Transcurren más añadas. El tiempo corre, corre y se torna, de vez, en escenario, testigo y juez.
La adolescencia. Compleja etapa. Más, si la lotería primigenia se ha recreado, desde su plenipotenciario capricho, en pergeñar la singular filigrana que nos ocupa. Singular, ínclita filigrana. Filigrana con ínfulas de simpar filigrana.
Junto a los embates del acné, de
los nuevos gorgeos guturales y del vello incipiente en áreas antes glabras
(poco profusos, en realidad, todos ellos…), la impronta del legado no quiere
dejar pasar tan tentadora ocasión de solicitar y rendir su cuota participativa.
La escenificación se torna espesa,
intrincada, procelosa. El resto del circundante reparto generacional parece
interpretar su respectivo rol ora en placidez, ora en displicencia. Ya en
pulsión incisiva, ya en pretendida y acechante lasitud. Acoplarse a la veleidad
grosera de su ritmo y orientación semeja constituir, por momentos, una
extenuante proeza de tintes utópicos.
Inevitablemente, concurren raudos
los despropósitos. Menos livianos o más onerosos en virtud de la imprevisible
faceta de turno con que se adorna, a cada paso, la inspiración de la frívola
vorágine.
El lío es mayúsculo. El aún imberbe
usuario profesa torpes intentos de braceo, al impulso de una lógica que se jacta de sus
jirones, en mitad de las bravas aguas que se ciernen sobre el escurridizo e
insolente tablero.
El gran desatino inaugural, por su parte, contribuye al festival ufano y generoso con su imponente, maquiavélico manto.
El gran desatino inaugural, por su parte, contribuye al festival ufano y generoso con su imponente, maquiavélico manto.
La progenie, en tanto, asiste al
esperpento reinante upada sobre la resplandeciente carroza de la franca perplejidad.