EL MAS FASCINANTE LUGAR


                                                                                  31 Jul '15


                                               
 Era octubre, un buen mes para adentrarse por aquel ecosistema. Estación seca avanzada. Era, por más acotación temporal, el año 2.010.
 Había leído un testimonio interesante de otro viajero aquejado del “veneno” por el mágico continente. Sus pocas líneas bastaron para excitar convenientemente mi curiosidad por aquel remoto paraje.
 No era mi primera vez en el país. Anteriormente, estuve ya en dos ocasiones dejándome caer por áreas más conocidas y accesibles; más, en suma, comerciales.
 Esa vez, en cambio, decidí llegar hasta allí; no olvidaba lo que ese viajero pintó con vistosas palabras en su aportación del foro internauta.
 Hacían falta días. Largas jornadas de transportes locales vetustos e incómodos; fatigosas sesiones jalonadas de sudor, baches y apiñamiento humano. Ocho, nueve horas cada día para recorrer distancias que en nuestro medio comportarían no más de dos o dos y media.
 Las gentes africanas son amables, cordiales. Se intercalan fases de silencio, lectura, contemplación del paisaje y ligeras cabezadas –pese al traqueteo y al calor-, con momentos de charla amigable con algún compañero o compañera de asiento. Pero no es mayoritaria la proporción de lugareños que puede comunicarse en el idioma colonial, allí. Ello me sirve, en ocasiones, para ahondar poco a poco en los rudimentos de esa lengua híbrida y maravillosa llamada suahili. De hecho, ya me las he ido apañando para circunstancias básicas como preguntar por una habitación en los alojamientos, pedir ciertas comidas o artículos de compra en los mercados callejeros, indagar acerca de las horas de los transportes, y por supuesto, para los saludos, despedidas y fórmulas básicas de cortesía.
 Llegué, al fin, una noche ya cerrada, aunque con una luna magnífica reinando en el cielo. Fui guiado por un mozalbete al, según él, único alojamiento existente en la pequeñísima y modesta población, apartado unos centenares de metros de la misma. Caminando hacia allí, comencé a escuchar los inconfundibles bramidos de los hipopótamos.
 ¿Hay un río por aquí?, pregunté al muchacho, quien manejaba lo suficiente el inglés. “Sí, el río está al lado del alojamiento; es aquí mismo”.
 Y efectivamente, las cinco o seis cabañas –de capacidad individual o doble- de que constaba el ‘campsite’ se ubicaban en una explanada con poca vegetación arbustiva en una de las orillas del río, poco caudaloso a esas alturas del año, y que en esa zona marcaba el límite con el fabuloso parque nacional aledaño.
 La luz generosa que irradiaba la luna me permitió descubrir visualmente un espectáculo que no olvidaré jamás. A escasas decenas de metros de las cabañas, se revelaba ante mí el escenario embaucador en el que docenas de hipopótamos mostraban sus orondas y brillantes siluetas recortadas a la luz del satélite, allí, desparramados entre el río y la orilla próximo a la que me encontraba.
 Estos paquidermos imponentes pasan las soleadas horas diurnas siempre en contacto o en la inmediata proximidad del agua dulce, imprescindible para ellos dadas las características de su gruesa piel. Es al llegar el crepúsculo cuando paulatinamente van abandonando el cauce y sus márgenes para adentrarse en la espesura terrestre y proceder a pastar hierba y vegetación, segándola con sus descomunales colmillos, durante varias horas hasta la madrugada siguiente.
 A esas horas primeras de la noche en que llegué a aquel magnífico emplazamiento, los animales comenzaban a desperezarse abandonando el río. Los que todavía se hallaban inmersos en el cauce del mismo no tardarían en emular al resto.
 En mis incursiones africanas, es ésta una de las fieras que más atracción me viene causando. Aún sabiendo también que es el mamífero al que más muertes humanas se le vienen atribuyendo en este continente, me rendí a la evidencia incuestionable de la excitación y emoción mayúsculas que me deparaba el hecho de hallarme en solitario en un lugar como aquél (no había más huéspedes en el alojamiento), a escasos metros de una buena colección de tales ejemplares, sin resistirme a acercarme cautelosamente por sus inmediaciones, aunque nunca a mucho menos de una decena de metros de alguno de ellos (alumbrando por momentos con la linterna hacia atrás para no verme sorprendido). “Coñe, que cuando estoy en la Plaza de España o en el metro pasa cualquier cosa menos esto, tú..”, pensaba.
 A la mañana siguiente, saliendo temprano –y cautelosamente- de la cabaña en que concilié sueño como buenamente pude, dado lo emocionante de la situación y el entorno, asistí al igualmente inolvidable espectáculo de observar las hileras de los gruesos paquidermos que, descendiendo torpemente por el terraplén en pronunciada pendiente que flanqueaba el estrecho río por la orilla opuesta a la mía, regresaban al líquido elemento con las primeras luces del alba tras dedicar la noche a las alimenticias incursiones terrestres.
 También a esas iniciales horas del día, fui asombrado testigo de lo que revelaban los imperativos de una realidad como la de un emplazamiento salvaje como aquél: en la modesta aldea, situada en el exterior del parque nacional, aunque en su mismo límite, varios racimos de niños, algunas mujeres y unos cuantos adolescentes acudían, provistos de grandes y coloridos cubos, a recoger agua a un manantial muy cercano al río. En esos momentos, el paso recurrente de los hipopótamos que retornaban hacia el cauce fluvial desde tierra adentro propiciaba escenas inverosímiles –para el europeo visitante, al menos- en las que animales y humanos habían de forcejear desde cierta distancia para no topar mutuamente en el camino. Los chavales procedían a golpear al unísono los cubos con sus manos para ahuyentar de sus inmediaciones a alguno de los animales que asomaban por el lugar en su búsqueda del río. Niños de tierna edad sometidos diariamente a más que probables encontronazos con la bestia más peligrosa del continente. Para ellos no suponía más que un trámite de rutinaria costumbre.
 En uno de esos momentos pude ver a un hipopótamo inmenso corriendo durante varios metros fuera del agua, y pude de inmediato imaginar el tremendo escenario de una embestida de una mole como aquélla al desdichado ser humano que infelizmente pudiera tropezar con él. No en vano, cuando el animal se halla fuera del agua es cuando su peligrosidad se ve multiplicada, pues en tierra firme es donde más inseguro y eventualmente irritable se siente mientras no alcanza su líquido hábitat diurno.
 Conforme avanzaba la mañana, el estrecho cauce del río terminó de poblarse completamente de hipopótamos. De colmarse de ellos, literalmente. Llegué a contar quinientos, apiñados en el tramo del curso fluvial que podía abarcar con la vista desde donde me hallaba. El regocijo y la sensación de mayúsculo entusiasmo que me embargaba en medio de aquel paraje remoto y sin parangón era sencillamente inexpresable con palabras.



