escenario. No imagina ni en la más desapacible quimera la opción de semejante etiquetado sobre su ser. Es un rol, un desempeño para el que no se siente llamado en absoluto.
 No, decididamente no congenia con dicho papel. No lo contempla, mucho menos lo necesita o reclama. Pero, al parecer, los otros sí se muestran dispuestos a adornarle con tal señuelo. Va a ser el patito feo, le ha tocado serlo.
 Poco a poco, el tiempo transcurre y el patito feo resigna su suerte a las evidencias que, cual lluvia pertinaz que no cesa, van convenciéndole de que el designio cobra cuerpo, gana aplomo al calor del escrutinio ajeno. Al calor y forja del diagnóstico implacable que los demás ejecutan sobre él sin conceder ápices de indulgencia.
 El patito feo está ofuscado, aturdido. Está incómodo sometido, ahí, al indócil traqueteo que los resortes de su impuesta condición conllevan aparejados. No, no le agrada en absoluto ser el patito feo.
 El patito feo corre el riesgo de habituarse al perverso efluvio de su nueva piel, de auto-convencerse más de lo debido de los efectos, sobre sí, de tal pérfido disfraz con que un día los otros decidieron guarnecerle. Y eso habría de resultar enconadamente devastador y tenebroso.
 Pero un día, el patito feo logra sobreponerse un tanto, logra atisbar, por fin, rendijas de suficiente fulgor que le van revelando sin ambages los flecos del sesgo que sobre él se ha venido impregnando tan burdamente. No, no es tan feo como muchos insisten en verle. No es tan feo como, desde un inicio, tantos decidieron que había de ser.
 No es, ni mucho menos, tan feo como llegó a correr el riesgo de autocatalogarse.
 Poco a poco crece en él una nueva ebullición, una renovada ráfaga de vapor ardiente que el prójimo no ve, pero que a él le inunda e hinche por dentro. No, los demás no lo advierten, aún. Es pronto. Es pronto, y es ingente –cobra ese día consciencia- la multitud de necios con quienes ha compartido los días, los años, las aulas, las calles, las hoscas circunstancias.
 Al patito feo se le malinterpreta, constantemente. Por supuesto, no se le admite el menor yerro, siquiera presunto yerro. Es fácil verter sobre él todo el arsenal de recriminaciones ásperas con que ponerle en su sitio; pero qué se habrá creído, el feo éste. Que no se le ocurra levantar la voz, no, no; que ni en sueños atine a ejecutar la más nimia iniciativa. Ni a esbozar una brizna de réplica. Hasta ahí podíamos llegar.
 El patito feo radiografía por fin con suficiente, clara resolución, la necedad tremenda de toda la cohorte de ganapanes, de estrambóticos mamarrachos de los que se vio siempre innecesariamente rodeado. Irresolublemente rodeado. Pululan por doquier, comparecen a cada paso, cual siempre hicieron, sin solución de continuidad, y a la mínima blanden ante él y el mundo su majadería apabullante. Desbocadamente ebrios de estupidez, carcajean a mandíbula batiente los rudimentos de su estulticia inagotable. Y piensa, el patito feo, lacónica-mente, que ahí se despliega desde ya y para siempre una batalla de intrincada, de absurda e improbable defini-ción.
 El patito desearía entonces ser feo por un día, pues está ya suficientemente agotado de haberlo sido muchos, demasiados, casi todos los días.
 Está, más bien, hasta los cojones, el patito feo; lo está de toda esa fealdad de los necios, de toda esa necedad de los auténticos feos con que hubo de topar por los vericuetos de su sesgadamente estigmatizada existencia.

           (A todos los patitos feos sin vocación, incluso a algunos que sí la tienen)


