4 Mar '15
Eterna gratitud, sin duda. Sin ambages, sin demora; en todo caso, con nostalgia. Nostalgia que no habrá, felizmente, de pesar como una losa. Los variopintos soportes, los de antes (más entrañables, más apañados) y los actuales (visuales además de auditivos; y raudos, inmediatos, como todo en este siglo XXI…), nos permiten y permitirán recurrir a ellos, a todos ellos, en el momento o lugar idóneo y preciso. Agradezcamos también esta feliz y definitiva circunstancia.
Me ceñiré a tres.
Para mí, los primeros. Los imprescindibles. Los imperecederos.
¡…Qué coño; los
mejores..!
Empezamos con los gijoneses. Qué tío, ese
Jorge Ilegal. Qué elemento. Qué banda la suya, Ilegales. Casi treinta y cinco tacos dando guerra sin
conceder respiro, bendita guerra, con todas sus cuerdas, las vocales y la de su
imponente colección guitarrera. Desde los ya arcaicos días de la centro-asiática
“Revuelta juvenil…”, de aquella “Princesa equivocada” en su rincón. De “La
fiesta” en que se bebieron la bebida de los anfitriones y metieron mano a las
chicas…
La que iba a liar el elemento, junto a sus diversos compinches de escenario, ya entrados los
ochenta. Dosis de electroshock a base de un rock minimalista, original, pero
sin duda aguerrido, insolente, descarnado. Rock que no podría dejar indiferente
ni a la estatua de la virgen de Covadonga.
Tiempos nuevos, salvajes tiempos para acometer
incursiones mercenarias en Africa, espiar los juegos de los niños y jugar a
delincuente habitual que se subirá a los árboles cuando le suelten mañana, y
bajará a continuación para hacer a algún chivato correr. Para la historia dejó Jorge el mítico “..señora, si no le gusta mi careto… ¡¡cambie de canal!!...”,
mientras algún problema sexual le surtía de ruedas y manillar en ‘Qué noche la
de aquel año’…
Tiempos salvajes, hasta agotarse de esperar el
fin, de algún lúgubre club de golf…, de chicas pegajosas como caramelos
podridos. Y de llenar la piscina de champagne rosa.
Harto de ser el malo del lugar, o quizás no
tanto, no fue ello óbice para hacer mucho ruido (es muy divertido..), o para
hallar a Julio frío, rodeado de pastillas rojas, verdes y amarillas. Algún
ángel exterminador siempre dejaba a los chicos pálidos ante la máquina. Y
siempre quedaba optar entre integrar la banda de El Demonio o regresar al sexo
químicamente puro, sin obviar prevenir ante la cantidad de drogas duras que
llenaban sepulturas. Pero a la luz o a la sombra… todo está permitido.
Cambió Jorge de integrantes de banda, con
recurrencia. Alonso, Ayestarán, Lantero, Flores…, y el Willy Vijande de quita y
pon. Halló al fin la estabilidad más firme con Blanco y Belaustegui. Pero con
cualesquiera de todos ellos, no logró evitar que los psicodélicos riffs de
“…Varsovia” no me erizasen los vellos como la primera vez, tras exponerme a
ellos quizá en un millar de ocasiones…
Y cómo sonaban Ilegales en salas como El Sol,
o el antiguo Rock Club de San Bernardo, casi Gran Vía (mítico concierto allí en
el ’88 tuve el tino de no perderme…). La compacta banda del larguirucho y calvo ilegal
del Cantábrico con aspecto de comerse crudos a los niños, pero que al parecer
era y es entrañable como la madre que lo parió.
Gratitud eterna (…“para siempre”), y larga
vida al proyecto de ‘Los Magníficos’.
(*) Incluyo este inciso un año después (marzo '16) tras el conocimiento de la noticia de la reciente y trágica pérdida de Alejandro Blanco, el risueño bajista en activo de la banda. Un paro cardíaco, al parecer en pleno sueño nocturno, se lo ha llevado en plena juventud y vitalidad. Un mazazo imprevisto y tremendo que nadie imaginaba. Descanse en paz. El grupo ha comunicado, compungido, que van a seguir, colocando de nuevo a W. Vijande en el puesto del finado Alejandro.
(17 Mar. '16)
Viramos al este; enfocamos Pamplona. Allí
están los Barri. Enormes, Barricada. Imperiales.
Coronado,
Boni, Drogas, Alfredo. La formación más compacta de la banda, tras luctuosas
desgracias anteriores.
Tardé en descubrirles a fondo, todo a partir de caer en
mis manos hacia el ’91 un vinilo de segunda mano del “No sé qué hacer contigo”.
Lo pinchaba hasta la saciedad. Perlas como “Todos mirando”, “Tentando a la
suerte”, “Tu condición” o el propio “No sé qué hacer..” bien lo merecían.
Tenía vista de antes alguna estampa del
Drogas, ese adefesio de inverosímil melena lacia capaz de taparle completamente
la cara, excepto nariz y dos piños equinos, cuando se inclinaba hacia el mástil de su
bajo. Estampa humanoide que podía hacerte cambiar de acera si, sin tenerle muy
visto, te pudiese tocar cruzarte con él después de las diez por una travesía solitaria… Y es que aquélla podría no ser una noche para andar por esas calles…
Tirando para atrás, aparecían maravillas como
las “Lentejuelas” de su conflictivo barrio, rutilando en eternas noches de rock
and roll esperando en un billar la hora de la silla eléctrica. O la del
carnaval…
“No había tregua” para lanzar mensajes contundentes, sin pretender
dogmatizar (cual insistían en señalar). Rincones para juegos ocultos, razones
para no dejar de coger el último vagón. Hoy por ti, mañana por mí…
Abrir y
cerrar, de ojos, de piernas o de boca para franquear o no la violenta irrupción
lingual de ese animal caliente (¡..qué pedazo de tema, Dios, el Animal
Caliente!). Invisible caricia, déjate arrastrar por la noche…
La parda que la liaron, los Barri, con su
“rock por las bravas”, sin anexos de la manida radicalidad rockera vasca, sin dogmas,
sin ninguna bandera poniéndoles de pie. Por instinto -sobre todas las cosas-,
la oveja negra esquivaba las balas blancas, aunque nadie evitaba la paliza por
salir corriendo. El movimiento se aceleró, y, viendo todo en blanco y negro,
los tiempos ardieron sin dejarse ver.
Como el pan de los ángeles, como indudable objetivo
a rendir…, haz lo que quieras, pero por favor, pídemelo otra vez: sólo deja que esto no acabe nunca.
… Y por fin, al corner noroeste. Vamos para
Vigo, que anda que no hay ahí ‘percal de senegal’ para dar y tomar…
Los Siniestro,
tronco. Como si se precisara añadir mucho más, tras sólo nombrarlos. Estos sí
que fueron la repera limonera. A estos pájaros sí que les debo momentos de indescriptible
gozoso esparcimiento en aquellos bares ya hoy –¡cráspita..!- en maldito desuso, al estrambótico ritmo de sus ultracarismáticos
acordes y sus letras demenciadas, únicas, benditamente incalificables.
No habrá habido otra banda que como más
descarada condición para sus composiciones y ‘bolos’ pusiera ante todo la del permanente
cachondeo procaz, el desenfado y divertimento en dosis bíblicas. Y quienes
quieran y puedan, que les sigan. Vaya si les seguíamos…
Tras el año y pico inicial con Coppini –q.e.p.d.-
y su personalísimo berrido punkie, el combo acuñó el cuarteto imponente que le
dio sus mejores días: Torrado, Soto, Costas y Hernández. Si bien, la posterior
incorporación de Segundo (…por el
primero) y de Angel a la percusión siguió perfilando un derrotero glorioso para
mucho tiempo.
Nadie como ellos transfería a la parroquia tan
estelares momentos en la puesta en escena como cuando los tres -o cuatro- de
delante se alineaban tan bien plantados en paralelo para desgranar, a coro irresistible,
los arrebatadores estribillos de “Assumpta”, de “Pueblos del mundo…”, de “Diga
qué le debo”, de “¿Quiénes somos?¿ de dónde venimos...?”, de “El hombre
medicina”, de “Bailaré sobre tu tumba”, de “Fuimos un grupo vigués…”
No haré
esta vez tanto juego de palabras con sus títulos. Me quedaré con las risas,
saltos, ratos mágicos y afonía posterior de los múltiples conciertos suyos a
los que asistí. El solo nombre del grupo ya me espoleaba la circulación
cardíaca y el ritmo linfático. Como para no ir a verles cada vez que actuaban
cerca. Como para no aprenderme a gorrazos la lección de Galénica con tal de
acudir raudo a pinchar el “De hoy no pasa”, el “En beneficio de todos” o el “Menos
mal que nos queda… “ ¡…SINIESTRO TOTAL!
-¡ Marioooo.., ¿quieres bajarte de una puta vez del armariooo..?!!
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