 Pasé la mañana y buena parte de la tarde fotografiando y recreándome en esas inolvidables escenas de vida auténticamente salvaje. En esas horas diurnas ya podía aproximarme completamente a la orilla del agua. Es improbable que algún ejemplar decida salir del seguro cauce para intimidar a un intruso de dos extremidades inferiores que merodee por el entorno, aunque uno de ellos, seguramente un macho controlador de una nutrida cohorte de hembras, en un momento concreto procedió a una sacudida violenta e increíble, un repentino amago de persecución a un par de metros de mi presencia que me hizo correr indudablemente los quince metros más fulgurantes de mi vida. Creo que en dos minutos hubiese llegado a Estocolmo. Sabía que la mole paquidérmica había de salvar un desnivel de casi un metro de pequeño talud si pretendía salir completamente del río, y ésa era mi baza para considerar que seguramente desistiría de su empeño. Pero la mirada torva e intensa que la bestia me dedicó –la advertí, la advertí con patente certeza- los instantes previos a su tremenda sacudida tampoco la olvidaré jamás.


 Esa mañana, ya con el sol alto, crucé el río por el vetusto puente aledaño que daba acceso al parque nacional e incursioné durante unos veinte minutos por las inmediaciones del mismo, sin alejarme del cauce ni de la aldea. La vegetación allí se hacía más tupida, lo cual comprometía mi campo de visión. Era una buena temeridad, lo admito ahora y también entonces. Pero no podía reprimir la emoción intensa que me invadía inmerso en tan incomparable escenario.
 En breves momentos me situé a una treintena de metros de algunas jirafas, y poco después a similar distancia de un grupillo de elefantes. Era indudablemente peligroso. Sabía que podrían merodear leones, igualmente, aunque no se muestran activos en las horas de calor. Decidí retornar, excitado, a la mayor área de seguridad de la zona del ‘campsite’, la de los quinientos hipopótamos retozando en el agua. (Menuda “seguridad”, sí…). Cuando completaba el regreso, fui sorprendido por un vehículo de rangers del parque nacional. La lógica y severa reprimenda que me dedicaron fue igualmente de campeonato. Sabía que no se permite caminar por el interior de la reserva de fauna, por obvias razones. Pero… aquello no lo tenía en la Plaza de España o en el intercambiador de la avenida de América
 Al día siguiente, acordé con Juma, un lugareño con aptitudes y permisos para ejercer labores de guía, un ‘game drive’ vehiculizado, ya totalmente legal, por el interior del parque nacional. Hectáreas y hectáreas de reserva paisajística y faunística de una belleza indescriptible. Solos el guía y yo en medio de aquel espejismo de verdor y ocres envolventes, de una luz inolvidable, donde me sentí transportado a un reducto intemporal, increíble, de naturaleza ruda y salvaje latiendo a ritmos primigenios de inconcebible fascinación. Durante diez horas, únicamente nos cruzamos con un vehículo ocupado por otro chófer y un matrimonio británico de cierta edad. Y animales, animales salvajes poblando esos páramos magníficos, dotando de vida espectacular cada recoveco y cada meandro. Cebras, jirafas, búfalos; leones, antílopes, cocodrilos; impalas, elefantes, aves de toda condición. Y de nuevo hipopótamos, centenares, miles, repartiendo sus atronadores bramidos, arracimados en el agua enfangada de la estación seca y abriendo a cada rato esas bocas descomunales en las que cabe el mundo entero.




Tras haber profanado anteriormente casi una veintena de reservas faunísticas africanas, no imaginaba hallar otra, ésta, de una belleza tan abrumadora, tan francamente insuperable. Observaréis que he omitido nombres y explícitas pistas de ubicación. Ha sido deliberado, sin duda. No quiero dar publicidad de un paraje como aquél. No quisiera contribuir a que en un futuro quizá no lejano las escenas habituales de otras áreas faunísticas, que en ciertas épocas del año congregan a diario a enjambres de vehículos de turistas en torno a un par de leones adormecidos e indolentes, pudieran empezar a reproducirse también aquí.






He regresado en un par de ocasiones más, en 2.011 y en 2.013, allí. En ésta última, era estación lluviosa y las condiciones generales no eran muy análogas a esa primera vez. Ambas fueron satisfactorias con creces, sí, aunque no llegué a igualar las sensaciones insuperables de aquel descubrimiento inicial, el de aquella primera vez en ese octubre en que puedo afirmar viví las jornadas más inolvidables y fascinantes de mi existencia.

 Y es que le debo lo suyo a aquel anónimo viajero que chivó en el foro su anterior experiencia. Menos mal que él no fue tan celoso y reveló el nombre del lugar. Del resto ya me encargué yo con una mochila y mucha ilusión.