EFECTO BELIZE

                                                                                        20 Dic '15


 Y bien, pues estaba yo hace escasas jornadas, ahí sobre las dos de la mañana en el sofá, en pleno acto de vigilia nocturna en mi primera noche libre tras otras siete de turno laboral. Es decir, con los ojos como huevos, pues el reclamo de Morfeo no repara en mí hasta mucho más tarde, tras la inercia de las jornadas precedentes, en que no adopto la onírica horizontal hasta pasadas las nueve de la mañana, hora a la que salgo de mi tareíta cotidiana y enchufo raudo para casa.
 Me estaba leyendo a Marc Lévy, “Los límites de nuestro infinito” (magnífica entrega, por cierto, como no es extraño en este genial autor), ahí repantingao, piernas reposadas sobre un brazo del sofá y cabeza en el otro, cuando tras bastantes páginas hice una tregua para ver un rato la tele.
 A esas horas extemporáneas, ...pues qué sé yo, algo de información en canales de 24 horas, zapeo por si pillo una peli atractiva, quizá algún documental interesante, y esas cosas del estilo. Sin mucho éxito en la pesquisa, decido tirar para La 2, que suele participar contenidos de calidad. Y en ese momento comenzaban los “Conciertos de Radio 3”, espacio en donde algún artista o grupo ofrece repertorio en directo, aunque grabado previamente, ante las cámaras.
 Aparece un ramillete de muchachos y muchachas jóvenes, unos cinco en total, quienes, antes de dirigirse hacia sus instrumentos y punto de actuación, se presentan simpáticamente y en escasos segundos en primer plano ante una de las cámaras: “Hola, somos Belize y vamos a interpretar los temas de nuestro reciente primer disco. ¡Esperamos os gusten!”.
 No tenía, yo, ni idea de quiénes eran. Pero fuere la simpatía que desprendieron en esa breve presentación, fuere que no tenía ganas de seguir zapeando, o fuere también que debí considerar una grosería de ámbito privado el no tener a bien concederles el crédito de al menos escuchar su primera canción o parte de la misma, ya que de forma casual había topado con el inicio de su ‘performance’, el caso fue que me dije “eah, pues va, un poquejo de música sin pretensiones, a ver quiénes son estos mozos. Y si no enganchan, pues retomamos la lectura otra vez, tú..”.
 Joé que si engancharon. Pocas veces anteriores recordaba un caso similar acerca de arrebato tan progresivo como indiscutible por parte de intérprete/s musical/es que no conociese yo de nada. Encantadores, encandiladores, subyugantes, diferentes… aquella cuadrilla me deparó un regalo de cuarenta minutos tan estupendo como inesperado.
 Cuerda eléctrica ligera, percusión contenida y cuerda alterna de arco y pizzicato de acordes protagonistas, como envoltorio fascinante del aporte vocal doble, femenino y masculino, dando él en castellano la réplica a las estrofas en inglés de la chica, provista ésta de tremenda angelical voz. Así en casi todas las canciones. Curioso y logradísimo, lo de esta apuesta bilingüe.
 Y el resultado, una atmósfera acústica, ligeramente electrónica, envolvente, relajantemente chill out, distinta…, en la gestación de melodías fascinantes y deliciosamente sencillas… Aparte, destilaban un candor, un encanto casi irresistible, entre la expresión simpática de la cantante y la indudable emanación de buena gente que desprendían todos los componentes del grupo. La otra chica, la de la viola, parecía directamente un querubín recién aterrizado del cielo.
 Total, que servidor, a quien musicalmente pocas veces le verás vibrar más allá del rock and roll poderoso de los Straits, los Ramones, los ‘eisidisi’, los Barricada, Siniestro, Ilegales y compañía, quedó ahí absorto y embobado ante esos benditos seres melodiosos como quien acaba de topar con una de las sorpresas de su vida.
 Ni qué decir, achuché raudo a Interné a ver qué se contaba ahí de los chicos de Belize. Eran –son- de Pamplona. Algunos proceden de conservatorio. Rondan los veinticinco tacos per cápita, incluso tirando al alza. El chico y la chica de las voces son hermanos. Hace pocos meses sacaron ese su primer disco. Se los rifan para hacer bolos por media o casi toda España.
 Y, claro, al acudir a don youtube a topar de nuevo con sus creaciones, repasé embelesado sus videos y fui testigo del raudal de parabienes que en los comentarios les dedican todos aquellos que, en muchos casos también casualmente, dieron de bruces con su música y cayeron en el acto prendados bajo su influjo demoledor.
 Sí, voy a dejar aquí alguno de tales videos, y no me enrollo más. Espero, quienes no les conozcáis todavía, paséis a engrosar las filas de sus incondicionales, entre quienes me cuento yo ya al menos hasta nuevo aviso. Que dudo tenga lugar a plazo razonablemente cuantificable…






 ¿..Son o no son buenos, estos chavales..?


