23 Feb '15
Desconocía completamente el meollo y la corteza del percal. Siempre hube posteriormente de pensar qué resolución debiese haber adoptado si, ucrónicamente, hubiera dispuesto de la ocasión de volver atrás, de regresar de nuevo al momento de comenzar el trance.
Trance oneroso, sin cuartel. Trance
impertérrito, iconoclasta, ufano de sí. Trance de sempiterno halo asfixiante, demoledor.
Ocho iniciales años; ocho ejercicios
para adoptar las debidas artes del funámbulo que no siempre sabe si debajo se
extiende la red providencial.
Dos seres antagónicos. Dos entes
confrontados sin remisión. Quién sabe, en definitiva, si colocados ahí en
deliberada y regocijada búsqueda de la más descarnada incompatibilidad. Si
bien, otrosí, ésta es advertida básica o exclusivamente por sólo uno de los
polos en liza, uno sólo de los singulares y afanosos contendientes.
Trance sin apenas tregua. Raudal
que sobreviene sin ser convidado, como tromba que devasta seres y enseres a su
paso de furia extraordinaria. Como huracán despiadado que no repara en
remilgos, que exige en su contra una empresa urgente de parches, vías de fuga y
ralos -con frecuencia vanos- parapetos de contención.
Segundo compendio de episodios
tiempo después, ya en más intermitencias, ya con más conocimiento de causa del
otrora desprevenido. Lo cual, empero, no le exonera de análogos balances de obtención,
de asimilación, de encaje en su haber. De lidia exigente y denodada.
El gran desatino, en mitad de todo
ello, se jacta como pocas veces de la magnitud y eficacia de su maquiavélico poderío.
El ejercicio se torna exasperante,
fatigoso, interminable. Ejercicio del que el propio emprendedor (…obligado
emprendedor) desconoce aún si –como tantos otros, afines…- habría sido
necesario y ulteriormente útil. Si su inopinado concurso devendría, en suma, en
supuestos venideros réditos de satisfactorio cobro.
A tal respecto, la incógnita o el
misterio persiste largos años después. Es probable que de algo haya podido
servir. Quizá, a posteriori, convenga contemplarlo así.
A la par que resulta tentador, o prácticamente inevitable, acariciar la hipótesis de que su evitación hubiera deparado más
apacibles y venturosos aconteceres.