26 Feb '15
Veinte, camino de veintiuno.
La tenía vista por allí, esas aulas, a veces esos bares de los viernes. Desde al menos dos años atrás, desde el pistoletazo universitario. Pero no fue hasta más tarde, esa primavera del ochenta y nueve, hacia la mitad de la carrera, en que reparé en serio por primera vez en su presencia, en su ser.
La tenía vista por allí, esas aulas, a veces esos bares de los viernes. Desde al menos dos años atrás, desde el pistoletazo universitario. Pero no fue hasta más tarde, esa primavera del ochenta y nueve, hacia la mitad de la carrera, en que reparé en serio por primera vez en su presencia, en su ser.
Y se ocupó activamente ella, en cierto modo.
Ofreció unos primeros pasos, unos inesperados alardes de aproximación, para mí entonces
entre divertidos y creadores de cierta complicidad inocente, primigenia. No les
otorgué en esos días mayor importancia, pero encendieron una mecha que, entonces
todavía frágil, no demoró demasiado en prender brutal y definitivamente.
A día de hoy, permanezco desconocedor de la
naturaleza de tales muestras iniciales de aquella especie de candoroso apego.
Era tímida. Extremadamente tímida.
Discretísima, silenciosa. Ni esforzándome puedo todavía imaginarla profiriendo
una palabra más alta que otra. Ni seria, ni alegre, ni amable, ni distante.
Simplemente timidísima, endemoniadamente discreta, hasta el límite mismo de la
levitación. Parecía no estar, con frecuencia. Entre su nutrido grupo de amigas,
en general más alborotadoras -aunque sin llegar a tanto-, parecía camuflarse
erigiendo constantes monumentos al arte del mimetismo.
No llamaba la atención. Ni de gesto, ni mucho
menos, claro, de palabra. Ni vistiendo, ni aparentando, ni ocultándose bajo
capas de maquillaje. Nada de ello. Tal denodada encarnación del ángel de la
discreción conllevaba la paradoja -para mí al final imponente-, de soslayar
magistralmente, aunque creo que no muy conscientemente por su parte, el tesoro
de su belleza, de su ser, de su singular peculiaridad.
Era diferente, allí. No compartía,
afortunadamente desde mi visión, el corte de patrón casi uniforme que ornaba a
la mayor parte del elenco femenino entre aquellas paredes. Ella era distinta.
Tenía algo que la discriminaba del resto. Sólo había que darse cuenta. “Sólo”…
Quien se diera cuenta, quien en ello así reparase, muy probablemente se convertía
de inmediato en un llamado a claudicar bajo el silente y candoroso poder de su
tremendo influjo. Y, también hoy, creo que ella misma no imaginaba algo así ni por
asomo; no entraba tal perspectiva en la más recóndita de sus quinielas.
Era guapa. Mucho. Pero, por supuesto, lo
disimulaba inconscientemente, como disimulaba sin querer hasta sus propios
pasos. Creo que siempre la imaginé no suficientemente asimiladora de su
subyaciente potencial, de su dote increíble. Protegida ésta, eso sí, por ese
eterno manto prístino, candoroso, virginal, inopinado.
Una noche, en un oscuro bar del centro de la
ciudad, entrelazamos las manos, cinco dedos míos entre cinco suyos. Fueron
apenas tres segundos, y no podré olvidarlos jamás. No estábamos solos. Nunca
estuvimos solos en ningún momento ni lugar. Apenas, acaso, los cuatro minutos
en que una vez le solicité un aparte, a mitad de semana, entre dos clases, para
robarle su número de teléfono con el confesado propósito de convocarla el
sábado para salir los dos.
Llamé el sábado, pero no pudo ser. No pudo ser
nunca.
Hoy, más de dos décadas después, he
retomado retazos de su pista. Mor de estas tecnologías actuales. No sé nada de
su vida, sólo un leve esbozo profesional. Pero siento que hay una pequeña
brecha en la que indagar; el sutil rastro de un posible aroma por inhalar…