Les fascina el ruido. No logran –ni por
supuesto, desean- evitarlo. Es algo superior a sus fuerzas. Es algo inherente a
ellos.
Nuevamente, acabo de regresar de un periplo
por México, por Latinoamérica. México, ese gran país plagado de maravillas que,
cual ya reflejara tiempo atrás por estas páginas, me atrapó en mi primera
visita, me subyugó imbuido en ese crisol de continua fascinación que se sucedía
allá por donde transitara.
En esta ocasión, y a tal respecto, el escenario ha cambiado un
tanto. Suele resultarme común: cuando regreso a un país del que salí
suficientemente prendado en una primera ocasión (Filipinas, Brasil, Botswana…),
una subsiguiente incursión en él no arroja ya los mismos edificantes réditos. México,
esta vez, y dejando a un lado episodios y avatares del calibre de sortear dos
terremotos en el plazo de doce días, o asistir de cerca al diagnóstico de una dura
enfermedad en una magnífica amiga, también me ha dejado un más enrarecido sabor
de boca que en aquella grata primera vez.
Me centraré, por escoger un ámbito
representativo por derecho propio, en una circunstancia peculiar que no deja de
alimentar mi asombro: ¿por qué hay tantísima gente en estos lugares del trópico
americano a quienes les fascina tanto el ruido, el ruido continuo y
estridente..?
La música. Allá por donde existe y se exhibe,
ha de reinar al máximo volumen que permita el correspondiente dispositivo
emisor. En comercios urbanos, en bares y locales similares no necesariamente de
ocio nocturno, en pequeñas dependencias de pequeños pueblos perdidos… No se
concibe que la música que brota incesante del amplificador de turno, lo haga a
un volumen un tanto más bajo del que pueda obtenerse en su máxima expresión. Nadie
concibe –ni por lo más remoto- que dicha circunstancia pueda redundar en una
molestia, siquiera menor, para un transeúnte o ciudadano cualquiera, propio o
extraño, que merodee por las inmediaciones. Es lo último que allí cualquiera
podría imaginarse.
El bus. Te subes, dispuesto a una ruta normalita
en duración para las dimensiones del país: tus seis, ocho horitas de trayecto.
La flota es cómoda, eso sí debe reflejarse. Tan cómoda, que le falta poco
detalle “imprescindible”. No falta, en efecto, sobre las
cabezas de los pasajeros, un equipo de audición dispuesto a martillear sin pausa ni piedad. Arranca el
vehículo, te repantingas en tu asiento, sacas tu libro para recrearte en la
lectura antes de conceder unos minutos a los embates de sueño que antes o
después habrán de hacer su aparición, y… tu gozo en un… eso, pozo. El señor
conductor hace click con un dedito, y zas, te tragas la película sí o sí a un
volumen insoportable. Y no una Ninotchka
o un William Wyler con Bette Davis en que priman diálogos de moderada cadencia,
no. Ahí, en su lugar, concurren en el acto las explosiones, los tiros, el Van
Damme, los golpes, los improperios, los revolcones por los suelos, y el vocerío implacable a palmo y medio de tus pabellones auditivos, y a unos decibelios realmente apabullantes. Y te fastidias. Se acaba la primera cinta, y el señor del click
arrambla de inmediato con la siguiente entrega, no sea que algún pasajero sufra
un ataque de rato de tranquilidad. ¿...Que quieres dormir? ¿Quién tiene problema
para dormir aunque sea en medio de semejante guirigay..? ¿..Que quieres pensar
mientras disfrutas de los paisajes? ¿Quién demonios tiene algo que pensar..? ¿...Que quieres leer..? ¿Leer, dice usted..? ¡Aquí no lee ni el gato..!
En fin, no sé. No sé aún cómo logran aplaudir
todo ello con las orejas, o en su caso –que no creo, realmente-dejarse vencer
irremisiblemente por la desidia incapacitante. Supongo que, en realidad, se
trata, esto de la devoción por el ruido estentóreo, de una evidencia inherente
al eterno ambiente caluroso. Me costaba, en ocasiones, concebir cómo en mitad
de toda esa retumbante vorágine pudieron o pueden prosperar mentes brillantes y
sensibles como las de Carlos Fuentes, Octavio Paz, Elena Poniatowska o José
Emilio Pacheco. Quizá algún día atisbe a comprenderlo…
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