REFUGIO NORD KIVU

                                                                                                             2 Mar '15

 Veintiséis.
 Ansias irreprimibles de libertad, de aventura; de incursión pronta en un mundo que aún es sólamente un mosaico extraño, excitante, remoto, embaucador.
 Cooperación sanitaria. Edad todavía púber de las ‘oenegés’.
 Farmacéuticos Sin Fronteras; sección española. Como Teruel, existen. Existíamos.
 Antigua República del Zaire, región oriental. Un millón y medio largo de refugiados ruandeses, etnia hutu. Balance demoledor de una barbarie acaecida meses atrás, a sólo unas decenas de kilómetros de distancia, al otro lado de una frontera inmediata y devastada.
 Mugunga, Katale, Kahindo, Lac-Vert…  Asistencia en medicación y salubridad del agua en los hospitales de campaña instalados al efecto, levantados contra reloj.
 Hacinamiento, enfermedad, lucha, esperanza. Hervidero humano; calor intenso. Sarna, disentería, malaria, parasitosis varias. Miríadas sin fin de niños; orfandad, harapos, curiosidad… Olor a antiséptico, a excremento y sudor bajo las techumbres azules del ACNUR.
 La desesperanza y el pundonor en pugna abierta y cabal; la danza siniestra y displicente que no repara sobre cuál de las dos caras, muerte o vida, caerá la moneda sobre el fango reseco.
 Conglomerado de miradas que resumen procelosos organigramas mentales. Bosquejos de las almas, sinopsis de intrincada conclusión. Por las noches, indicios de milicias en instrucción, rumores lejanos, el eco de algún disparo. Ayer, una violación.
 La patria espera, al otro lado. El bando opuesto espera también, sediento de venganza, pero se han creado tribunales internacionales que regirán la situación. Ruanda está tomada por las fuerzas de paz.
 Es precisa una organización, unos criterios, una señal conveniente y certera. Hasta los niños corean una canción con un estribillo que eriza los cabellos, “Volveremos, volveremos a Ruanda…”. La paciencia y la fe despliegan sus fichas en el tablero verde esmeralda mientras cicatrizan las heridas más recalcitrantes, mientras un penúltimo aliento quede por exhalar.
 Y sonrisas, también sonrisas. Por fortuna. El africano es un ser con una intrínseca capacidad para sonreír en las circunstancias más inverosímiles. Que para ellos lo son menos, pues conforman el alicatado de su escenario habitual.
 Tres meses allí. Se me fueron en un suspiro. Noventa días con los ojos como platos, enfrascado en una burbuja casi onírica, imbuido en el fragor de una pulsión lejana, atosigante, descomunal. El mundo, efectivamente, era un mosaico capaz de ofrecer todas las versiones faciales imaginables.
 Días también de compañerismo, de forja de sólidas amistades. Bastantes organizaciones, raudal de profesionales y cooperantes en liza. Ratos para rasgueos nocturnos de guitarra, todos juntos; cerveza Primus, inventario de anécdotas del día, planes para desconectar algún fin de semana. Ese lago Kivu, azul como un espejo de belleza extrema, regando el sempiterno verde exuberante en derredor. Aquel volcán, el Nyiragongo, presidiendo el horizonte y emitiendo cada noche fogonazos rojos como sólo en ese entorno podían concebirse, podían concurrir. El Parque de Virunga, aún sin devastar. Los primeros, mis primeros contactos con la fauna salvaje, con todo ese arsenal de maravillas naturales que grabarían a sangre y fuego en lo más profundo de mi ser una pasión indestructible por aquel insólito continente, por aquella tierra distinta y brutal.
 Una vez allí cobré recibo de cuánto necesité aquello, entonces. De qué arrebatadora experiencia se me brindaba tomar parte; de qué inconmensurables sensaciones me disponía a asimilar y archivar para siempre en un privilegiado rincón de mi alma.
 No sólo para ellos, los orgullosos hutus. En aquellos meses, Nord Kivu fue también mi refugio.