SU ESTRIDENTE MAJESTAD

                                                                                6 Nov '17


 Les fascina el ruido. No logran –ni por supuesto, desean- evitarlo. Es algo superior a sus fuerzas. Es algo inherente a ellos.
 Nuevamente, acabo de regresar de un periplo por México, por Latinoamérica. México, ese gran país plagado de maravillas que, cual ya reflejara tiempo atrás por estas páginas, me atrapó en mi primera visita, me subyugó imbuido en ese crisol de continua fascinación que se sucedía allá por donde transitara.
 En esta ocasión, y a tal respecto, el escenario ha cambiado un tanto. Suele resultarme común: cuando regreso a un país del que salí suficientemente prendado en una primera ocasión (Filipinas, Brasil, Botswana…), una subsiguiente incursión en él no arroja ya los mismos edificantes réditos. México, esta vez, y dejando a un lado episodios y avatares del calibre de sortear dos terremotos en el plazo de doce días, o asistir de cerca al diagnóstico de una dura enfermedad en una magnífica amiga, también me ha dejado un más enrarecido sabor de boca que en aquella grata primera vez.
 Me centraré, por escoger un ámbito representativo por derecho propio, en una circunstancia peculiar que no deja de alimentar mi asombro: ¿por qué hay tantísima gente en estos lugares del trópico americano a quienes les fascina tanto el ruido, el ruido continuo y estridente..?
 La música. Allá por donde existe y se exhibe, ha de reinar al máximo volumen que permita el correspondiente dispositivo emisor. En comercios urbanos, en bares y locales similares no necesariamente de ocio nocturno, en pequeñas dependencias de pequeños pueblos perdidos… No se concibe que la música que brota incesante del amplificador de turno, lo haga a un volumen un tanto más bajo del que pueda obtenerse en su máxima expresión. Nadie concibe –ni por lo más remoto- que dicha circunstancia pueda redundar en una molestia, siquiera menor, para un transeúnte o ciudadano cualquiera, propio o extraño, que merodee por las inmediaciones. Es lo último que allí cualquiera podría imaginarse.
 El bus. Te subes, dispuesto a una ruta normalita en duración para las dimensiones del país: tus seis, ocho horitas de trayecto. La flota es cómoda, eso sí debe reflejarse. Tan cómoda, que le falta poco detalle “imprescindible”. No falta, en efecto, sobre las cabezas de los pasajeros, un equipo de audición dispuesto a martillear sin pausa ni piedad. Arranca el vehículo, te repantingas en tu asiento, sacas tu libro para recrearte en la lectura antes de conceder unos minutos a los embates de sueño que antes o después habrán de hacer su aparición, y… tu gozo en un… eso, pozo. El señor conductor hace click con un dedito, y zas, te tragas la película sí o sí a un volumen insoportable. Y no una Ninotchka o un William Wyler con Bette Davis en que priman diálogos de moderada cadencia, no. Ahí, en su lugar, concurren en el acto las explosiones, los tiros, el Van Damme, los golpes, los improperios, los revolcones por los suelos, y el vocerío implacable a palmo y medio de tus pabellones auditivos, y a unos decibelios realmente apabullantes. Y te fastidias. Se acaba la primera cinta, y el señor del click arrambla de inmediato con la siguiente entrega, no sea que algún pasajero sufra un ataque de rato de tranquilidad. ¿...Que quieres dormir? ¿Quién tiene problema para dormir aunque sea en medio de semejante guirigay..? ¿..Que quieres pensar mientras disfrutas de los paisajes? ¿Quién demonios tiene algo que pensar..? ¿...Que quieres leer..? ¿Leer, dice usted..? ¡Aquí no lee ni el gato..!
 En fin, no sé. No sé aún cómo logran aplaudir todo ello con las orejas, o en su caso –que no creo, realmente-dejarse vencer irremisiblemente por la desidia incapacitante. Supongo que, en realidad, se trata, esto de la devoción por el ruido estentóreo, de una evidencia inherente al eterno ambiente caluroso. Me costaba, en ocasiones, concebir cómo en mitad de toda esa retumbante vorágine pudieron o pueden prosperar mentes brillantes y sensibles como las de Carlos Fuentes, Octavio Paz, Elena Poniatowska o José Emilio Pacheco. Quizá algún día atisbe a comprenderlo…    


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