26 Mar '15
No necesariamente vienen de serie, pero sí se adquieren normalmente temprano, en compases relativamente iniciales del deambular por el común escenario.
Suelen “mamarse” en el ambiente doméstico, más habitual-mente de la facción progenital masculina. Pero, siendo una de las habituales, no es ésta la vía exclusiva de adquisición.
Veintidós millonarios en pantalón corto –normalmente no muy “letrados”, no muy versados en lides académicas, si bien existen honrosas excepciones…- conduciendo a puntapiés una esfera de cuero del calibre de una sandía. Alejándola de un marco propio rectangular para tratar de alojarla en el rival, de idéntica forma y dimensiones.
No sabemos qué tiene, no indagamos por qué. Sólo sabemos qué locos nos vuelve a quienes nos vuelve locos.
Sabemos, también, que suelen llamarlo fútbol.
A lo largo de su más rectilíneo o más trabado sendero vital, un abnegado –o abnegada- usuario/a podrá ser capaz de cambiar, en un momento dado, su marca favorita de cerveza, su estilo acostumbrado en el vestir. Podrá modificar a voluntad sus hábitos culinarios, su estilo de vida -ora más sedentario, ora más activo, ora más místico. Podrá, incluso, cambiar de pareja, de cónyuge; de automóvil o de profesión. Pero, señores…, permutar por otros los colores del equipo de fútbol de los amores de cada uno entra prácticamente en el escurridizo terreno de la utopía.
Normalmente, nadie lo intenta. Normalmente, nadie siente tal llamada. Normalmente… a nadie se le cruza por la “azotea”. Los colores futboleros se graban a sangre y fuego en un rincón inexpugnable del ser, en esa etapa temprana en que se queda atrapado por su embrujo, y allí no hay fuerza arrebatadora ni razón ulterior descomunal capaces de llegar para desincrustarlos y, al efecto, colocar otros diferentes en su lugar. De ninguna de las maneras.
Más tarde, acaban presentándose situaciones que trasladan al apasionado de turno a momentos que directamente ocuparán un lugar de honor en el mural de recuerdos que coronarán su vivencia. Esas tardes en que la grada enfervorizada y los muchachos del césped se funden en un solo ser, cual acontece frecuentemente en citas especiales y en plazas no menos carismáticas como San Mamés o el Vicente Calderón. O el instante en que, en el Ruiz de Lopera o en el Sánchez Pizjuán, los parroquianos estallan al unísono en gozo insuperable al endosarle un tanto decisivo al abominable eterno rival…
Quien ha vivido en aquel mítico “gallinero” junto al Paseo de la Castellana la pasión insustituible y colectiva de las noches europeas de remontada contra los italianos del Inter de Milán (especialmente; eterno enemigo), o aquellas dos frente al Borussia y el Anderlecht, se sabe poseedor de un sabroso bagaje indeleble que le acompañará de por vida, y al que podrá recurrir siempre con un exultantemente nostálgico “yo estuve allí…”. A ver quién le quita eso. Ni San Pascual Bailón. Ni la madre superiora.
Los Mundiales. Eso sí que es tela marinera. Un mes entero y sin pausa –eso sí, cada cuatro años- para enfrascarse en una atmósfera exclusiva, en una sala etérea con aroma a césped y a cuero, en la que casi todo lo demás será más que nunca prescindible y superfluo.
Un arsenal mágico de recuerdos donde de inmediato surgirán los días de Naranjito, con Pertini ‘tifoseando’ en el palco del Bernabéu mientras sus muchachos se merendaban en la hierba a la fiera germana. O la mano de un tal “dios”, enmendada minutos después con esa otra filigrana antológica en la que el pequeño argentino –y posteriormente pequeño rufián de la vida- infligía de por vida un correctivo inolvidable a las perplejas huestes de la Gran Bretaña. O las diabluras infinitas de El Buitre en Querétaro, ante los por entonces temibles daneses. O el dolor de un país ante la nariz partida y sangrante del asturiano cuando aquello se terminaba ya, con un injustísimo resultado en el tanteador. O ese linier africano con un resorte en el brazo-banderín, programado para señalar “peligro” en cada una de las acometidas hispanas en pos de la así inexpugnable meta coreana; a buen seguro lo peor que recordamos.
Lo que no olvidaremos ninguno es dónde, con quién o quiénes estábamos, o con quién de ellos nos abrazamos primero, cuando en el mítico minuto ciento dieciséis de aquella noche de julio de Johannesburgo, un manchego bajito y amenazado precozmente de visos de alopecia nos resarcía por fin de aquellas otras interminables desgracias anteriores al empujar aquel balón agónico, regalándonos para siempre el tanto de nuestras vidas.
Esto tampoco nos lo quita ya nadie.