El territorio despliega y exhibe el ufano,
embaucador manto con que deslumbrar a propios y extraños. Se sabe fuerte, se
sabe altivo y poderoso ante las advenedizas huestes que sobre él progresan, que
ante él retozan y titubean, que le rinden pleitesía. Se sabe único,
clamorosamente único.
El territorio marca la pauta inquebrantable.
Impone las reglas, escruta y atisba lo oneroso y lo pormenorizado. Afila sus
incisivos, pule sus colmillos, engrana sus apabullantes molares. Brama su
escalofriante alarido en clave de una partitura exclusiva, innegociable,
omnisciente.
El territorio no repara en indulgencias. No depara
candores, no brinda remilgos. Lanza sus dados con desdeñosa apostura y se jacta
de antemano del implacable albur de la tirada. Su carcajada estruendosa hace
retumbar sus más recónditos confines, se granjea de inmediato la prestancia servil
de sus vástagos alienados y bobalicones.
El territorio, en fin, se revela selectivo. Enconada,
emponzoñadamente selectivo. Dice tú sí, tú no, tú ya veremos. Recostado en su
apacible diván, cabeza reposada en una manaza de poderío paralizante, pergeña
encandilado sus razones silentes, muestra enaltecido la gozosa insolencia de su
designio demoledor.
Amparado en la seguridad desbordante de su
condición inviolable, absoluta, le alcanza apenas el eco quebradizo del denodado
desempeño de algunas de sus criaturas, señaladas criaturas por su dedo
inquisidor, que a la par sugiere igualmente
mostrarles los lóbregos vericuetos que jalonan la exigencia indescifrable, inaudita,
de que se adorna la vasta travesía que por él todas aquéllas encaran tan
afanosa como inopinadamente.