Se apodera de mí el esceptismo, en estos días tan inciertos como casi todos, como casi todos los días transcurridos.
Hace presa de mí la displicencia, el ramplón desdén que reflejo y emito tras su habitual e inopinada recepción, constante, insolente, consuetudinaria.
Me paso casi todo por el forro de los cascarones, en consecuencia burda e inevitable.
No me creo nada de todo este jaleo obligatorio. No hallo resquicios oportunos, salvoconductos halagüeños por los que expiar tamaña certeza de vacuidad. Más allá -eso sí- del acostumbrado, el único: el de los meridianos distantes, los efluvios de trópico, los guiños de libertad.
La paciencia y la concordia se agotan; el eclecticismo ante el arisco puño de lo impuesto se desvanece y merma lenta pero inexorablemente, como arena que cae por los huecos de la mano.
Se apodera de mí el escepticismo, insondable y tenaz. Me invade el desdén más descarnado.
No me creo un carajo de nada. Me paso casi todo por el forro de los cascarones.
Me paso casi todo por el forro de los cascarones, en consecuencia burda e inevitable.
No me creo nada de todo este jaleo obligatorio. No hallo resquicios oportunos, salvoconductos halagüeños por los que expiar tamaña certeza de vacuidad. Más allá -eso sí- del acostumbrado, el único: el de los meridianos distantes, los efluvios de trópico, los guiños de libertad.
La paciencia y la concordia se agotan; el eclecticismo ante el arisco puño de lo impuesto se desvanece y merma lenta pero inexorablemente, como arena que cae por los huecos de la mano.
Se apodera de mí el escepticismo, insondable y tenaz. Me invade el desdén más descarnado.
No me creo un carajo de nada. Me paso casi todo por el forro de los cascarones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario