SALAM ALEIKUM; PERIPECIAS A LAS FALDAS DEL RIF


                                                                                                      1 Abr '15

  2001; treinta y dos.
 Empieza un siglo; termina un pequeño hábito. Desde entonces, y de momento, último de mis escarceos con la cosa de la Cooperación sanitaria y sus variopintos tejemanejes.
 Esta vez, más cerca: Tetuán, norte de Marruecos; bastión del otrora floreciente protectorado español en el norte de Africa. Y con una nueva “camiseta”, asimismo: la de la barcelonesa Fundació Clínic para la Recerca, con sede en el Hospital Clínico de la ciudad condal.
 La tarea: crear y donar un hospital de maternidad para la sanidad marroquí, a erigir sobre las ruinas de un antiguo hospital español de la época del protectorado.
 Mi tarea: coordinar el servicio de Farmacia con el resto de secciones clínicas del futuro centro, comenzando por el hecho en sí de hallar y seleccionar un o unos proveedores locales habituales para medicación y productos sanitarios para el hospital. A la par, formar a un sanitario marroquí previamente seleccionado para que en el futuro sea él quien gestione todo ese jaleo, una vez el proyecto eche definitivamente a rodar.
 Ardua, farragosa, estresante. Así califico en síntesis mi peripecia de cuatro meses en aquel emplazamiento aferrado a los mandos de aquellas directrices.
 Y, en medio de todo ello, mi primer contacto con el ambiente islámico y su particular parafernalia. No he vuelto nunca por allí, pero imagino que era entonces bastante más light de lo que debe ser ahora, catorce años después, con la que “anda cayendo” por el globo con tanto muyahidín, tanto Estado Islámico y tanta promesa de amable nuevo califato por doquier.
 Una de mis primeras tardes por allí, caminando casi al anochecer tras la jornada laboral junto a una compañera médico del proyecto y por una bulliciosa área del centro de la ciudad, alguien me propinó por la espalda un escobazo en plena cara, en la parte derecha de la misma. Sí, un escobazo. Iba abstraído y enfrascado en plena conversación con mi compañera Olga, que caminaba a mi izquierda, cuando de repente recibí en pleno rostro el impacto certero de un cuerpo húmedo, sucio y pestilente. Mi primera percepción, automática, fue como la de haber recibido un balonazo en plena jeta, el golpe de un balón de cuero mojado y guarro que habría sido impulsado a saber con qué intención desde varios metros de distancia, con potencia, desde mi flanco derecho. Tardé, tras mirar entre aturdido, perplejo e indignado a un sector y a otro, unos tres segundos en descubrir el flagrante y delictivo cuerpo de una zarrapastrosa escoba ante mis pies, postrada en el suelo. La agarré de inmediato, y armado con ella como quien agarra un bate de beisbol, pregunté con la mirada rabiosa “quién ha sido; a quién le doy primero con esto…”, oscilando a uno y otro lado. No vi a nadie con actitud sospechosa, entre el gentío que a esas horas poblaba la plaza Al Andalouce. Tardé en llegar a la conclusión de que aquel artefacto pudo haber llegado a topar tan burdamente con mi cara, sólamente a través de un golpe propulsado y dirigido con intención y alevosía desde detrás, usando el mango a modo de remo y calculando la distancia y longitud del mismo para que el extremo “peludo” me alcanzase de lleno.
 Todo un sutil detalle de bienvenida a aquel enigmático territorio, sí señor.
 Semanas después, un individuo joven, acompañado de otros tres, me llamó en castellano 'hijo de puta' tras un leve y hasta indulgente gesto mío de reprobación, al cruzarme con ellos por una calle, cuando el aludido acababa de propinar un más que agresivo y desproporcionado agarrón y zarandeo en la cabeza de un niño de unos diez años que se había acercado unos instantes antes al trío, dirigiéndoles tímidamente unas pocas palabras en árabe. El borrego, bien escoltado ahí por sus escuderos, volvió a dedicarme por segunda vez el mismo improperio cuando, ya habiéndonos cruzado y separados por unos ocho metros de distancia, observó que me había detenido para mirarle interrogante como inquiriéndole acerca de su burda actitud, tanto conmigo como con el niño.
 Maravilloso. Viva la concordia entre congéneres, así como la apabullante 'calidad' de determinados ejemplares de nuestra humana condición.

