Una colonia francamente instaurada, resueltamente
instalada. Demasiado instalada, en realidad, siendo del todo precisos.
Tanto, que por momentos choca que todavía se
pueda hallar y gozar de espacios libres. De silencio, en suma.
Tan cuantiosa en miembros, en zooides, que
desde hace una serie de tiempo las mentes más preocupadas –que al parecer son
menos de cuantas debieran ser- no cesan de hacerse cábalas acerca de la
intensidad de las consecuen-cias de semejante expansión, hoy por hoy todavía
imparable.
Aunque, a la par, resulta que joven, por otra
parte, la colonia de marras. Tanto, que se compara su presencia en el escenario
huésped, …la Tierra, como en el último segundo de un día completo de vida de ésta.
Muchos. Muchísimos. Demasiados, en suma.
Camino de siete mil millones y medio. Un ochenta por ciento más que hace apenas
un siglo. Y llevamos muchos siglos por aquí, ya, pese a la aludida juventud del
“invento”.
Algo más de doscientos mil nuevos cada día,
como saldo positivo entre cuantos llegan y quienes se van. Mecanismo
exponencial; más cada vez para formar a otros muchos más. Cada vez más úteros
viables. Más óvulos mensuales, cada vez, operativos para entablar consenso con
raudales de desbocados espermatozoides.
De momento, esto no hay quien lo frene. La
colonia es fuerte, de justicia es admitirlo. Los guarismos son demoledores: no
le atañe hoy por hoy amenaza evidente alguna. Al menos, de suficiente envergadura.
Más de doscientos mil nuevos cada día. Así, la
fuerza radica en lo colectivo. Uno por uno, sus zooides somos frágiles. Cada
uno de ellos, de nosotros, por separado, podemos reventar en un momento, por
cualquier nimiedad, sin avisar. Pero el conjunto es bestial, demoledor,
inquebrantable. Nada puede contra él. Hoy por hoy, al menos; insistamos. Se
caen algunos, pero bastantes más comparecen raudos a suplirles.
Y biodiversos, también, dentro de los moldes delimitados
por la especie. Razas, etnias, tipos. Tonalidades epiteliales, rasgos tronco-faciales,
variabilidades capilares… Todos ellos, por supuesto, susceptibles de conjugarse
entre sí, lo cual propaga al extremo la sorprendente potencialidad del
mestizaje.
No existe una “misión” colectiva concreta a
que atenerse, una vez aquí. Un dato quizá curioso, éste, si nos atribuimos la
propiedad y posesión del mayor potencial intelectual conocido del conjunto de
los reinos vivos con quienes compartimos la “casa”.
¿Existir, sin más? ¿Cumplir con los designios
elementales de la madre naturaleza: satisfacción de los instintos de nutrición,
reproducción, supervivencia, tratando a la par de que todo ello tenga lugar en
un marco de máxima satisfacción individual –y por ende, colectiva- posibles..?
Es posible. Pero ahí comparece el punto de
inflexión más determinante: es preciso competir. Somos demasiados.
Ciertamente, por una parte, los niveles de
cooperación que se han llegado a alcanzar, precisamente como consecuencia o en virtud
de esa indudable prestación intelectual de que está dotada la especie, junto a
la experiencia creciente de la misma, han contribuido decisivamente para
concebir y lograr cotas de organización y consiguientes réditos de disfrute
colectivo incuestionables.
Pero, por otra, la aparición del conflicto era
inevitable. Multitud deviene en competencia. Demasiados zooides –y cada vez
más, no olvidemos- en una “casa” que, por el contrario, no crece. Unos recursos
que se limitan, progresivamente, que incluso se esquilman, se dilapidan. Se
destruyen.
En términos meramente materiales, cuatro
quintas partes del elenco carecen de lo suficiente para progresar en unos estándares
de dignidad. La otra quinta parte, en general, sobrenada en la abundancia. De
momento…
Y la colonia es arrogante, además. Otra
consecuencia insoslayable. Primero, consigo misma: intraespecíficamen-te. Está
la competencia por el recurso, por la reproducción, por la hegemonía, por el territorio. Interviene
la fuerza; comparece la vanidad. Pese a las bonanzas del aludido mestizaje,
aparece un buen día el recelo hacia el otro, hacia el distinto. Surge el miedo,
la desconfianza. Nace el conflicto. Llega el odio. Hombre acosa hombre. Hombre
humilla hombre. Hombre agrede, zahiere hombre.
Hombre mata hombre.
A la par, la arrogancia de la colonia atañe a
lo interespecífico. Y, por supuesto, al escenario común, a la “casa” de todos. Sometemos
especies, amenazamos especies, destruimos especies. Emponzoñamos, horada-mos, aniquilamos.
La casa, el hermosísimo planeta, sufre y resiste a duras penas el acoso
implacable; padece estoicamente tamaña agresión frenética, creciente, irrefrenable.
Tantísimo inescrutable afán por divisar los postreros y macilentos límites.
De tal modo, que ya podemos poner en tela de
juicio aquella premisa que se jacta en señalarnos como colonia indestructible,
omnipotente, pretendidamente sempiterna.
El nulo respeto por el entorno, la soberbia
mayúscula que enarbolamos y que desmenuza por momentos el maltrecho sustrato
habitable se torna, al fin, en la más acuciante y, muy posiblemente, merecida
amenaza hacia nosotros mismos.
O nos apañamos para dirigir esa proverbial
inteligencia -de que tanto nos vanagloriamos- en el más urgente e idóneo sentido,
o de otro modo los ínclitos, arrogantes zooides nos vamos decididamente, y de
aquí a un tiempo, todos bien derechitos al carajo.
*[R.A.E.] Zooide:
Individuo que forma parte de un cuerpo con organización colonial y estructura
variable, según el papel fisiológico que desempeña en el conjunto.