EL LIO PUEDE SER MAYUSCULO...


                                                                                              6 May '15


 El lío puede ser mayúsculo. Mil circunstancias, mil carambolas disparatadas pueden configurar el abigarrado mapa de la situación.
 Lo más gordo parte de la inexorable realidad de que se viene aquí de una oreja. La lotería primigenia, todo aquello..., pero ¡zas!; aquí todos de una oreja. Sin instrucciones, sin datos preliminares. Al ruedo de golpe y porrazo sin saber de entrada quiénes son las vaquillas, o en su caso los fornidos miuras más astifinos. Sin recabar, de hecho, los más básicos informes de autoidentidad.
 Para algunos intérpretes, el desarrollo de los actos y escenas parece fluir como la seda vaporosa, como un chorro de aceite virgen sobre pan recién tostado. Como si estuviese escrito que ha de ser así; cual si no fuese posible concebir pesarosos trazos sobre el inmaculado lienzo del improvisable guión. Las vaquillas son mansas y se las ve venir a la legua. Los miuras, directamente, no comparecen, o se postran lánguidamente rodilla en tierra.
 Para este agraciado colectivo, el lío no es mayúsculo ni considerable. Más bien, es inexistente.
 Después, está el resto del "reparto".
 La gama es variada, sí; todo un gradiente indiscutible que recorre de inicio a fin la completa escala de grises. Pero el denominador común es el nubarrón sobre la azotea, el zumbido del insecto a la hora de la siesta. Los miuras son más que oteables, y sus pitones, ostensibles.
 Si el flujo de aconteceres y propósitos se enrevesa denodadamente, ahí concurren escalonados y puntuales la zozobra, el escepticismo, la perplejidad y el desapego.
 En los casos más recalcitrantes, el desarrollo de la trama recuerda al cretense laberinto, donde uno puede llegar a no discernir si su rol es el del Dédalo arquitecto, autor de la "gracia", o tal vez el del bello Teseo, obligado héroe confrontador de la bestia, aunque no siempre comparezca al rescate una enamorada y gentil Ariadna que muestre el camino con el hilo providencial. El amenazante Minotauro, por su parte, promete presentarse en cualquier momento y recoveco dispuesto para la embestida impenitente. 
 El extravío, absurdo, implacable y desconcertante, es en suma la consecuencia más fríamente palpable. Ahí es cuando el sufrido peón del escenario indómito implora el don de Pulgarcito para que unas migajas de pan -o unas banales piedrecillas blancas- le muestren el más atinado sendero por el que sortear los tupidos árboles que no le dejan concebir el bosque.