NI DEBAJO DEL AGUA (y II)

                                                                                         2 Sep '15



 Total, que para allá vamos, Amazonas arriba. Ese río es completamente salvaje. Un cauce inmenso, descomunal, apocalíptico; de un color pardo sempiterno y una corriente que promete poder tragarse el mundo en un instante, si se le antoja.
 La anchura del curso fluvial normalmente no permite escudriñar a simple vista las dos orillas principales; de hecho la cifra alcanza varios kilómetros. Aparte, frecuentemente comparecen islas e islotes de los que, igualmente, se divisa normalmente sólo el costado más cercano.
 En derredor, y durante toda la travesía, gobierna esa jungla brutal, silenciosa, acechante, sensual. Verde, tupida y eterna, como un monstruo inclemente que con un chasquido de dedos decide el designio del universo. Contemplando aquella desmesura desde cubierta, uno acepta como pocas otras veces la insignificancia y eventualidad de la naturaleza humana.
 Hay paradas en determinadas estaciones fluviales; suben nuevos pasajeros a colgar su hamaca. Otros, desembarcan dejando libre su espacio. Y tienen lugar las transacciones comerciales correspondientes; la planta baja del barco es una bodega cargada de diversas y voluminosas mercancías.
 La tercera y superior es donde está el bar, del que brota ininterrum-pidamente, durante la jornada diurna y primeras horas nocturnas, una musicorra insoportable con una calidad y volumen de sonido totalmente infames. Es preciso huir de allí lo antes posible tras proveerse de una lata de cerveza, si uno no desea volverse majareta o decidir a quién agarra primero por el cuello.
 Los turnos de las comidas, que vienen normalmente incluidas en el precio del pasaje, se constituyen en el principal factor que rompe la monotonía de las horas. Después, queda la lectura, la charla con los vecinos de habitáculo y las fugaces visitas al desapacible bar de arriba.
 Por fin, llega la noche, y con ella el momento de apañárselas en la flamante hamaca, que pende y espera paciente en esos armazones metálicos junto a multitud de otras similares, por todos los flancos imaginables de la planta intermedia, la destinada al enjambre humano.
 Pero la habilidad, menor o mayor, a la hora de procurarse en ella –la hamaca- una postura lo más apacible posible para lograr congeniar unas horas con Morfeo, resulta que no va a ser el factor más a tener en cuenta.
 Los brasileños, en general, son gente muy agradable. Correctos, simpáticos, cordiales y siempre dispuestos a la colaboración e interacción con extraños y propios. Pero, como contrapunto, resulta que, allí, uno descubre que se da una circunstancia con la que seguramente no contaba demasiado por anticipado.
 Resulta que su concepto del respeto por el prójimo a la hora del descanso nocturno, en medios de transporte colectivos, es una asignatura que tienen completamente pendiente. Ya lo viví en diversos trayectos nocturnos en autobuses, anteriormente. Y allí, en el barco, lo corroboré en su más generosa expresión.
 Para ellos, o muchos de ellos, nada más normal que, si no les vence el sueño en plenas horas nocturnas o de madrugada, ponerse a hablar entre varios con un volumen de voz cual si fueran las cinco de la tarde. O cual si no hubiese, en definitiva, trescientos usuarios más apiñados alrededor, ahí mismo, afanados en la noble tarea de intentar planchar dignamente la oreja. Y el caso es que a nadie parece importarle lo más mínimo. Ni, como queda patente, a los que le dan a la lengua en animado y bullicioso palique, ni tampoco, curiosamente, a quienes han de padecer las correspondientes consecuencias.
 A otro, puede sonarle el móvil a la una de la madrugada y ponerse a pegar alaridos como un energúmeno por el aparato sin importarle un pijo que haya una muchedumbre al lado intentando “piltrar”. Yo lo flipaba. El que da las voces despierta a otros cinco, o diez, o quince, quienes en vez de decirle “¿quieres bajar un poco la voz, cacho animal..?”, se ponen a su vez a charlar animada y jovialmente, aprovechando que se han despertado, de nuevo a un volumen gutural propio del parquet del edificio de la Bolsa.
 La madre que los parió.
 Yo dormía –o más bien lo intentaba- con tapones de oídos, que también tiene narices. A pesar de ello, una madrugada, a las tres y pico, tuve que saltar como un resorte de la hamaca y coger sin pensármelo dos veces por la pechera a un borrego que pasaba en esos momentos por mi sector dando unas voces descomunales, verdaderos berridos, en la charla que mantenía con otro tipo que le acompañaba. Al parecer, eran dos tíos de la tripulación. Le agarré por las solapas (ya llevaba yo varias noches en el barco y estaba hasta los mismísimos, pues aquello se repetía siempre sin solución de continuidad), al grito de "¡…pero qué cojones haces tú dando estas voces a estas horas, pedazo de capullo..?!!”, y el pájaro me miraba con una expresión de perplejidad virginal, sin comprender al parecer ni los más básicos resortes de mi reacción. Con ojos como platos, como presa absoluta de la sorpresa. Como si ir dando alaridos en plena madrugada donde hay una muchedumbre durmiendo no fuese un comportamiento de lo más normal. Concluí, qué remedio, que en aquel país debía de serlo, sí…
 Total, que sin contar dos días que me quedé en Manaus –allí el alemán Christopher y yo separamos nuestros caminos- y otro más en una población sita en una de las enormes islas del río, despaché trece jornadas, con sus correspondientes y movidas nochecitas, en diferentes barcos surcando el gigante fluvial hasta alcanzar al fin Tabatinga, en la triple frontera con Colombia y Perú.
 Desde luego, no recomiendo a nadie semejante panzada. Con un par de días que dedicar a la gracia de navegar un poco, como la gente local, por su majestad el Amazonas, lo encuentro más que razonable.
 Y si de noche, los diurnamente amigables brasileños son capaces de no berrear como si les fuera la vida en ello, mejor que mejor.
 La pendeja madre que los parió…