SEMPITERNO CONATO DE MAGNA SIMBIOSIS



                                                                                        7 Jun '16


 La terquedad ha jalonado el recorrido. Ha dictado su corolario, y con determinación de guerrero espartano ha mantenido el pulso firme sin dar su brazo a torcer.
 Lustros, décadas ya en un estado de cosas patente, acogotador, inflexible y tenaz.
 El escenario, en consecuencia, ha venido mostrando su más torva y escabrosa faz ante la que el inopinado personaje ha debido representar, año a año, mes a mes, minuto a minuto, sus deshilachadas escenas, sus actos deslavazados y surreales ante el habitual desdén del elenco circundante. Fatuo desdén, insolente menoscabo como picante sazón en la omnipresente salsa de la ignorancia arrogante, obscena.
 De tal modo que las peripecias prosiguen, ahí, bajo las bambalinas. Nunca se sabe cuándo se atisbará la inevitable caída del telón. La obra rueda, en su enajenada y sempiterna abstracción.  El caótico y babeliano guión imbrica sus permanentes vicisitudes en su despreocupado curso, siempre imbuido bajo el sarcasmo incuestionable de tan frenética improvisación.
 Y nuestro personaje bucea en tamaño desbarajuste en pos de sus preciadas briznas de fundamento, en permanente condena de acecho de esos sutiles indicios de supuesto fulgor. Del rastro de sus idolatradas circunstancias, de su auténtico campo de batalla que dote de real sentido a tan enconada pulsión existencial.
 Desconoce si existirá, todo ello, o lo duda, desde luego, ya en pleno transcurso por su madurez.
 Pero no le queda otra. Es su oficio, es su sino insoslayable.
 La magna simbiosis aguarda, esquiva y sugerente, quizá a la vuelta del próximo recodo, quizá más allá, en pérfida y remota lontananza.
 La magna simbiosis aguarda...

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