ESPACIO BREVE DE REDENCION

                                                                                             
                                                                                                   22 Jul. '15



 La conclusión, una vez más, halló la luz tras el correspondiente, farragoso y dilatado proceso. La fuerza del hábito no deja ya lugar para sorpresas al respecto.
 El territorio es denso; la densidad se nutre de una atmósfera cotidiana de pertinaz inclemencia. La procaz disposición preliminar del caleidoscopio peculiar pergeñó con denuedo el designio irrefutable.
 El cálculo debió de ser preciso. Cuando menos, someramente diligente. No caben, asimilando lo visto, concebir especiales controversias al respecto.
 El reducto, en fin, fue perfilándose, apenas vislumbrán-dose. Terminó por revelar tenuemente unas intrincadas coordenadas en el compendio de una nebulosa de impreciso contorno.
 Y en él, ciertamente, la inclemencia se atenúa. En él, indulgentemente, van desgranándose los parámetros para una más admisible entente. Es la zona franca; es el breve espacio de la redención. Es el área laxa en que han de concurrir los eventos y disposiciones capaces de dotar de una heroica firmeza al vaivén abrumador que arroja el inflexible dictamen primigenio. Es el habitáculo exclusivo en que dar esquinazo al abyecto y vil surrealismo, en que reunir las pautas que guarnecen de fundamento y propósito a este desorbitado experimento.

 Es, en suma, esa arcadia en que porfiar aún en pos de indicios de la pretendidamente utópica, escurridiza magna simbiosis.


OVERLAND DAYS (y WEEKS...)

                                                                                                      16 Jul '15

 Un atractivo lío: quince o dieciocho personas metidas en un camión grandote recorriendo parajes remotos del fantástico continente africano. Una variante turística importada de avezados aventureros británicos y holandeses, gentes de alta tradición en estas lides.
 Conductor y cocinero de campaña locales; al frente, un guía de habla hispana. Un itinerario pre-establecido, normalmente profanador de las más carismáticas áreas del país de turno, y con pernoctas que alternan la acampada en plena naturaleza exótica –frecuentemente en mitad del parque nacional o reserva faunística correspondiente- con otras bajo techo y paredes firmes. Un equilibrio óptimo entre ambas modalidades suele satisfacer a la mayoría del elenco participante.



 Y la cosa suele redundar en el éxito. El personal lo flipa de día observando fauna y paisajes a diario, a diestro y siniestro desde los amplios ventanales del pesado vehículo, así como esos amaneceres y ocasos sólo concebibles en ese continente. Y también después, de noche, especialmente cuando toca desplegar las tiendas de camping bajo las estrellas, y se suceden entonces los momentos impregnados de magia inolvidable con todo el grupo en torno al fuego, y más tarde, ya con cada mochuelo bajo su respectiva carpa, cuando el silencio del entorno es rasgado por los pasos o las voces de los salvajes especímenes autóctonos evolucionando al ritmo de sus correspondientes impulsos vitales.
 La emoción de que se embarga cada viajero es de similar intensidad ante el estruendo que el gigantesco elefante ocasiona al irrumpir en plena noche entre la maleza que circunda el campamento, como cuando se intuye certeramente la presencia de las hienas a unos centímetros de la tela de campaña, o cuando a la mañana siguiente se divisan huellas frescas de los imponentes felinos a sólo unos pasos de distancia de donde uno ha estado reposando en horizontal bajo el frágil pero seguro habitáculo.
 Han sido numerosas las ocasiones en que la excitación derivada de tales experiencias me comprometía sobremanera la conciliación del sueño reparador. Pero nunca dudaba en darlo por bueno. Son sólo unas pocas noches del año –y no todos los años- las que me veía inmerso en semejante tesitura sobradamente teñida de desbordante e inolvidable emoción.
 Y así probé y reincidí en cuatro aventuras distintas a lo largo y ancho de parajes extasiantes por tierras de Kenia, Tanzania, Botswana, Namibia, Zimbabwe, Zambia y Malawi. Benditas experiencias, todas y cada una de ellas.



