NI DEBAJO DEL AGUA (I)

                                                                                            29 Ago '15


 No callaban ni debajo del agua, tronco. La madre que los parió…
 La cosa es que estaba de vuelta por Brasil, en dos mil once, nueve años después de aquella primera incursión por el gigante sudamericano que tan gratísimas sensaciones y subsiguientes recuerdos me había deparado.
 Esta vez, la novedad más reseñable que pude constatar fue el incremento bestial de la carestía de vida en el país. Al menos, para el viajero foráneo. Transportes, alojamientos –incluso modestos-… suponían un desembolso que hacía trizas las cuentas y cálculos que el abnegado mochilero llevaba a cabo en el transcurso de las jornadas.
 En la etapa final del viaje, decidí mandar al cuerno el billete de regreso a España, y en su lugar, proceder con una experiencia que había pergeñado mentalmente en bastantes ocasiones en los años anteriores: navegar el río Amazonas.
 Sí, llegar a Perú a través del gigantesco curso fluvial; unos cuatro mil quinientos kilómetros remontando el inmenso río desde la desembocadura, en Bêlem, estado de Pará. “El río de la desolación”, que tituló Javier Reverte en su libro publicado unos años antes, narrando su experiencia que ahora me disponía yo a emular, aunque, en mi caso, iba a ser en sentido opuesto al de la corriente, a diferencia de como lo hizo él.
 En Bêlem coincidí con Christopher, un alemán que también se decidió a navegar río arriba, al menos hasta Manaus, capital del estado de Amazónia. Congeniamos de inmediato. Ya puedes estar en Tanzania, en Myanmar, en Bolivia o en Indonesia: siempre aparece un alemán con quien compartir unas cuantas jornadas. Normalmente, gente cordial, correcta, culta y afable, los teutones. Suele resultar siempre satisfactorio interactuar con ellos en los viajes.
 El propio curso del Amazonas es la principal vía de transporte en toda esa vasta área que se da en llamar el pulmón del planeta. Así, muchos barcos se constituyen en los medios de transporte que diariamente son utilizados por miles de personas para desplazarse entre poblaciones ribereñas. En ocasiones, la travesía ha de prolongarse varias jornadas, dadas las ingentes distancias que pueden establecerse entre las diferentes ciudades y localidades.
 Los barcos, normalmente, fletan mercancías a lo largo de diferentes puntos del río. Y aprovechan igualmente para hacer negocio transportando también pasajeros. Uno de los pisos de las embarcaciones –que suelen ser de grandes dimensiones- se destina al alojamiento de éstos. Pero no se trata de cruceros de lujo, no. Las comodidades, más bien, están llamadas a brillar por su ausencia. De hecho, todo viajero que suba a un barco y pretenda pasar al menos una noche en el mismo, deberá haberse provisto necesariamente de una hamaca, pues no existe infraestructura alguna o dotación que facilite la pernocta del pasajero.

 Así pues, no queda otra que escoger un lugar lo más adecuado posible en el que atar los dos extremos de la hamaca en alguno de los barrotes verticales que se disponen fijos al suelo para posibilitar tal función. Conforme la embarcación va nutriéndose progresivamente de género humano, aquello queda convertido en un enjambre de hamacas dispuestas a diferentes alturas y orientadas a todos los puntos cardinales. El apiñamiento llega a ser ciertamente colosal. Si, además, queda algún espacio en el que poder atar una cuerda que sirva para colgar toallas, prendas de ropa, etc…, finalmente todo el conjunto adquiere el aspecto de una especie de “caravana de gitanillos” surcando el gran río, como comentábamos jocosamente Christopher y yo en el barco que nos tocó en suerte.
                                                                                  
                                                                         (To be continued..)