LA SANTA COGORZA

                                                                                                11 Nov '15



  Quien, llegado a un determinado momento o etapa de su periplo vital, no se ha dejado mecer en al menos unas cuantas benditas ocasiones en los brazos de un cierto grado de embriaguez (…melopea, tranca, cogorza, pedal…, o como dicen en mi pueblo: zorrera), ése o ésa, quien sea, se halla virgen de un estado psico-vital que a todas luces debiera profanar y experimentar con ciertos visos de urgencia.
 Digo bien: un cierto grado –de embriaguez-, el cual una vez notoriamente excedido deviene ya en un estado de cosas al que no vengo a referirme en estos párrafos de hoy. Y digo bien también: llegado/a a una determinada etapa de su periplo vital. Entendámonos: ni hablo de excesos, ni reivindico el empinamiento del codo en menores. Ni siquiera en quienes ya pueden votar pero se sienten jóvenes para coquetear con el alcohol. (Si es que tal estirpe existe)…
 Proselitismos, de esta índole y de algunas otras, no más que los estrictamente justos, entonces. Mejor que luzca claro.
 De lo que pretendo hablar, aclarados estos términos, es de ese estado de desinhibición, de relativización de habituales balances o patrones de orden racional, y de revelación notablemente eufórica que tiéndese a experimentar bajo los efectos de una sesión de libaciones de algún fermento o destilado comunes por nuestros pagos. Desde la ubicua y sacrosanta birra, hasta los cubatas diversos y variopintos, pasando por los vinos –generalmente sosegados por el acompañamiento de viandas sólidas-, o por importadas marranadas heterogéneas tipo caipiriñas, mojitos, margaritas y pendejadas del estilo. Igualmente, pasando si es el caso por los brandy, ron, whisky o ginebra que algún que otro machoman se introduzca entre pecho y espalda sin aditamentos edulcorados y burbujeantes.
 Factores a tener en cuenta: mejor en compañía, y ya puestos, compañía de calidad, ya habitual o ya eventual. Quien quiera, que se encogorce solo en casa, faltaba más, pero que tenga cuidado con las lámparas y con no importunar en exceso al paciente vecindario. Eso sí, al calor de la cofradía el resultado global suele ofrecer más halagüeños o venturosos réditos.
 Otro factor, de aún mayor calado: respeto por el mobiliario y patrimonio urbano, e, incondicionalmente, por el resto de usuarios y usuarias que igualmente pueblen las vías públicas en esos momentos de más que probable dulce zozobra. Ello infiere la alusión al tercero de los factores, seguramente el más relevante: ¡¡excesos no, por favor!! Se trata sólo de ubicar ese punto alegre, zumbón, jovial y de tinte exultante, pero todo ello queda en algo muy diferente si el volumen trasegado supera unos límites pertinentes o recomendables.
 Y, por supuesto, ni qué decir tiene: ¡abstención total de alzarse a los mandos de un vehículo motorizado bajo unos mínimos efectos de cualquier brebaje etílico! Sabemos todos que huelgan más comentarios a este respecto. Por desgracia, sabemos también que sobran demasiados lamentables e irreparables ejemplos.
 Así pues, el ‘pimple’ ha de resultar divertido, dicharachero, algo intrépido, confraternizador. La consabida exaltación de la amistad, ya sabemos. Lo del tuteo a la autoridad, cánticos regionales o vituperios contra el clero pueden o no hacer acto de concurrencia en función de múltiples factores idiosincráticos. Lo de llegar a la fase de mamporros, suprimido de un plumazo. El que quiera intercambio de castañazos, que se encierre entre doce cuerdas junto a un rival igualmente calzado con guantes, y a un juez de contienda.
 En ocasiones, una determinada fase, a veces enconada, del proceso ‘cogorcil’, cursa proporcionando al usuario el advenimiento en sus irrigadas meninges de un estado de lúcido raciocinio, pero especial, diferente, embelesador. Comienzas a elaborar vívidas elucubraciones, a compendiar ideas absolutas e innegociables por las que venderías tu espina dorsal a cualquier buhonero. Llegas a conclusiones profundas, magníficas, clarificadoras. No comprendes cómo no siempre eres capaz de verte en ellas, en ésas, con lo sumamente fácil que resulta en tales momentos. Puedes… casi llegar a creerte Dios. Es fácil… Relativizas tanto todo y te invade tal ola de optimismo y tal halo de superioridad, que no dudas de que el mundo puede –y debe- posarse mansamente en la palma de tu mano. Y de que tú puedes hacerlo girar al compás rotacional que se te antoje.
 En una de ésas, me hallaba yo ya a altas horas en un pub de Madrid, por la zona de Maudes-Ponzano; quizá Santísima Trinidad. Los colegas con quienes había salido se fueron marchando ya a sus respectivas guaridas. O eso dijeron. Yo me quedo a una más, les dije.
 Sentado en la barra, cubata delante, …yo era Dios, allí. Todo era como yo decidía; todo el universo estaba a mi disposición, a mi arbitrio más disciplinado y espartano. No faltaba más. Había aún bastante gente en el local, aunque sin agobios. Bastantes idiotas bailaban los retales de musicorra más bien infumable; otros voceaban chorradas descomunales.
 Cuando acabé la copota y me dispuse a salir, el mundo seguía siendo mío. Abrí la puerta del local, respiré el frescor otoñal de la calle en madrugada, y entonces la vi, ahí mismo. A menos de tres metros de distancia, una señorita más bien mona, de unos treinta añitos, quizá un par menos, y ataviada con ropa ceñida y oscura, trasteaba buscando algo en el portaequipajes de su motocicleta, que tenía ahí aparcada. Le vi de perfil la cara, una carita que denotaba una suerte de candor y de preocupación (quizá por lo que andaba buscando, ahí), a partes iguales. El universo y yo lo vimos claro de inmediato: voy a ir y, por supuesto, le voy a dar un piquito en esa boquita más que apetecible. Sin más.
