CUESTION ZOOIDE

                                                                                           13 Sep '15



 Una colonia francamente instaurada, resueltamente instalada. Demasiado instalada, en realidad, siendo del todo precisos.
 Tanto, que por momentos choca que todavía se pueda hallar y gozar de espacios libres. De silencio, en suma.
 Tan cuantiosa en miembros, en zooides, que desde hace una serie de tiempo las mentes más preocupadas –que al parecer son menos de cuantas debieran ser- no cesan de hacerse cábalas acerca de la intensidad de las consecuen-cias de semejante expansión, hoy por hoy todavía imparable.
 Aunque, a la par, resulta que joven, por otra parte, la colonia de marras. Tanto, que se compara su presencia en el escenario huésped, …la Tierra, como en el último segundo de un día completo de vida de ésta.
 Muchos. Muchísimos. Demasiados, en suma. Camino de siete mil millones y medio. Un ochenta por ciento más que hace apenas un siglo. Y llevamos muchos siglos por aquí, ya, pese a la aludida juventud del “invento”.
 Algo más de doscientos mil nuevos cada día, como saldo positivo entre cuantos llegan y quienes se van. Mecanismo exponencial; más cada vez para formar a otros muchos más. Cada vez más úteros viables. Más óvulos mensuales, cada vez, operativos para entablar consenso con raudales de desbocados espermatozoides.
 De momento, esto no hay quien lo frene. La colonia es fuerte, de justicia es admitirlo. Los guarismos son demoledores: no le atañe hoy por hoy amenaza evidente alguna. Al menos, de suficiente envergadura.
 Más de doscientos mil nuevos cada día. Así, la fuerza radica en lo colectivo. Uno por uno, sus zooides somos frágiles. Cada uno de ellos, de nosotros, por separado, podemos reventar en un momento, por cualquier nimiedad, sin avisar. Pero el conjunto es bestial, demoledor, inquebrantable. Nada puede contra él. Hoy por hoy, al menos; insistamos. Se caen algunos, pero bastantes más comparecen raudos a suplirles.
 Y biodiversos, también, dentro de los moldes delimitados por la especie. Razas, etnias, tipos. Tonalidades epiteliales, rasgos tronco-faciales, variabilidades capilares… Todos ellos, por supuesto, susceptibles de conjugarse entre sí, lo cual propaga al extremo la sorprendente potencialidad del mestizaje.
 No existe una “misión” colectiva concreta a que atenerse, una vez aquí. Un dato quizá curioso, éste, si nos atribuimos la propiedad y posesión del mayor potencial intelectual conocido del conjunto de los reinos vivos con quienes compartimos la “casa”.
 ¿Existir, sin más? ¿Cumplir con los designios elementales de la madre naturaleza: satisfacción de los instintos de nutrición, reproducción, supervivencia, tratando a la par de que todo ello tenga lugar en un marco de máxima satisfacción individual –y por ende, colectiva- posibles..?
 Es posible. Pero ahí comparece el punto de inflexión más determinante: es preciso competir. Somos demasiados.
 Ciertamente, por una parte, los niveles de cooperación que se han llegado a alcanzar, precisamente como consecuencia o en virtud de esa indudable prestación intelectual de que está dotada la especie, junto a la experiencia creciente de la misma, han contribuido decisivamente para concebir y lograr cotas de organización y consiguientes réditos de disfrute colectivo incuestionables.
 Pero, por otra, la aparición del conflicto era inevitable. Multitud deviene en competencia. Demasiados zooides –y cada vez más, no olvidemos- en una “casa” que, por el contrario, no crece. Unos recursos que se limitan, progresivamente, que incluso se esquilman, se dilapidan. Se destruyen.
 En términos meramente materiales, cuatro quintas partes del elenco carecen de lo suficiente para progresar en unos estándares de dignidad. La otra quinta parte, en general, sobrenada en la abundancia. De momento…
 Y la colonia es arrogante, además. Otra consecuencia insoslayable. Primero, consigo misma: intraespecíficamen-te. Está la competencia por el recurso, por la reproducción, por la hegemonía, por el territorio. Interviene la fuerza; comparece la vanidad. Pese a las bonanzas del aludido mestizaje, aparece un buen día el recelo hacia el otro, hacia el distinto. Surge el miedo, la desconfianza. Nace el conflicto. Llega el odio. Hombre acosa hombre. Hombre humilla hombre. Hombre agrede, zahiere hombre.
 Hombre mata hombre.
 A la par, la arrogancia de la colonia atañe a lo interespecífico. Y, por supuesto, al escenario común, a la “casa” de todos. Sometemos especies, amenazamos especies, destruimos especies. Emponzoñamos, horada-mos, aniquilamos. La casa, el hermosísimo planeta, sufre y resiste a duras penas el acoso implacable; padece estoicamente tamaña agresión frenética, creciente, irrefrenable. Tantísimo inescrutable afán por divisar los postreros y macilentos límites.
 De tal modo, que ya podemos poner en tela de juicio aquella premisa que se jacta en señalarnos como colonia indestructible, omnipotente, pretendidamente sempiterna.
 El nulo respeto por el entorno, la soberbia mayúscula que enarbolamos y que desmenuza por momentos el maltrecho sustrato habitable se torna, al fin, en la más acuciante y, muy posiblemente, merecida amenaza hacia nosotros mismos.
 O nos apañamos para dirigir esa proverbial inteligencia     -de que tanto nos vanagloriamos- en el más urgente e idóneo sentido, o de otro modo los ínclitos, arrogantes zooides nos vamos decididamente, y de aquí a un tiempo, todos bien derechitos al carajo.

 *[R.A.E.] Zooide: Individuo que forma parte de un cuerpo con organización colonial y estructura variable, según el papel fisiológico que desempeña en el conjunto.