 La medina o ciudad antigua de Tetuán era un amurallado amasijo laberíntico de callejuelas, recovecos y pasadizos inextricables, que albergaban el más abigarrado tejido comercial de la población. Pequeños bazares de ropa, de enseres de cocina, de pequeños e innumerables repuestos de automoción, de útiles de aseo, calzado, bisutería, cereales variopintos en grano, material electrónico…, se arracimaban estrechamente junto a pequeños talleres artesanos de toda condición…, y sobre todo, carne, multitud de carnicerías bajo ligeros toldos de tela de donde pendían cadáveres abiertos en canal de sanguinolentos becerros, vaquillas, cabritos, cabras, corderos y ovejas. La maraña insondable de miles de moscas verdosas y zumbonas que gozaban de su peculiar paraíso en medio de aquellos cuerpos inertes, pestilentes y pensiles en plena canícula del mediodía norteafricano, otorgaba todos los motivos para que el europeo de turno pudiera asombrarse de que alguien fuese capaz de adquirir porciones de tales adefesios orgánicos para el consumo doméstico de la familia.
La llegada de las horas crepusculares dentro de la medina se tornaban en la señal más certera para aprestarse a salir de la misma, tanto por el aumento de la dificultad de dar con una de las salidas hacia el exterior, la ciudad moderna, como por la posibilidad de topar con individuos de más que imprevisibles intenciones o designios una vez que la oscuridad extendiese su reinado por aquel indomable despropósito de callejuelas.
 Otro factor que llamaba la atención diariamente en aquella ciudad pasto de cabecillas y rufianes de las llamadas mafias de pateras, ahí a escasas decenas de kilómetros del estrecho de Gibraltar, era la descollante ociosidad de muchos hombres en edad y en horas, digamos, de afanarse supuestamente un tanto en tareas y quehaceres en principio susceptibles de proporcionar algunos ingresos que llevar al respectivo hogar. A no ser que aquéllos consistieran básicamente en ver transcurrir las horas sentados en las terrazas de las teterías, casi siempre alineados de espaldas a la pared del comercio y de cara a la vida que pasaba por delante, ante el correspondiente vaso alargado de té verde, hirviendo como él solo a pleno sol marroquí, y a menudo con un ramillete de avispas porfiando por hacerse fuertes sobre las ramitas de menta inmersas en buena concentración en cada una de las bebidas.
 De igual manera, resultaba llamativa la circunstancia vespertina de que, cual si de una inequívoca y puntual señal se tratara, las despobladas aceras de plazas, calles y avenidas de la ciudad antes de las seis de la tarde, de un instante al siguiente, se llenaban en el acto de parroquianos surgidos de golpe casi como por ensalmo. Se trataba mayoritariamente de varones jóvenes, que, arracimados en los correspondientes grupos y grupúsculos de amigos, compadres y cofrades, tomaban las aceras y caminaban en las diferentes direcciones con paso casi siempre raudo y decidido. Pocas horas más tarde, cuando caía la noche, se revelaba igual de asombroso el hecho de que, también como si un repentino y estentóreo chasquido de dedos de algún adalid mahometano que marcase la pauta incontestable, todo ese hervidero de morabitos se dispersara prácticamente en el acto, con la misma eficacia y rotundidad con que habían aparecido en escena anteriormente. No resultaba infrecuente, cuando en las horas de tales paseos también nosotros procedíamos con el nuestro, que algún que otro mozalbete se girase ante el paso de alguna de nuestras compañeras profiriendo una retahíla verbal en lengua vernácula (por fortuna, incomprensible para nosotros), con verdadero furor en la mirada, así como que, también, en ocasiones, algún brazo saliese dirigido como un resorte en dirección a la partes anatómicas traseras y bajo-posteriores de Olga o Inés, nuestras ginecólogas del proyecto en el hospital. Aparte todo ello, solíamos vernos forzados a adquirir una progresiva y certera pericia para lograr esquivar y poner a salvo nuestros zapatos o pantalones de la lluvia usual de escupitajos que continua e indiscriminadamente dirigían al suelo, en esas horas de la tarde, muchos de aquellos hombres jóvenes con quienes compartíamos el empedrado y callejeo urbano del lugar.
 Al menos, ninguno de nosotros o nosotras volvió a ser obsequiado a nuestro paso en ninguna otra ocasión con algún nuevo atinado, eficaz y cobarde escobazo en todo lo alto…
 Han transcurrido casi tres lustros y, la verdad, no he sentido en ningún momento desde entonces la intención o leve deseo de regresar algunas jornadas por aquellos lares. (¿Será extraño..?) Ni siquiera para saber de primera mano qué habrá sido de la clínica de maternidad que les pusimos en marcha y les regalamos allí. Confío que al menos eso haya ido progresando favorablemente. Y si no, qué le vamos a hacer.