¿ES RAZONABLE EXIGIR FELICIDAD? ( I )
26 Feb '16
La felicidad, señores, por fin comparece por aquí. Esa palabra nunca indiferente; ese concepto ralo, inveterado, consistente, embaucador. Espídico. Casquivano, inclusive.
La felicidá. Quizá tardábamos, sí, en convocarla por estas páginas. Hoy le llegó el turno.
Suele decirse que es el abstracto objeto de devoción y persecución por parte del bípedo y pensante humano desde que es tal, al menos pensante. Suele convenirse en que no se trata de una prestación por lo común bien repartida; generosa o uniformemente distribuida entre los miembros de la especie. Y suele, además, bien considerarse que es el objetivo primordial por el que propios y extraños, tirios y troyanos, negros y azules, culés y merengues, ...todos quemarían sus naves o venderían, a última instancia, su alma al diablo más procaz que circulara por los alrededores.
Desde que el humano piensa, quizá no tardó mucho en empezar a pensar demasiado. Esa especie de mejunje arrugado que esconde el interior de su cráneo, con forma de fruto de nuez del tamaño de una col lombarda, le dotó, efectivamente, de unas posibilidades imponentes de las que, a día de hoy, al parecer todavía se desconoce buena parte de su verdadero alcance en calidad y cantidad.
El cerebro humano es el portentoso ordenador central que determina todo lo que cada propietario experimentará, sentirá, ...será, en definitiva, a lo largo de su más dilatada o más breve existencia.
En primer lugar, le dota de todas las posibilidades funcionales y orgánicas que le resultarán imprescindibles durante el trayecto vital. Las sensaciones, oír, ver, palpar, oler, degustar. La locomoción. Y el control involuntario de actividades básicas, como el respirar, incluso durante el sueño. Aparte, por supuesto, de mil otros mecanismos claves para la supervivencia: control químico de situaciones límite (precaución, miedo, estress, defensa, hambre,...), control enzimático y hormonal, regulaciones de descanso y vigilia, instintos básicos como la reproducción y la supervivencia...
Por otra parte, el cerebro se constituirá en la sede del intelecto. Las diversas capacidades intelectuales que el individuo sea capaz de desarrollar y de las que valerse en su recorrido existencial determinarán, sin duda, decisivamente, las características cualitativas más reseñables de que su vida se adornará.
Y, por último, la nuez gorda, a su vez, albergará el sello que imprimirá las peculiaridades intrínsecas y particulares del usuario de turno. Su personalidad, su carisma, menor o mayor, sus diversas sensibilidades, su análisis de cuantas circunstancias le rodeen, su carácter y temperamento; todo su aderezo personal, en definitiva. Y por supuesto, jugará un papel clave a la hora de echar cuentas y balances acerca de los quintales o los decígramos de felicidad que su propietario haya sido capaz de echarse sobre la chepa durante su menos o más atribulado periplo existencial.
Y como veo que esto se nos está prolongando y no deseo aburrirles de entrada más de lo admisiblemente necesario, será mejor que...
(...to be continued)
Eso, en el próximo. :-)
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