El poso
de aquellos días pérfidos, incisivos en su resolución como aguijonazo certero y
alevoso, cubrió con su manto opaco el sustrato presuntamente respirable.
Estuvo
ahí. Él. Patente, diáfano, …absoluto. Inundando hasta el último resquicio a su
alcance; amparado en la seguridad y madurez de una gestación longeva, tras, sí,
una fecundación inyectada dos rápidos años atrás.
Ella no
quiso. Lo vio, por supuesto. Lo supo. Es más: probablemente, hasta lo pudo
propiciar. A su poderoso antojo; a su inescrutable designio. Adusta,
…incle-mentemente, pergeñó sus razones implacables.
Si
fueron éstas nobles, cual –paradójicamente- hasta podría considerar, así
aguardaré el momento de su correspondiente revelación. En, sólo, mero ejercicio
de la esperable, debida y mutua coherencia.
En
tanto, allí, el “orden natural” saltaba por los aires, ufano, demoledor,
haciéndose benditamente añicos a cada instante. Gozoso en su trámite de interpretar
las líneas de lo –más que sospechosamente- impuesto. De deflagrar en arrogante
armonía la acogotadora sucesión de sus fuegos de artificio. Clavando en mí sus
punzantes esquirlas, enhiestas; allí, entre la densa atmósfera del trópico
acechante, tórrido, sensual.
Lo
peor, lo más cruel, parecía a primera instancia sólo una pretendida tosca
añadidura. Pero –hete ahí- perduró. No se conformó con un descarnado alarde
inicial. Te ofreció su dote siniestra, nauseabunda, tiñendo de burda idiotez
cuanto podría no haberle correspondido. Entregándote la llave maestra para el
ejercicio de un calamitoso despliegue. Salpicado, en su frenesí, de cotidianas
motas de triste inquina. Ante tu impotencia lamentable, o tu anuencia sin
parangón.
¿Qué
hubiese deparado, qué hubiera sido de no haber revertido, desde el inicio, el a
priori lógico fluir..?
Es sólo
una más de los millones de incógnitas que jalonan la historia de nuestra
especie. De sus individuos, de sus poderosas emociones.
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