 Me aproximé junto a ella, acerqué mi cara a la suya, y al intuir mi presencia se volvió hacia mí. Mis morros se dirigían lenta pero confiadamente hacia los suyos. Me importaba un absoluto carajo su inminente reacción, tanto como que su hipotético novio José Manuel anduviera merodeando por las proximidades. El universo, no olvidemos, sabía que yo la tenía que besar en esos momentos.
 Para mi sorpresa –sorpresa, sí, pese a tanta seguridad- ella, de inmediato, sin tiempo de pensar ni de nada más, dispuso sus morritos, así, bien convexos, y aceptó la suave embestida de los míos. Cuando, una vez sellada la misión, comencé lentamente a separarme de nuevo hacia atrás, ella, quizá turbada o como a modo de justificación posiblemente más ante sí misma que ante mí, atinó sólo a decir con una vocecita deliciosa y tímida: “¿..estás… tonto..?” Yo esbocé una leve sonrisa, como triunfante, mientras me separaba hacia atrás sin apartar un ápice mi mirada de la suya. Di media vuelta y empecé a caminar despacio, ofreciéndole ya la espalda. Quedaban veinticinco, treinta metros hasta la esquina del edificio. Y pensé: “me giraré cuando llegue a la esquina. Y como ella siga ahí, y mirándome… el universo y yo decidiremos en el acto cómo procederé a continuación”. Cuando llegué a la esquina y me volví… la apacible criaturita se había esfumado ya para siempre.
 En otras ocasiones, las hormonas se exaltan. Esto se torna inevitable en un elevado porcentaje de casos en los que la graduación etílica confraterniza con el abnegado usuario de turno. Y más, o especialmente, cuando el usuario es usuario y no usuaria; qué le vamos a hacer. (..Ya, también a mí me gustaría, sí…).
 En mi primera noche de farra en mi actual ciudad de residencia, sin conocer aún apenas a nadie, me regalé un desfile por los baretos y “pubetos” de la principal zona de ocio nocturno. Y cómo no, trasegué brebajes (…no iba a pedir coca-colas). A última hora, me adoptó un grupo mixto con quienes entablé animado alterne en uno de los garitos. Y hubo algo de roce un tanto sugerente con una de las féminas componentes de aquél. La misma que me manifestó estar casada con uno de los congéneres también allí presentes. No sé si hablaba en serio o no, pero el caso es que la tronca propició y permitió tales aproximaciones y friegas de cierto calado y consistencia.
 La cosa es que, algún rato después, ya en zigzagueante camino en solitario hacia el domicilio de que por entonces disponía de prestado, topé en un momento dado con dos señoritas que se hallaban confrontadas a un cajero automático exterior, ofreciendo por tanto sus espaldas, y el final de las mismas, al paso del viandante respetable. Las vi ahí, a cinco metros de distancia de mi etílico y tortuoso avance. Sí, seguramente yo era en esos momentos de lo menos “respetable” que pululara por aquel entorno. Mis hormonas, además, recordemos, progresaban en franca ebullición tras los empellones intercambiados con la interfecta de hacía unos minutos. Y, entonces, el universo y yo lo racionalizamos de inmediato, al unísono, con una clarividencia a prueba de napalm: “le toco el culo”. Sólo a una; a la que más a mano me pille.
 Llegué a su altura, y tal cual pasaba por detrás, ¡zas!, agarré cacho con alevosa fruición, con gozoso deleite, en una de las cuatro nalgas que la naturaleza osaba situar a mi menesteroso alcance en ese momento y condición.
 Como un resorte, la propietaria del ultrajado glúteo se volvió en media décima de segundo y, dándome a mí apenas tiempo de atisbar en su expresión facial una de las más explosivas mezclas que recuerdo de perplejidad y creciente indignación, me calzó en el acto dos hostias como dos panes de pueblo. PAF, PAF. Entre una y otra, se desfogó además participándome los siguientes epítetos que, cual lava desbocada, irrumpieron febriles de lo profundo de sus fauces embravecidas: “¡gilipollas!”, “¡hijo de puta!” y “¡mindundi!”. De los tres, fue este último el que profirió con mayor énfasis emotivo. Creo que debí topar con la chica –de nuevo, aproximadamente treintañera- de más carácter de toda la ciudad.
 Lo que menos debía ella de estar imaginando en tales momentos de lógica e indómita efervescencia era, a buen seguro, la interior, generosa y sincera gratitud que de inmediato comencé a profesar hacia ella y su reacción en esos instantes, pues pese al estado en que me hallaba fui capaz de atinar a racionalizar un clamoroso y providencial “…menos mal que me está poniendo a caldo, porque esto que has hecho, Luganín, no puede volver a ocurrírsete repetirlo bajo ningún concepto nunca más, machote, aunque te hayas bebido media Escocia…”.
 Al menos, la más que notable cogorza de que hacía yo gala ejerció un cierto efecto anestésico que neutralizó un tanto así la intensidad de los mamporros de la muchacha. Porque, sí, especialmente el segundo de ellos me lo endosó con todo el enfervorecido pundonor de su alma vilipendiada…
 Y es cierto: palabrita que no ha vuelto a repetirse. Una cosa es ir bien tostao una noche, y otra pasarse de mamón y de soplagaitas. Chavalín. Carajo.