MEQUETREFES DE FIN DE SIGLO

                                                                                                                               
                                                                                                                    13 Mar '15

  Entran ahí, en lugar ajeno (si bien, en principio, está a su servicio), como elefante en abigarrada cacharrería.
 Con frecuencia, ni saludan. Aproximan al mostrador su ufana hechura, su –para ellos, a buen seguro- pinturera e imprescindible presencia.
 Otean un momento, yerguen hacia atrás tronco y cabeza, madrileñeando bien, ahí, que para eso estamos en los lindes del viejo Chamberí.
 Y desgranan con arrogancia, con insolencia ejemplar. Con modales calamitosos.
 Los más viejos, con frecuencia las más viejas, te sueltan ahí sus recetas rojas como quien le tira un hueso al perro del titiritero, con un desprecio mayúsculo, con la mirada insuflada de hostilidad. “Trae eso ahora y rápido, pequeño tuercebotas”, parece leerse de sus procelosas mentes. Normalmente, no sueltan una palabra ni al llegar ni al marcharse. Sólo legan patética gestualidad.
 Otro, también entrado en tacos de almanaque, te “solicita” que “por favor” le tomes la tensión también sin una palabra –ni de saludo, al entrar; para qué...-; basta simplemente con un gesto certero (y chulesco) de una de sus manos apretando un par de veces un invisible tensiómetro en la proximidad de su brazo opuesto. Cuando ve que le has visto llegar; dedicándote una mirada de ésas que estimará son irrebatibles. “Aquí mando yo, pequeña inmundicia. Y tú me sirves ahora y sin dilación”.
 Portadores de una soberbia y una ignorancia apabullantes, sin límites, se sienten izados en el trono del emperador. Estos “tenderos de bata blanca” son mis pequeños lacayos, especialmente ése, el nuevo, el chaval ése joven que mi mujer dice que siempre está buscando problemas. El otro día, el muy subnormal, le dijo que necesitaba su tarjeta sanitaria para rellenar no sé qué datos de la receta de los cojones que venían vacíos, o no sé qué. Hace falta ser mamón, el chaval ése.
 El chaval ése, licenciado sustituto de la baja de otro adjunto durante unos meses, es “el nuevo”, sí, “el joven”, …aunque lejos andan de suponer, los energúmenos, que se trata de la autoridad técnica del establecimiento oficial, especialmente en ausencia del titular del mismo. Ni se molestan en leer la placa identificativa que pende de la solapa de su bata. Total, “la tienda” es una “tienda”, como cualquier otra del barrio, ¿no? ¿Qué licenciado ni qué carrera, ni qué carajo con ruedas..? “¡..Anda, chaval, ponme dos de ‘Termangil’ Codeína, y no te equivoques, que no quiero volver después!”
 Cincuenta y muchos años, sesenta y tantos; incluso setenta, o más. …¿Han sido así todas sus vidas..? ¿Les ha resultado necesario, funcional, satisfactorio, rentable..? ¿Han tenido su correspondiente alícuota de descendencia -..la habrán tenido, ¡como que no..!- y son tales usanzas y modos los que han ido legando a los suyos..? ¿Nuevas bombas, vástagas bombas de ira e insidia por esa calle Bravo Murillo, por esa ciudad, por el mundo..?
 Radiografía de una sociedad hosca, perjudicada, con múltiples relés y bujías clamando por su reemplazo urgente. De una especie animal (nunca mejor… eso) con tintes putrefactos, demasiados, presumiblemente dispuestos a emponzoñar el tejido todavía sin viciar. Que todavía queda; lo llamativo es que todavía queda algo…
 El chaval joven ése, que tras acabar la pérfida sustitución hace raudo la mochila para desplegar nuevas correrías por algún trópico más amable, atemperado y cabal, se marcha pensando que cada trámite, encontronazo y tejemaneje  con una persona amable, correcta y cordial en este sinuoso camino vital merece ser paladeada con fruición y archivada después en un rincón preferente de las meninges.
 Cual si se tratara de una quimera, de una franca improbabilidad. 
 Qué lástima, señores. Qué pena.