La mina -jactanciosa, omnímoda y sempiterna- te espera, me espera. Vamos a ser mineros, inopinadamente, todos, sin previa instancia ni notificación.
Podemos comparecer en la mina dotados del utillaje inherente... o no. Pico, casco, alumbrado frontal, uniforme resistente, calzado idóneo. Todo, parte o nada de ello podrá componer y aderezar tu bagaje, y las razones de su dotación efectiva o de su eventual carencia nadie sabrá si responden al dictamen del mero azar, o al de ulteriores fuerzas insondables.
La mina pretende alardear de su incuestionable y suficiente riqueza mineral. Vetas rebosantes sugieren engalanar sus techos, paredes e infinitos recovecos. Está usted, estoy yo invitado a tomar una mano de naipes en el flamante festín.
¿Cuál es el mineral en cuestión? No sabemos. Ni siquiera sabemos por qué habremos de porfiar en la búsqueda del mismo. No sabemos, en realidad -y en un inicio- qué es el mineral, para qué sirve.
En las primeras fases, observaremos el quehacer experto de mineros veteranos. El de aquéllos cuya paternal custodia nos viene a tocar en suerte. Con su mayor o menor dotación de tales útiles que -de inmediato se aprestarán a revelarnos- son perentorios para este viaje por las galerías de la mina.
Desde su aleccionamiento y su celo, nos hablarán del mineral, de los distintos minerales ahí existentes. Tratarán de imbuirnos de la asunción y convencimiento sobre la importancia de los minerales, y sobre la importancia fundamental de aprender a discernir unos de otros, porque hay muchos. Demasiados, seguramente.
Unos son buenos, convenientes, deseables. Sobre éstos deberemos focalizar nuestra atención, nuestro anhelo; en base a ellos deberemos capacitar y perfeccionar nuestras teóricas habilidades -ya instintivas, embrionarias, en variable grado- de cara a su detección, hallazgo, efectiva extracción y final y placentero disfrute.
Otros, en cambio, son perniciosos. Nuestros allegados mineros veteranos, nuestros mentores, nos recalcarán las pautas a que plegarnos para, a toda costa, eludir su aproximación.
En ambos casos, es probo considerar que habremos de hacerles caso. Ellos saben, no nosotros. Ellos comparecieron por la mina mucho tiempo antes. También inopinadamente, de igual manera sin solicitarlo, pero se han ido fogueando sin otra distracción, incuestionablemente, desde entonces. Están preparados para impregnarnos paulatinamente de las artes, trucos y guiños del oficio. Del oficio obligado. Del oficio único. Del oficio misterioso y abismal en el que los réditos en forma de mineral apropiado no vemos otra que concebir son el fin primero y último de nuestro virginal advenimiento aquí, a la mina inexorable y descomunal.
Tiempo habrá, una vez entregados usted y yo a la vorágine de la denodada tarea, de concluir si los manidos y recónditos minerales son realmente subyugantes y resplandecientes, si banales y más bien anodinos, o si conforman en realidad el cogollo de una burda patraña incalificable.