10 Mar '15
De nuevo en las andadas; 1.997. “Farmateo” sin
fronteras, y sin… previsión de ulteriores consecuencias.
Debutando en Latinoamérica.
Shock diabólicamente intenso al momento de la
súbita inmersión en Lambrama, cabeza del remotísimo distrito. Ni las jornadas
previas de aclimatación entre Cuzco y Abancay aportaron suficientes o
anticipados paños calientes de cara a tamaña revelación, a semejante impacto de
hallazgo.
Tierra apartada, recóndita, enrevesadamente oculta.
Tremenda tierra acechante, feroz. Y
fértil, deslumbran-temente fértil.
Virginal cogollo de enclave inca; lugar fuera
del mundo. Valles misteriosos, insondables y amenazantes, gestadores de
leyendas y verdades que sobrecogen hasta el epigastrio.
Y aparecen sombras, siluetas, bocetos humanos
de entre los recovecos, las ‘chacras’, los árboles y piedras. De entre los
pequeños cerros aledaños y las
modestísimas viviendas. Seres anacrónicos, espeluznantes, casi inconcebibles. Seres a quienes a primera
instancia cuesta atribuir características avales de supuesta corporación
intraespecífica, suya y nuestra. Lo mismo debieron conjeturar ellos, estimé.
Acuden al inaudito reclamo de ese par de
especímenes inmaculados, futuristas, inverosímiles. Ese par de “gringos” oriundos
sepa Dios/Viracocha de qué siderales coordenadas, ahí apostados ahora en el secreto
de sus pagos en plena mañana de aquel junio cualquiera. Los meses, los años y
los siglos siempre han debido ser cualesquiera, allí.
Dos “gringos”
estrambóticos y misteriosos, provenientes al parecer de algún lugar llamado
España, y que pretenden, también al parecer, informar acerca de un altruista
propósito y proyecto de conducir agua potable hasta los confines de su
población; agua contante, corriente y desinfectada, apta para el consumo humano.
De trasladarla hasta el último de los domicilios, con al menos un grifo
regulador en cada uno de ellos, tras captar de los manantiales o “puquios” que
brotan a raudales de los múltiples cerros circundantes; guiarla por sistemas de
tuberías, tratarla en depósitos y asegurar todo el tránsito con pertinentes
cámaras rompe-presión. No en vano, los desniveles allí no son cualquier
minucia.
La población
“flipa” mandarinas; los gringos europeos “flipan” igualmente, con idéntica
intensidad. Los unos, sin albergar la más repajarera idea de cuan representa un
“proyecto de cooperación sanitaria” establecido en un convenio concreto –siendo
el Ministerio de Salud de su propio país una de las contrapartes implicadas-, toman aquella bravata de esos dos estrafalarios personajes como una especie de
bendición celestial o inesperado regalo de Reyes quechuas. Los
otros, jóvenes, aún no muy avezados en la exploración de mundo –pese a la
experiencia ruandesa de uno de ellos- se
ven inmersos de repente en un ambiente geográfico, etnológico y espiritual nada
fácil de asimilar a primera instancia. Diferente, descomunal; indudablemente
sobrepasa todas las expectativas previas que pudieren haberse formulado.
Y sí, es duro, aquello.
Complejo, abigarrado, recalcitrante. Una de las partes de la dupla “gringa”
pierde pronto la fe y se repliega a los encantos y cantos de sirena laborables
de Lima, donde había dejado también una parte de su atendido corazón. Rápido,
envían sustituto desde Madrid; mujer, en este caso: una riojana de Nájera
aplicada, prudente, empática, campechana. Un lujo compartir siete meses allá
contigo, Alicia. Y sobre todo, un millón de gracias por tu amistad
incondicional.
La gente, los
hombres, beben mucho, allí. “Toman”. Toman hasta desfallecer, con frecuencia.
No es un acto social, no es el placer de refrescar el gaznate con una cerveza
fresca en un momento propicio de la jornada o de la velada. Es simplemente trasegar
cualquier tipo de alcohol al alcance hasta terminar por el suelo, necesitado de
dos o cuatro brazos amigos dispuestos a trasladar a la víctima al domicilio,
sobre todo si no se halla muy distante. Cualquier martes a las diez de la
mañana; cualquier domingo a mediodía. Una “huasca”, como llaman allí: beber sin
fundamento y sin razón hasta caer de bruces. Toman “chicha”, milenario fermento
de maíz, nauseabundo y espeso. Toman “cañazo”, un aguardiente casero destilado a
doscientos mil grados al que suelen recurrir ante el menor pretexto de ámbito
laboral (un descanso en la “faina” comunal, la paternidad reciente de algún
cofrade..). Toman alcohol metílico, el “de quemar”; una enloquecida barbaridad.
La prevalencia de ruinas hepáticas prematuras en aquella latitud lleva a
encabezar las causas de mortalidad en la población masculina. Se convierte en
estampa habitual la de, ante la no comparecencia de un maestro de obras o una
autoridad local relacionada con el proyecto, a la hora convenida para una
reunión o trámite laboral establecidos, el personarnos en su casa esa misma
mañana y recibir la sonriente nueva por parte de la abnegada esposa en forma de
“…no está disponible, señor; ¡ha tomado..!”.. Como el pretexto más digno del
mundo, como la justificación más mundana, totalmente exenta de pesadumbre o rastro
de vergüenza… Cualquier martes a las diez…
Con o sin alcohol
de por medio, se suceden las curiosas trabas lingüísticas entre una parte y la
otra..:
-Bueno, ¿y cuánto hace que se construyó este depósito de
agua..?
-¡Sí, señor!
-No; pregunto que cuánto tiempo hace que tienen aquí
hecho este depósito…
-Sí, 'papacho', sí…
-Vamos a ver…, que- cuántos - años - han- pasado - desde
- que – se - construyó – este – depósito..!?!
-Ah! Se hiso en mil novesientos ochenta y sinco; va para
trese años, doctor..
Nueve meses, finalmente, en aquella especialísima latitud. Meses de constancia, fe, intención, y por momentos también desesperanza y hartazgo. Pero sobre todo, y en medio de todo, tiempo de empeño para tal logística y coordinación de obras para dotación de sistemas de agua potable extendidas por aquel distrito, en beneficio de comunidades rurales tan enigmáticas e inveteradas como sus respectivos nombres: Atancama, Caype, Soccospampa (..la doble ‘c’ equivale en pronunciación a nuestra ‘j’), Siusay, Matara, Urpipampa, Chaquepaccay.
Meses compartidos con el anacronismo fascinante de aquellos pueblos, aquellos parajes sobrecogedores; aquellas mujeres y hombres silenciosos, inescrutables, prestos a exhibir perplejidad constante en sus rostros insoportablemente curtidos por el rigor infinito de un clima impenitente y sempiterno.
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