EL PERCAL... DE SENEGAL

                                                                                            13 Feb '16

 En algunas entregas anteriores de este estrambótico compendio -un par o tres de ellas- se me ha podido ver ensalzando las bondades y bellezas del continente africano. Esa tierra por mí venerada, a la que recurro de alma y cuerpo presentes en reiteradas ocasiones, desde hace ya un par de décadas, cuando me asomé a ella por primera vez participando en los contingentes de asistencia sanitaria a los refugiados ruandeses en la vecina República del Zaire, como por entonces se llamaba la actual R. D. Congo.
 He llegado a aludir directamente a esa tierra como "el mágico continente", nada menos y nada más.
 En general, la belleza simpar del territorio africano es la causa y motor de tal efecto de devoción y pleitesía por mi parte. Esto es, lo primigenio, la naturaleza apabullante, que allí alcanza cotas de poderío y revelación verdaderamente sublimes.
 Por otra parte, de la misma manera he esbozado alguna alusión a la otra gran realidad que emana directamente de tan singular entorno: su población humana. Las acogotadoras condiciones vitales de casi mil millones de seres que se baten en pugna descarnada y sin tregua, diariamente, ante unas severísimas exigencias existenciales.
 Acabo, hace un par de jornadas, de regresar de una incursión solitaria de apenas una semana por el área costera de Senegal, un país que hacía tiempo venía reclamando mi atención, pero al que aún no había dedicado una primera visita de reconocimiento.
 Dakar, su capital, enclavada en una pequeña península que constituye el punto más occidental del Africa continental, me ha deparado un auténtico bofetón de burda y estentórea realidad. Se trata de un conglomerado de barrios y distritos que acaban conformando una urbe de unos cinco millones de habitantes; prácticamente la mitad de la población total del país. Una urbe caótica, insoportable...; en dos palabras, demenciada e infernal.
 Fea a más no poder, el impacto más intenso lo proporciona un tráfico automovilístico realmente desproporcionado. Quizá exceptuando algún sector de Manila, la capital filipina, en ningún otro lugar del mundo me he visto inmerso bajo unas condiciones tan inclementes de contaminación inhalatoria tan intensa y constante. Aunque se observan algunos vehículos de aspecto moderno, la mayor parte del parque automovilístico de Dakar está compuesto por unidades vetustas, desvencijadas y decrépitas cuyos tubos de escape exhalan unas nubes oscuras e inagotables de implacable toxicidad. Aquello era realmente una penitencia en medio, además, de la canícula del acechante trópico urbanita.
 Yo solía llegar a la conclusión, no sé hasta qué punto atinada, de que todo aquél que disponía de un vehículo había de salir a circular en él, aunque se tratase de un desplazamiento de no más de trescientos metros el que hubiese de llevar a cabo. Tengo coche, pues lo exhibo, al igual que hacen todos éstos. No voy a ser yo menos...
 Y después, está el factor humano. Raudales y raudales de seres lanzados toda la jornada a esas calles y barrios, pestilentes y desordenados, con el propósito prioritario de buscarse la vida aferrándose al más ardiente de los clavos, blandiendo el hacha del desafío y confrontación ante las más desapacibles condiciones de puesta en escena sobre el tapete de la existencia.
 En cada semáforo, racimos de vendedores ocasionales se adosaban a las ventanillas de los vehículos detenidos mostrando sus variopintas mercancías: cachivaches electrónicos, cinturones, relojes, gafas oscuras, camisetas, publicaciones gráficas, útiles domésticos, bolsas de frutas, material escolar... Lo mismo sucedía al paso de los viandantes en muchas de las más céntricas y concurridas avenidas, lo cual se exacerbaba si el viandante de turno era 'toubab', vocablo con el que se nos designa allí a los congéneres de pellejo pálido.
 En este caso, además, cuando era el blanquito de turno quien se aventuraba por esas depauperadas aceras, la picaresca de los autóctonos activaba todos sus resortes no sólo en aras de objetivos mercantiles, sino también procurándose toda clase de artimañas o ardides con los que engatusar al "blanco perfecto" ahí presente, ante el fin de que alguno de los más que probables billetes presentes en sus bolsillos realice un raudo viaje sin retorno en dirección al bolsillo del infatigable batallador...
