EL CHICO QUE NO DEBIO, AQUEL DIA, MORIR...

                                                                             
                                                                                             11 Sep '16



​ ​Su inmensurable sonrisa y sus eternas gafas de pasta moldearon la imagen icónica que legó a la posteridad. Su voz indómita, casi increíble, y sus melodías frescas, forzosamente imperecederas, le transportaron directamente al mito. Mito inyectado de rabiosa y malograda juventud.
 El frío glacial de aquel 3 de febrero de 1.959 en Clear Lake, Iowa, donde acababa de ofrecer su última actuación, le decidió a barajar contactos que le proveyesen de un medio aéreo para alcanzar Minnesota, su siguiente destino. La idea era rehusar los servicios de un desvencijado bus con la calefacción averiada, previsto para la gira que iniciaba con sus músicos en mitad de aquel implacable invierno por el noroeste del país.
Compareció una Beechcraft Bonanza, avioneta monomotor, de sólo cuatro plazas; a los mandos, un inexperto piloto de veintiún años.
 Buddy, de veintidós, no murió solo. Dos de sus músicos habían cedido a última hora sus asientos a Ritchie Valens -el de 'La Bamba', que aún no había cumplido los dieciocho-, y The Big Bopper. Ambos compartían gira y escenario con Holly y sus chicos.
 La avioneta se estrelló apenas iniciado el despegue. "El día que la música murió" reclamó así su funesta ubicación en los anales de la historia del rock, tan incipiente y puro en aquellos días.
 Hay quien afirma que un púber Don McLean presenció compungido la escena del accidente. Doce años después, en 1.971, su "American Pie" refrendó para siempre un homenaje a la figura inmortal del gran Buddy Holly, ese chico que no debió morir tan pronto, con tanto aún por crear y regalar.
 Más de medio siglo después, me emocionan sus canciones, me llevan a imaginar qué ulteriores entregas hubiesen sucedido a "Oh, Boy", "Maybe Baby", "Everyday" o "It's So Easy"...




No hay comentarios: