LA INSIDIA

                                                                                                 13 May '15


 Brotó un día, seguramente más bien un temprano día.
 Otro día, comenzó a resultar notoria, chocante, …elocuente.
 No mucho después, era ya todo un hecho, una coti-dianidad puntual, erosiva, procaz.
 Posiblemente, habrá unas razones. Nadie imagina cuántas veces he elucubrado a este respecto. Pero sé también que la condición esencial debe radicar en conservar ese misterio, guardarlo con celo en el cofre de lo terre-nalmente vedado. Al menos, por el momento.
 Los peones, los intérpretes escogidos para cada escena desplegaron su rol afanosos y eficaces. He de reconocer que, sin duda, el “casting” deparó unos frutos provechosos. Buenos ejemplares; abnegados vástagos para una cruzada pertinaz y denodada. Menudos, en general, hijos de la grandísima perra. Menuda calaña digna con todas las de la ley de un rincón de honor en el museo de la insolencia.
 El acoso, con sus correspondientes tentativas de derribo, llegó a ser incesante. Verdaderamente atosigante, con incisivo refuerzo en actos señalados, en fases selectas del escénico deambular.
 En suficientes ocasiones hube de recordar, aplicando el autoenfoque, el manido aforisma confrontador del externo empuje aniquilador y el espartano fortalecimiento devengado.
 Pues bien, ahí proseguimos. El muñeco no ha sido aún definitivamente doblegado. Y sí, los mamporros y las cicatrices han otorgado al fin una cierta coraza consistente. El pim-pam-pum podrá continuar, si bien, en tal caso, desconocemos “por aquí” el propósito en cuanto a persistencia e intensidad.

 Y, eso, habrá quizá unas razones. Habrá lo que haya de haber. O igual no hay un carajo. A lo mejor un día doy con la llave del cofre y soltamos entre todos por fin la misteriosa gallina.