 Tanto llegaba a mover mi vida la idea y puesta en escena de tales peripecias, que acabó irrumpiendo en mis meninges la intención de probar como guía de grupo de viajeros, en caso de ser seleccionado como tal por la agencia emprendedora. En vez de pagar, ser pagado por reeditar tamañas vivencias, si bien, claro está, portando sobre las espaldas un muy diferente grado de celo y responsabilidad.
 Y me seleccionaron en el 2009, un año después de la última de mis participaciones como cliente. Pero la cosa empezó extraña: por una baja imprevista de otro guía, hube de servir de reemplazo para un país que ni conocía, ni había llamado antes especialmente mi atención, ni era del estilo (faunístico-paisajístico) de lo que suscitaba mi interés en Africa. Tal país era Etiopía.
 Una ruta larga -veintiséis días-; demasiado larga para un debutante en estas lides coordinadoras. Una primera ruta de aprendizaje o training, bajo las directrices de un guía ya experto, y dos más ya a los mandos de la operación. Un perfil de viaje muy distinto, en definitiva, de cuan tanto había yo gozado como cliente esas cuatro ocasiones previas. Nada de fauna; demasiado lío logístico de cambio constante de medios de transporte; y casi lo peor: ruta subcontratada a una agencia local demasiado sobrada de ciertos componentes indeseables en sus filas.
 Y la clientela, unos viajeros españolitos de perfil también muy distinto a los que yo acostumbraba a tener de compañeros en los plácidos días de los años anteriores. Estos no tenían interés en rastrear al león o fotografiar a la cebra. Salvando honrosas excepciones, lo que pareció que éstos buscaban era que la ducha fuera de primera, que la bombilla de la habitación no fallara, o que los cuartos de baño de poblaciones humildes y remotas en que bajábamos a echar una mala meada en mitad de la ruta no presentaran suficientes incomodidades. Ahí, en los páramos desolados del paupérrimo sur etíope. Dadas tales premisas, no se procuran las vacaciones en Suiza, en Canadá o en las islas griegas. No; se decantan por el octavo o décimo país más pobre del mundo. Con un par de mamelones…
 Lo mejor, o lo único bueno, es que por ahí compareció “Supercrís de París”, la “Gambita del Poblenou”. La millor de totes. Yo me entiendo. Y ella también, por supuesto… Su grupo, el primero, fue de lo más decente, justo es señalarlo. El tercero fue el que “lo bordó”…
 De regreso a Barcelona, al final de la cruzada y destilando estress y hartazgo en grado superlativo, toca rendir cuentas a la agencia, y de paso, catar la guinda del percal: chulería, insolencia y cobardía inusitadas e innecesarias de los prebostes de la empresa, el inglés y el catalán.
 Una y no más, tronco. A hacer puñeflas con el guiado. Eso sí, aquellas magníficas primeras cuatro experiencias, las de cliente, no me las arrebata nadie. La pena es que hubieran sido alguna más, a buen seguro…


HEROES DEL NEGRO SOBRE BLANCO ( y II )


