LA JOVEN QUE NO DEBIO, AQUELLA MADRUGADA, MORIR...

                                                                                                             13 Sep '16



 Evangelina Sobredo, 'Eva' para los allegados y posteriormente "Cecilia" como identidad artística, pisó España casi por primera vez en su adolescencia avanzada. Hija de un dinámico diplomático, su infancia había transcurrido entre diversas naciones de Europa, Norteamérica y Oriente Medio.
 De hecho, cuando la familia regresó a Madrid en aquellos años '60, la futura cantautora se expresaba más fluidamente en inglés que en castellano, su teórica lengua materna como hija de padre y madre españoles que era.
 Rápidamente, su vocación musical iría entroncando con el despliegue de unas facetas de personalidad algo impropias para la época en una España rancia, que estrenaba por fin ciertos atisbos de bonanza tras tres decenios de designio franquista. Los corsés del conservadurismo social imperante no eran el marco favorito para una joven con tanto mundo en su bagage, y que pronto dejaría bien a las claras sus guiños a coyunturas como la liberación cultural femenina, la igualdad respecto a los hombres o la soltería.
 Su carrera musical puede calificarse de meteórica. Un par de discos de estudio en la primera mitad de los años ´70 la catapultaron al estrellato, revelando al país el talento abrumador e iconoclasta de su joven poderío cantautor.
 La noche del 1 de agosto de 1.976 la sala Nova Olimpia de Vigo rebosó su aforo para asistir a una apoteósica actuación en vivo de Cecilia. Hacia las tres de la madrugada, tras el concierto, la cantante, en compañía de tres de sus músicos, y presa, todos ellos, de una buena dosis de agotamiento, puso rumbo de regreso a Madrid en un Seat 124. A las diez de la mañana siguiente debía personarse en las oficinas de la discográfica para despachar asuntos relacionados con su siguiente disco, todavía en ciernes. Esa fue la razón de no quedarse a pernoctar en Vigo, cual hubiese reclamado la más consistente lógica.
 Algo antes de las seis, tras unas tres horas de trayecto, aún sin despuntar la luz de aquel dos de agosto, el vehículo atravesaba raudo la aldea zamorana de Colinas de Trasmonte, que se desparramaba a ambos lados de la carretera nacional. La iluminación del lugar era prácticamente nula, y la velocidad del 124, al parecer, alta. Una carreta tirada por bueyes y dirigida por un matrimonio mayor de la localidad apareció repentinamente doblando una bocacalle. El impacto resultó tan inevitable como brutal. Cecilia, que dormía en el asiento del copiloto, falleció en el acto, así como el batería de su grupo, Carlos de la Iglesia, que viajaba en el asiento posterior. Los otros dos ocupantes sufrieron heridas de diversa consideración, así como el matrimonio que iba a los mandos de la carreta.
 La noticia de la muerte de la cantautora causó un hondo impacto en la sociedad española, dada la enorme popularidad e insólito carisma que atesoraba la joven. Apenas nueve meses atrás había sido la representante nacional en el, por entonces, importante Festival de la Canción de la OTI.
 Contaba veintisiete años, como Jim, como Janis, como Jimmy; como posteriormente Kurt y Amy. El nefando Club de los 27, que, respecto de cada uno de sus miembros, dejaba el lacónico interrogante de qué dimensión artística hubieran podido alcanzar si no se hubiesen despedido tan prematuramente.
 Cecilia fue... un ser especial. Transcurridas cuatro décadas desde su desaparición, aún quedan sobrados y emocionantes flecos de su carismático legado.