Acabo de regresar de un viaje por México. Un
país clásico, digamos; una referencia en el contexto viajero general, pero en
el cual yo, a pesar de mi currículo en estas lides, apenas me había prodigado.
Sólamente una semana por la península de Yucatán, hace cerca de dos años, admitiendo
entonces in situ que aquél no era el México más auténtico o representativo que
se podía conocer.
Esta vez no ha sido muchísimo más en tiempo:
apenas veinte días. Poco, sin duda, para todo lo que puede ofrecer tan
inconmensurable país. Pero sí me ha bastado para hacerme una idea ya más
objetiva acerca de qué terreno pisaba, de qué carismático emplazamiento se
extendía ante mí.
México es un país en el que las maravillas se
suceden por doquier. Las naturales, las arquitectónicas, las artísticas, las culinarias. La
riqueza de su legado histórico, antropo-lógico, apenas sí tiene parangón a lo
largo y ancho del planeta. Una visita a su impresionante Museo Nacional de
Antropología así lo atestigua, dejando anonadado a todo visitante con unos mínimos
de sensibilidad. Como complemento, claro está, de las correspondientes aproximaciones in situ a los vestigios deslumbrantes que salpican la geografía del país: las ciudadelas mayas del sudeste, los megalitos olmecas, las pirámides de Teotihuacan, los restos aztecas de la región central.
Pero de todos sus atractivos, incontables en
definitiva, hay uno que resalta implacablemente por encima del resto. Se trata
de su patrón humano. De sus gentes. De la amabilidad infinita de sus habitantes.
De su notoria alegría de vivir, pese al esfuerzo y lucha permanente contra
adversidades patentes que afrontan cotidianamen-te buena parte de esos ciento
diez millones largos de almas.
No hay apenas lugar o situación en México en
donde cualquier propio o extraño no sea recibido con un “sea bienvenido”, o
despedido con un sonriente “que tenga un bonito día” acompañando al “gracias
por su visita”. De tal modo que es un lujo tratar, departir cualquier
transacción más banal o menos trascendente con un mexicano o una mexicana. Son
seres en quienes la amabilidad más desbordante, sin caer en la zalamería, y la
corrección extremas en el trato son deberes naturales que entroncan y hallan
acomodo incondicional en el código de barras más básico e intrínseco de su
raigambre, de su acervo incomparable.
Son unos fenómenos, en definitiva. Son gentes
de ésas con las que esperas contar con la ocasión no lejana de volver a
tratarles de nuevo, de disfrutar otra vez de su calidez especial, exclusiva.
Cuánto se puede y se debe aprender de ellos, en suma, desde otras latitudes en
que tanto imperan y sobran, por desgracia, la altivez, la arrogancia, la
soberbia y los malos modos.
Mi periplo me ha conducido por entresijos y
capitales de diversos estados del oeste y norte del altiplano: Jalisco,
Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, Guanajuato. Fascinantes lugares. No
hay localidad donde no haya decenas de museos, multitud de exposiciones
artísticas o eventos culturales. Donde no se coma “como Dios”, donde no te
colmen de sonrisas, donde no se deje de tropezar con imponentes edificaciones, con
increíbles templos de época virreinal.
Y, por supuesto, México D.F., la inmensa
capital, el legado del germinal Tenochtitlan; la contaminada jungla de cemento, la subyugante aglomeración humana que
tanto recreaba mi curiosidad. El excitante crisol indomable que en realidad se
antoja menos fiero y apocalíptico de cuan se presume antes de hacer acto de
presencia en él.
Me llevo a este país en el corazón. Me llevo
su esencia desbordante, única, imperecedera. Me traigo la convicción de que
esta visita en modo alguno puede ser la última. ..No, ni hablar, no.