                                                                                                    9 Jul '15


 Siempre pienso que los escritores son artistas de un mérito especial: para su desempeño, deben reunir dos destrezas que, en principio, no comparten originariamente una estrecha relación entre sí.
 Por un lado, la imaginación para crear una historia consistente, frecuentemente de ficción. Por otro, la habilidad o arte de plasmar estéticamente con palabras dicha creación mental.
 Imagino que muchos aspirantes a escritores han debido ver diluirse sus ilusiones al respecto ante el hecho de no hallarse suficientemente solventes en alguno de esos dos campos de batalla.
 Entre los que sí logran encaramarse al olimpo de los elegidos, creo cabe un análisis acerca de la relación entre ambas componentes (imaginación poderosa para la invención versus  arte retórico para la exposición) en muchos de ellos. En quienes cada cual escoja, en definitiva.
 Yo escojo, para empezar, a dos verdaderos monstruos del siglo anterior. Bueno, uno recientemente fallecido, hace apenas un año. Otra, todavía al pie del cañ… del teclado, en esta segunda década del siglo XXI. Ambos, latinoamericanos. Ambos, imprescindibles.
 Gabo Gª Márquez ha podido ser la pluma más deslumbrante de la centuria anterior. Incluso, para muchos, de la historia de la literatura. Su más inmortal obra, “Cien años de soledad”, adalid del Realismo Mágico, supuso para mí una doble intentona que quedó en ambas veces en renuncia hacia la mitad del paginado. No logré verme cautivado por la saga de los Buendía, pero sí caí rendido a la retórica descomunal de la prosa del autor. El hallazgo posterior de “El amor en los tiempos del cólera”, sin embargo, se me reveló como el compendio perfecto y quizá insuperable de esa conjugación de imaginación + arte plástico. Dos veces he leído el libro; es casi seguro que no habrán de ser las únicas.
 A menor escala, quizá sólo en base a su menor extensión, “Crónica de una muerte anunciada” es para mí la otra gran entrega del maestro colombiano, donde la expectación creciente ante el inicialmente revelado desenlace se ve estilísticamente jalonada de constantes y deslumbrantes perlas retóricas sólo atribuibles a este autor inmortal.
 Bueno, “sólo”…, si no hubiera aparecido en escena unos años después que él la chilena Isabel Allende. “La casa de los espíritus”, su irresistible ‘puesta de largo’ en el planeta literario, me retrotrajo sobremanera, tanto en cuanto a despliegue estilístico como en argumentación, al “Cien años...” de Gª Márquez. Aquí, la autora narra magistralmente la historia de los Trueba y los Del Valle, donde alguno de los protagonistas pervive para obras posteriores.
 Unos años después, y antes de legar novelas mayúsculas como “Retrato en sepia” o “Hija de la fortuna”, Allende regalaba al mundo ese canto maravilloso plagado de perlas retóricas, de exquisitez estilística y argumental llamado “Eva Luna”; una delicatessen absoluta para los anales literarios.
 Si esta mujer no recibe el Nobel en vida, creo que nunca seré capaz de entender tamaño desatino, aún hoy hipotético…
 Mario Benedetti, uruguayo fallecido en 2.009, es otro de mis imprescindibles hispanoamericanos. Más sobrio en el estilo, pero con un empaque personalísimo que le define. Polifacético (ensayista, poeta, cuentista y novelista), nos regaló a muchos sus enormes relatos “Montevideanos”, y sobre todo novelas imponentes como “La tregua”.
 Del peruano Vargas Llosa me quedo con la maestría expositora, el personalísimo lenguaje y la encomiable crudeza argumental de las entregas sobre el irónico y abnegado cabo Lituma: especialmente “¿Quién mató a Palomino Molero?” y “Lituma en los Andes”. Tengo pendientes “La ciudad y los perros”, “La casa verde” y seguramente “La fiesta del chivo”, también.
 En los últimos dos lustros, tres autores contemporáneos se han ganado a pulso mis reverencias y devoción por mor de su bárbara –en cantidad y calidad- aportación al océano literario: el francés Marc Levy –gran maestro de la intriga-, el neoyorquino Paul Auster -¿..de dónde sacará tamaña imaginación este hombre?-, y el japonés Haruki Murakami –qué grande y especialísimo es este tío…