 Lo cierto es que, frecuentemente, el grado de atosigamiento impenitente al que te veías expuesto casi a cada paso podía fácilmente deparar la más completa exasperación.
 Y todo ello si la cosa no pasaba a mayores. En mis últimos instantes en la ciudad, dos o tres individuos sustrajeron de uno de mis bolsillos el dinero local que había reservado para el taxi hacia el aeropuerto. Uno de ellos detuvo mi paso aferrándose directamente con sus dos manos a los bajos de mi pantalón, "..oh mon ami, ce sont beaux vos chaussures..!", zarandeándome con brío toda la pernera, mientras que el compinche, dada mi zozobra momentánea, introducía hábilmente su mano en mi pantalón sustrayendo el pequeño botín (al cambio no llegaba a cinco euros) y desapareciendo prácticamente en el acto. Por fortuna, abandonaron en el suelo el envoltorio que ocultaba una tarjeta de crédito que quizá no habían identificado como tal, que también me había sido sustraída en la premeditada operación, y que pude consiguientemente felizmente recuperar.
 Las jornadas centrales de la experiencia senegalesa las llevé a cabo en la ciudad y área circundante de Saint Louis, en el norte del país, zona ya casi fronteriza con Mauritania. Aquello, indudablemente, supuso un respiro más que considerable en relación a las vivencias recolectadas en la insufrible Dakar.
 Saint Louis es muchísimo más pequeña población, de hecho se puede considerar prácticamente un pueblo el área más atractiva de la misma, constituida por una isla emergida sobre las aguas del descomunal río Senegal. Otro sector de la ciudad se desparrama por una estrecha lengua de tierra que, por el lado opuesto al del río, confronta ya con el Océano Atlántico.
 Con motivo de un paseo que prodigué por este barrio pesquero del litoral marítimo, la desazón que hizo presa de mí fue igualmente memorable al constatar la impresionante cantidad de inmundicia de toda clase que se apiñaba en el mismo borde del mar, meciéndose al vaivén de las olas. Recipientes de lata metálica de rebordes puntiagudos, embalajes de madera desvencijados, retales de tejidos sintéticos, cientos de bolsas de plástico, mondaduras de patatas y múltiples otros restos orgánicos, cascotes de toda índole, excrementos de las decenas de cabras domésticas que vagaban por las inmediaciones... Aquello era tan absolutamente descorazonador como tristemente indignante. No evité preguntarme lánguidamente cómo no podían intervenir en tamaña tropelía líderes locales o autoridades competentes a quienes pudiera caérseles lo justo la cara de vergüenza ante la evidencia flagrante de aquel inadmisible desbarajuste.
 El contrapunto a todo aquello lo experimenté la mañana en que me aproximé al espectáculo deparado por miles y miles de pelícanos, flamencos y otras aves acuáticas que se daban cita en el Parque Nacional de Djoud, a unas decenas de kilómetros de Saint Louis. Se trata de un área protegida constituida en majestuosa reserva de fauna ornitológica, ecosistema del que forman parte igualmente diversos reptiles -cocodrilo, pitón africana- y mamíferos como el jabalí salvaje.



 Total, y en resumidas cuentas, que, efectivamente, Africa es un continente que se nos graba a fuego de forma indeleble a muchos profanos en lo más recóndito de nuestro ser, pero que, de la misma manera, se encarga de poner de relieve esa otra cara más torva, displicente y desgarrada a los ojos del viajero, cuando éste deambula y se adentra por vericuetos menos benévolos y apacibles que los que se despliegan ante él cuando se solaza en mitad de las planicies del Serengeti o Masai Mara, ante una puesta de sol en los pantanos del Okawango, o salpicado por la cortina de agua que desprenden las majestuosas cataratas Victoria.
 Dakar, Kinshasha, Lagos, Abuja, Johannesburgo, Khartoum, el centro de Nairobi... Son posiblemente demasiados los descarnados emplazamientos urbanos, con sus intrínsecas circunstancias, que pueden lograr convencer de que los umbrales del infierno bien pueden comparecer igual y cotidianamente por los entresijos de este bendito e indómito continente.