11 Oct '16
Creo que puedo afirmar con suficiente rotundidad que nunca se me leerá en una red social clamando contra el oficio de los toreros, ni muchísimo menos mostrando un regocijo cobarde con ocasión de un descalabro de menor o mayor gravedad acaecido a uno de ellos dentro de una plaza taurina. Soy, aparte ello, poco de redes sociales, en general.
No soy ni fui nunca aficionado a la tauromaquia, e imagino que jamás llegaré a serlo. No me llamó nunca la atención, no llegó a captar mi interés. Incluso, como a muchos otros, me chirría un tanto eso de otorgarle el pomposo título de -nada menos que- "fiesta nacional".
Ahora bien, sí he podido fraguarme una serie de reflexiones de suficiente inmediatez al respecto de tal... arte, en el caso de que en cierto modo pueda calificarse así a este, llamémosle por ejemplo, al menos ahora, "oficio".
Total, que tenemos una superficie redonda, de esos aproximadamente cincuenta o sesenta metros de diámetro -calculo yo-, cubierta de arena, y en derredor un graderío repleto de parroquianos lo bastante afines al espectáculo... o al "oficio". Y ahí en medio comparecen, por un lado, un señor, ataviado con unas galas un tanto rimbombantes, llamativas, y por otro un animal herbívoro cuyo peso corporal puede, quizás, sextuplicar al de aquél.
El componente humano de este binomio, el "artista" (..u oficiante), sabe de sobras lo que se trae entre manos, ahí. No en vano, lleva años preparándose para la tarea, para el oficio. Desde que descubrió su vocación, se ha sometido a horas, días y años de entrenamiento, de práctica concienzuda encaminada a ese momento, para él glorioso, suponemos, de enfrentar en la plaza llena a su "enemigo" astado.
El otro, éste último, el animal... no tiene ni la más pajarera idea de cuan le espera desde el momento mismo en que se le abre el chiquero para acudir raudo y perplejo a ese ruedo abarrotado... de congéneres de la parte de la dupla opuesta a la que representa él.
El animal, fuerte, bravo, precioso, ...y perplejo, como decíamos, hace gala de unos prominentes, llamativos ornamentos naturales sobre lo alto de su testuz. Un par de cuernos imponentes, afilados, largos y, ante todo, temibles, desde luego. Una magnífica defensa; en su caso una portentosa opción de ataque..., de procedencia natural, insisto de nuevo.
El humano, el oficiante, no sólo aporta su experiencia y su bagaje extenso de adiestramiento para esta curiosa cita; cuenta, además, con la gracia de la posesión de unas armas artificiales y poderosas con que hacer frente al formidable "rival" que no ha pedido, por cierto, vérselas en tales lides. El oficiante sí sabe perfectamente que esa lid llegará, una vez más, una tarde más. Que la afrontará en un ruedo más ante ese nuevo contrincante de turno que, como el anterior, como tantísimos otros anteriores, carecía de toda noción acerca de la suerte que le esperaba esa tarde, en ese ruedo. No busco un chiste malo o fácil con lo del término "suerte", aquí.
El humano, el oficiante, sabe que cuenta con más de un noventa y nueve-coma-mucho de posibilidades de resultar el vencedor, una vez más. De dar muerte a su contrincante. Porque resulta que el entretenimiento es a muerte. O tú o yo. Yo vengo generosamente entrenado y altamente consciente. Las estadísticas están abrumadoramente de mi lado. Tú, en cambio, no tienes ni puta idea de la que te espera aquí. No tienes el raciocinio o la potestad que quizá te hubiese podido dotar de la decisión de aceptar o no este envite. Siquiera, en todo caso, de haberte preparado para él en una medida similar a la que yo sí vengo heciéndolo, desde hace tanto tiempo.
Hay quienes afirman que al toro se le cría exclusivamente para ello, para esto. Perdonen que me descojone. ¿Acaso lo decide él, esto..? ¿Estaría él de acuerdo..? ¿Se ha parado alguien un momento a imaginar que una hipotética especie, superiores sus miembros a nosotros en inteligencia y medios al efecto, decidieran por nosotros el "criarnos" para combatir a muerte desigual contra ellos, sin previo aviso posible, sin el entrenamiento de que ellos sí hacen acopio..?
No sé qué pensar cada vez que escucho a un torero afirmar que ama al toro. Hoy mismo he escuchado a uno llamado Rivera decir que ojalá los antitaurinos pudieran llegar a sentir por los toreros una fracción del respeto que éstos sienten por el toro. La verdad, no soy capaz de evitar la tentación de barajar la hipótesis de que ese señor se esté descojonando clamorosamente en mi cara. Y en la de tantos otros, a la par.
Pese a todo, reitero: no he sido ni seré capaz de alegrarme, y mucho menos de manifestarlo cobardemente en plataformas de uso colectivo, en alguna de las escasas ocasiones en que un torero sufra un percance importante o irremediable ante las astas de un toro. No soy "animalista", como tal, ni en consecuencia se me verá en actos de los que protagonizan estos individuos.
Pero eso sí, la llamada "fiesta"... me parece un invento anacrónico, desigual, y en consecuencia injusto.