 Los tres, prolíficos como ellos solos (parecen los Woody Allen del negro sobre blanco) sacrifican la pleitesía a una belleza estilística notable en provecho de una argumentación despampanante en todas y cada una de sus novelas. Quien no lo haya hecho ya, que procure ponerse cuanto antes con “La química secreta de los encuentros” o “Si pudiera volver atrás” (del francés), con “Sunset Park”, “La noche del oráculo” o “El libro de las ilusiones” (del norteamericano… y mira que me resulta complejo no recomendar de él menos de siete u ocho títulos..), o con “Tokio Blues” o “After dark” (del nipón).
 Si llega el momento de escoger a un ramillete de autores del siglo XX caracterizados por la crudeza, lo directo de su lenguaje, por transmitir su argumento casi sin tamizar, pasando prácticamente de la víscera al papel, sin reparar apenas en cuestiones estilísticas incluso deliberadamente para lograr un efecto impactante en el lector, ahí resaltan los casos de los norteamericanos Charles Bukowski (“Factotum”, “Cartero”; se le relacionó, por analogías, con la llamada Generación Beat); William Faulkner (“El ruido y la furia”), J. D. Salinger (“El guardián entre el centeno”), Truman Capote (“A sangre fría”), Allen Ginsberg (“Aullido”; éste si era de los Beat) o el francés Louis-Ferdinand Céline (“Viaje al fin de la noche”).
 Ciertas analogías con varios de ellos se pueden obtener de la lectura de "El extranjero", la más mítica de las aportaciones del francés de origen argelino Albert Camus.
 Como casos universales de las décadas de la misma centuria, en este caso de las primeras, y apelando tanto al despliegue portentoso de ficción como a una puesta en escena narrativa sin sucesores ni por tanto parangón, cabrá recurrir a los inimitables casos de Marcel Proust (“En busca del tiempo perdido”), James Joyce (“Ulyses”) y Franz Kafka (“La metamorfosis”).
 En cuanto a los nuestros, y obviando el hecho incuestionable de que necesitaríamos dos capítulos más para abordar tantas obras y tantos nombres, apuntaré, aunque sea por afinidad propia, nombres como los siguientes: el del jiennense Antonio Muñoz Molina, novelista y cuentista (y académico), autor de excepcional dominio lingüístico e imaginativo creador apoyado en frases largas –cual solía el antes mencionado William Faulkner, también.
 Rosa Montero, madrileña, columnista y articulista, aparte de magnífica novelista, es autora de prosa compacta, contundente como armazón de un universo imaginativo único, como queda patente en creaciones como “La hija del caníbal” o “El corazón del tártaro”. Mención especial para el compendio de narraciones viajeras titulado “Estampas bostonianas” (..me lo leí viajando en bicicleta por Europa).
 El catalán Quim Monzó, autor de relatos breves y alguna novela (“El mejor de los mundos”; “El perquè de tot plegat”), me hace recordar el estilo desgarrador y a quemarropa, sin concesiones a la sensibilidad, de los Bukowski y afines adosados a la Generación Beat de los años cincuenta. Se caracteriza por pintar con palabras escenas frecuentemente sórdidas ambientadas en muchos casos en el mural de las relaciones personales tempestuosas; afectivas y carnales.
 Y por enfocar los últimos lustros, los del siglo actual, me cuadra aludir a ese fenómeno barcelonés afincado en Nueva York (caso que fue también el de Muñoz Molina) llamado C. Ruiz Zafón, autor de esa maravilla para la historia titulada “La sombra del viento”, una trama inconmensurable situada en la Barcelona de posguerra, en la que me cautivó especialmente la cantidad de “perlas filosóficas” que deja caer de boca de los numerosos personajes de la fascinante historia. Otro de los libros que no he leído una única vez… y que no me extrañará repetir de nuevo.
 También, por ir acabando, señalar las expectativas acerca de esa sorpresa llamada María Dueñas, autora castellano-manchega, tras su tremenda aparición con “El tiempo entre costuras”, sobre todo, y con “Misión olvido”.

