19 Mar '15
Unos meses más tarde, tras encabezar deseándole suerte en su segundo año en Guinea, le espetó sin rodeos, aunque con cierto laconismo, la conclusión que emanaba de su propio e inevitable análisis.
Afirmó raudo que se había vuelto violentamente
contra él todo lo que en tan poco tiempo había encontrado tan fascinante en
ella: “...Muchas cañas se tornaron lanzas; gran parte del monte dejó de ser
orégano.” Y que un golpe así fue tremendamente arduo de encajar.
No obstante, le transmitió su deseo de que
siguiera acompañándola el resto de su vida ese mágico y extraño halo de
fascinación, aunque él ya no lo viera, …o “lo sufriera”. Y que, ante todo, no
la había idealizado, sino que simplemente había caído de bruces en mitad de “esa
malla de magia fatal”, de la que no pudo ser capaz de desenredarse con soltura,
o siquiera con resolución.
Cual se había propuesto, se despidió lo antes posible, no sin
encomendarle sus saludos con afecto para las amistades comunes de allí, y
afirmándole, disparando sin ambages, que en algún oscuro recoveco "de su maltrecho
corazón seguiría ardiendo un pequeño sol” por ella.
…No tardó demasiado en dejar de arder, tal
pequeño astro rey en su particular recoveco. Ya estaba bien, hombre. En
ocasiones, la lógica acaba por fin por hacerse con los mandos, aunque se haga
de rogar.
El despropósito redomado, insolente, no debe
siempre salirse con la suya. Lo insidioso de la escena no merecía tantísimo desgaste, tantísima intención, tantísima energía desbaratada.
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