LA LOTERIA PRIMIGENIA


                                                                                         12 Feb '15
 El uno aguarda, ufano, tranquilo, orondo; bien ubicado y guarnecido tras una gestación rápida y perfecta. Un predecesor, que tras sus cuatro semanas de existencia plácida sucumbió en una menstruación más, ha dejado su espacio y tiempo para que ahora él sea dueño y señor. En su cómoda poltrona uterina madurará y quizás envejecerá, como aquél, si en el mismo plazo no irrumpe de súbito una inopinada visita. Una visita concreta, certera, puntual.
El otro no viene solo. Su alocada carrera en pos de su atrayente contraparte discurre paralela a la de una verdadera muchedumbre de congéneres, un ejército realmente descomunal de réplicas exactas de sí mismo. Unidades idénticas que aletean y progresan frenéticamente en la cálida y húmeda oscuridad del escenario sempiterno. Rivales, en suma, cada uno de todos los demás y del entorno, también, ciertamente hostil para con ellos. No en vano, uno a uno van sucumbiendo ante las implacables trabas variopintas que inevitablemente concurren a su heroico, inasequible paso.
Al fin, uno, sólo uno de los sufridos nadadores alcanza su meta, fatigado, pero a la par satisfecho con su innegable proeza.
 Horada entonces el tegumento generoso de su formidable anfitrión –quien multiplica muchas veces su tamaño- y entrega a él su dote. A su vez, contempla y se zambulle en la dote que también el anfitrión le presenta, concede y pone a su disposición. Veintitrés regalos, veintitrés preciados presentes per capita que quedarán irremediablemente condenados a componer un mosaico perfecto de cuarenta y seis piezas, dispuestas en parejas, de indeleble, irresoluble combinación en lo sucesivo.
 Tal caprichosa, inescrutable, veleidosa combinación decidirá el resto, decidirá todo. La suerte demoledora, insoslayable, habrá sido echada. La lotería comienza. Nada más puede hacerse. No hay ulterior intervención posible.
Nueve meses más, en creciente e involuntario designio biológico, y la función comienza. Ahí está el escenario. Un nuevo actor, una nueva actriz aparece bajo los focos. Se hace la luz; se abre un nuevo tiempo y un nuevo espacio.
La suerte está echada. La han echado esos dos peculiares especímenes unicelulares y sus no menos singulares regalos. Al ajeno antojo de su juego cabrá achacar gran parte del resultado de lo acaecido en el fantástico, subyugador e implacable nuevo escenario.
La inescrutable suerte, amigo, ha sido ya echada.