 Y... voy ya cerrando aquí el capítulo –aunque bien consciente de tanto cuanto queda en el tintero- , pues claro parece quedar a la vez que yo me pongo a hablar de libros y debo llegar a agotar al más paciente de los mortales…


HEROES DEL NEGRO SOBRE BLANCO (I)


                                                                                                              5 Jul '15

 Quizá por el hecho de llevar ya mucho tiempo tiranizado por el bendito vicio de la lectura, con frecuencia pienso y me asomo a las vidas de los artífices, esos asombrosos seres llamados escritores.
Sí, aparte de la obra, suelo también acercarme a la semblanza del autor. En ocasiones, ello “degenera” en un verdadero acto de buceo en las biografías de muchos de ellos. Cuando abordo la lectura de un libro que me interesa, automáticamente procedo también de forma inevitable a sumergirme en el contexto vital del creador del mismo. Se trata de un ejercicio de inexcusable correlación.
 De ese modo, no puedo volcarme de la misma forma en los artículos costumbristas de Larra sin adentrarme en los vericuetos de lo que fue la intensa y efímera existencia de aquella alma distinta, brillante y abocada a la incomprensión de un entorno cerril en aquella España decimonónica, analfabeta y paupérrima, desgarrada todavía por los efectos del sangrante conflicto con el invasor francés y por los nuevos escarceos carlistas.
 En otros casos determinados, la propia y apasionante peripecia vital del artista se me revela directamente como un reclamo de mayor entidad que su propia obra.
 Ahí tenemos, en las postrimerías febriles de ese siglo XIX, la estela irresistible de los llamados Poetas Malditos franceses. De entre ellos, cobran realce especialmente las figuras de Rimbaud y Verlaine, con sus disparatadas escaladas de excesos, bohemia, alcohol, viajes, pendencias y, en ocasiones, indigencia extrema.
 Décadas atrás, la personalidad insondable de su compatriota Gustave Flaubert –histriónico, misántropo, milimétrico, tremendo maniático…- pugnaba a diario con la lentísima cocción de su inmortal novela “Madame Bovary”.
 Esa misma centuria decimonónica fue igualmente el escenario en que legaron la impronta de su vasta obra almas tan llamativamente atormentadas como Edgar A. Poe, Dostoievski o Chejov, o tan distinguidamente geniales como Oscar Wilde, Mark Twain o Charles Dickens.