...Y EL SUSTRATO (PROPIAMENTE DICHO)

                                                                         
                                                                                        9 Dic '15

  Y el sustrato, …el planeta, nuestra casa compartida, …eso es algo completamente fascinante.
 Ni en el más optimista o psicodélico de nuestros sueños pre-exposición podríamos haber concebido un escenario tan impresionante, tan simpar, tan maravilloso, en el que desarrollar nuestras atribuladas peripecias existenciales.
 El regalo de la naturaleza es el don inicial y permanente a cuya inmensurable valía nunca habríamos de restarle la debida perspectiva. No sólo ofrece las posibilidades y cumple las exigencias que requiere la biología orgánica a que nos sometemos los reinos vivos, sino que, y ya centrados en nuestro humano caso, supone un obsequio sensorial de proporciones incuestionables.
 Ante el acecho y empuje irrefrenable, ya milenarios, del progreso demográfico y material de nuestra especie, de tanto artificio de asfalto, hormigón, emisiones y maquinaria destructiva, ante todo ello, la carcasa planetaria, nuestro sufrido sustrato, resiste estoicamente y todavía es capaz de sorprendernos, de subyugarnos con el despliegue inaudito del arsenal de excepcionales maravillas que concurren en todas y cada una de las latitudes, a lo ancho y largo del esférico escenario.
 Bosques mediterráneos y boreales, tundras gélidas, áridas y vastas estepas solitarias; sabanas cálidas y junglas tropicales rebosantes de toda suerte de manifestaciones vitales; ríos caudalosos y desbocados, lagos azules inmaculados; costas marinas llanas o abruptas; montañas inmensas y cordilleras inabordables, infinitas y nevadas; desiertos de belleza imposible; paisajes árticos donde reinan icebergs gigantes, eternos hielos inhóspitos y cielos de azules vertiginosos…











































































































 No perdamos nunca, por favor, la capacidad de disfrutar, de asombrarnos y emocionarnos ante un determinado paisaje natural, ante un amanecer o una puesta de sol inolvidables, ante la caída silenciosa de la nieve durante horas, o una tormenta tremenda de relámpagos atronadores; ante un firmamento nocturno generosamente límpido y estrellado, ante el dibujo de una numerosa bandada de aves surcando el cielo en perfecta coreografía… No olvidemos que el conjunto de todo ello, la bendita madre naturaleza, nos lega generosísimamente un impagable regalo gratis ininterrumpido, constante, y… esperemos que permanente.
 Procuremos, cuando menos, no menoscabar todo ello más deprisa de lo necesario. Si es que cupiera dignamente aquí en forma alguna el término y concepto “necesario”…


EL TERRITORIO...

                                                                                   4 Dic '15



 El territorio despliega y exhibe el ufano, embaucador manto con que deslumbrar a propios y extraños. Se sabe fuerte, se sabe altivo y poderoso ante las advenedizas huestes que sobre él progresan, que ante él retozan y titubean, que le rinden pleitesía. Se sabe único, clamorosamente único.
 El territorio marca la pauta inquebrantable. Impone las reglas, escruta y atisba lo oneroso y lo pormenorizado. Afila sus incisivos, pule sus colmillos, engrana sus apabullantes molares. Brama su escalofriante alarido en clave de una partitura exclusiva, innegociable, omnisciente.
 El territorio no repara en indulgencias. No depara candores, no brinda remilgos. Lanza sus dados con desdeñosa apostura y se jacta de antemano del implacable albur de la tirada. Su carcajada estruendosa hace retumbar sus más recónditos confines, se granjea de inmediato la prestancia servil de sus vástagos alienados y bobalicones.
 El territorio, en fin, se revela selectivo. Enconada, emponzoñadamente selectivo. Dice tú sí, tú no, tú ya veremos. Recostado en su apacible diván, cabeza reposada en una manaza de poderío paralizante, pergeña encandilado sus razones silentes, muestra enaltecido la gozosa insolencia de su designio demoledor.
 Amparado en la seguridad desbordante de su condición inviolable, absoluta, le alcanza apenas el eco quebradizo del denodado desempeño de algunas de sus criaturas, señaladas criaturas por su dedo inquisidor, que a la par sugiere igualmente mostrarles los lóbregos vericuetos que jalonan la exigencia indescifrable, inaudita, de que se adorna la vasta travesía que por él todas aquéllas encaran tan afanosa como inopinadamente.