5 Jul '15
Quizá por el hecho de llevar ya mucho tiempo tiranizado
por el bendito vicio de la lectura, con frecuencia pienso y me asomo a las
vidas de los artífices, esos asombrosos seres llamados escritores.
Sí, aparte de la obra, suelo también acercarme a la semblanza del autor. En ocasiones, ello “degenera” en un verdadero acto de buceo en las biografías de muchos de ellos. Cuando abordo la lectura de un libro que me interesa, automáticamente procedo también de forma inevitable a sumergirme en el contexto vital del creador del mismo. Se trata de un ejercicio de inexcusable correlación.
Sí, aparte de la obra, suelo también acercarme a la semblanza del autor. En ocasiones, ello “degenera” en un verdadero acto de buceo en las biografías de muchos de ellos. Cuando abordo la lectura de un libro que me interesa, automáticamente procedo también de forma inevitable a sumergirme en el contexto vital del creador del mismo. Se trata de un ejercicio de inexcusable correlación.
De ese modo, no puedo volcarme de la misma
forma en los artículos costumbristas de Larra sin adentrarme en los vericuetos
de lo que fue la intensa y efímera existencia de aquella alma distinta, brillante
y abocada a la incomprensión de un entorno cerril en aquella España
decimonónica, analfabeta y paupérrima, desgarrada todavía por los efectos del
sangrante conflicto con el invasor francés y por los nuevos escarceos
carlistas.
En otros casos determinados, la propia y
apasionante peripecia vital del artista se me revela directamente como un
reclamo de mayor entidad que su propia obra.
Ahí tenemos, en las postrimerías febriles de
ese siglo XIX, la estela irresistible de los llamados Poetas Malditos
franceses. De entre ellos, cobran realce especialmente las figuras de Rimbaud y
Verlaine, con sus disparatadas escaladas de excesos, bohemia, alcohol, viajes,
pendencias y, en ocasiones, indigencia extrema.
Décadas atrás, la personalidad insondable de
su compatriota Gustave Flaubert –histriónico, misántropo, milimétrico, tremendo
maniático…- pugnaba a diario con la lentísima cocción de su inmortal novela “Madame
Bovary”.
Esa misma centuria decimonónica fue igualmente
el escenario en que legaron la impronta de su vasta obra almas tan
llamativamente atormentadas como Edgar A. Poe, Dostoievski o Chejov, o tan distinguidamente
geniales como Oscar Wilde, Mark Twain o Charles Dickens.
En el salto al siglo XX, topamos pronto con el
nutrido –y, con el tiempo- escandaloso elenco literario que pasó a la historia
como la Generación Perdida estadounidense. Afincados en el alegre y bohemio
París de 1.920, Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o John Dos Passos se
abandonaron a un constante carrusel de fiestas, alcohol, derroche y frivolidad,
a la par que –de manera casi incomprensible, dadas sus espídicas coordenadas
existenciales- dejaban novelas inmortales para la posteridad. No tardó el eco
de sus proezas vitales en ser captado y reeditado por controvertidos compatriotas
como Henry Miller o William Faulkner, igualmente llamados al meollo del olimpo literario
tras creaciones como ‘Trópico de Cáncer’ o ‘El ruido y la furia’.
Por esos mismos días, en la puritana Inglaterra,
Virginia Woolf sucumbía a su particular
infierno de bipolaridad y depresión dando fin a sus días en las aguas del río
Ouse, sin llegar a saborear la gloria ulterior de su obra.
Posteriormente, el caso del norteamericano
John Kennedy Toole estremecía igualmente, recurriendo también al suicidio como
respuesta al fracaso inicial de su magna novela, ‘La conjura de los necios’,
que hoy es tenida como obra maestra en los anales del viejo oficio literario.
En Latinoamérica, y aunque su indómita trayectoria
vital les trajo mucho por Europa, el peruano César Vallejo –autor de “Trilce” y
“Los heraldos negros”- o la chilena Gabriela Mistral, primera escritora en
lograr el Premio Nobel literario hispanoamericano, desplegaron biografías
aderezadas de lucha, adversidades y errantía, seguramente en contraste con las
de sucesores del mismo subcontinente más arropadas por el abrazo del glamour,
cual fueron los casos de los inmortales Pablo Neruda, Gabo García Márquez, Juan
Rulfo o Mario Vargas Llosa.
En nuestro país, mientras la Generación del ’98
(Azorín, A. Machado, Inclán, Baroja, Unamuno) vivían el cambio de siglo
manifestando su “dolor por España”, la del ’27, unas décadas después, conjugaba
su frenesí creativo con las turbulencias sociopolíticas que terminaron
deparando el exilio (Cernuda, Guillén, Salinas…) o el ajusticiamiento bélico
(García Lorca), o “inducido” por medio de la enfermedad y la prisión, aún en
plena juventud, cual fue el caso de Miguel Hernández.
Quedan muchas figuras en el tintero -…nunca mejor
dicho-, y no sólo de este último par de siglos, como representantes de
biografías dignas de apabullantes guiones cinematográficos, pero, por ir dando
carpetazo a la primera parte del capítulo, no olvidaremos apuntar de soslayo la
de esa dupla imponente de geniales caraduras compuesta por Jean-Paul Sartre y
Simone de Beauvoir, filósofos adalides del existencialismo y el feminismo, de
la poligamia y poliandria, de la vida libertina al albur de los impulsos
sensoriales mientras desgranaban obras (“El ser y la nada”, “Los mandarines”, “El
segundo sexo”…) que se han aupado a los puestos de honor de las creaciones
literarias del siglo pasado.
En la segunda parte de la entrega, nos centraremos ya más en aspectos puramente técnicos y artísticos que en los meramente
biográficos.