 En el salto al siglo XX, topamos pronto con el nutrido –y, con el tiempo- escandaloso elenco literario que pasó a la historia como la Generación Perdida estadounidense. Afincados en el alegre y bohemio París de 1.920, Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o John Dos Passos se abandonaron a un constante carrusel de fiestas, alcohol, derroche y frivolidad, a la par que –de manera casi incomprensible, dadas sus espídicas coordenadas existenciales- dejaban novelas inmortales para la posteridad. No tardó el eco de sus proezas vitales en ser captado y reeditado por controvertidos compatriotas como Henry Miller o William Faulkner, igualmente llamados al meollo del olimpo literario tras creaciones como ‘Trópico de Cáncer’ o ‘El ruido y la furia’.
 Por esos mismos días, en la puritana Inglaterra, Virginia Woolf sucumbía  a su particular infierno de bipolaridad y depresión dando fin a sus días en las aguas del río Ouse, sin llegar a saborear la gloria ulterior de su obra.
 Posteriormente, el caso del norteamericano John Kennedy Toole estremecía igualmente, recurriendo también al suicidio como respuesta al fracaso inicial de su magna novela, ‘La conjura de los necios’, que hoy es tenida como obra maestra en los anales del viejo oficio literario.
 En Latinoamérica, y aunque su indómita trayectoria vital les trajo mucho por Europa, el peruano César Vallejo –autor de “Trilce” y “Los heraldos negros”- o la chilena Gabriela Mistral, primera escritora en lograr el Premio Nobel literario hispanoamericano, desplegaron biografías aderezadas de lucha, adversidades y errantía, seguramente en contraste con las de sucesores del mismo subcontinente más arropadas por el abrazo del glamour, cual fueron los casos de los inmortales Pablo Neruda, Gabo García Márquez, Juan Rulfo o Mario Vargas Llosa.
 En nuestro país, mientras la Generación del ’98 (Azorín, A. Machado, Inclán, Baroja, Unamuno) vivían el cambio de siglo manifestando su “dolor por España”, la del ’27, unas décadas después, conjugaba su frenesí creativo con las turbulencias sociopolíticas que terminaron deparando el exilio (Cernuda, Guillén, Salinas…) o el ajusticiamiento bélico (García Lorca), o “inducido” por medio de la enfermedad y la prisión, aún en plena juventud, cual fue el caso de Miguel Hernández.
 Quedan muchas figuras en el tintero -…nunca mejor dicho-, y no sólo de este último par de siglos, como representantes de biografías dignas de apabullantes guiones cinematográficos, pero, por ir dando carpetazo a la primera parte del capítulo, no olvidaremos apuntar de soslayo la de esa dupla imponente de geniales caraduras compuesta por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, filósofos adalides del existencialismo y el feminismo, de la poligamia y poliandria, de la vida libertina al albur de los impulsos sensoriales mientras desgranaban obras (“El ser y la nada”, “Los mandarines”, “El segundo sexo”…) que se han aupado a los puestos de honor de las creaciones literarias del siglo pasado.
 En la segunda parte de la entrega, nos centraremos ya más en aspectos puramente técnicos y artísticos que en los meramente biográficos.


                                                                (To be continued..)