UN MUNDO SIN GENTUZA (POR FAVOR...)

                                                                           
                                                                                   16 Mar '16


 Encuentro flipante cada momento en que topo con la presencia de un indeseable de dos patas. De un tipo agresivo. De un violento, un insolente, un capullo, un maltratador. De una inmundicia humana.
 Nunca entiendo qué falta hacen semejantes ejemplares en la sociedad, en pleno siglo XXI, en esta edad ya supuestamente algo madura del ínclito género humano. No comprendo qué mecanismos permiten o hasta propician la proliferación de los mismos.
 Hay ocasiones -quizá nos ha sucedido a casi todos- en que, sólo observando la puesta en escena no verbal de un determinado individuo -su modo de caminar, su torva mirada, la expresión general de su rostro- ya parece indicar a las claras qué modalidad de especimen tenemos a la vista. Una de esas inmundicias bípedas, innecesarias, completa y recomendablemente prescindibles. Pero ahí está, el interfecto, dispuesto a toda greña o confrontación posibles. Dispuesto a esparcir su arsenal de felonía, impertérrito al escrutinio o resolución ajenos.
 Personalmente, me he encontrado con muchos de ellos, demasiados, quizá, a lo largo y ancho de mi existencial discurrir. Y en ámbitos diversos: en las calles, principalmente; en locales de ocio, en ambientes laborables, en lugares o transportes públicos, en el -ya anacrónico- servicio militar. Hasta en la universidad; no te lo pierdas. Había ahí un hijo de puta de Alcobendas que me dejó lamentables botones de muestra para el -ya escaso, por fortuna- recuerdo.
 Personalmente, deseo a todos ellos lo peor. No siento la menor compasión por esas basuras con patas si ha de sucederles algo poco gratificante. Qldpec.
 Hace escasas semanas tuvimos otro episodio, en plena hora punta y en plena Puerta del Sol madrileña, del peculiar modus operandi de esa escoria que hemos importado en España, a saber mediante qué resortes, constituida por integrantes de las llamadas bandas latinas juveniles. Los denominados ñetas, latin kings, trinitarios, o como carajo se hagan llamar. Por supuesto, me niego a usar la mayúscula para las iniciales de tales apelativos. Centenares, miles de indeseables que apenas sobrepasan los veinte años -eso, los más veteranos- que se nos implantaron aquí en sucesivas oleadas a lo largo de estos tres últimos lustros en que parece que en este país se instala como Perico por su casa todo aquél que se le ponga en la entrepierna.
 Estos personajes pertenecen sobre todo, al parecer, a las nacionalidades ecuatoriana y dominicana. Portar armas blancas ocultas en las ropas forma parte de su más ordinario y acostumbrado ritual. Las cuales pueden ser esgrimidas, y usadas, en cualquier momento, lugar o condición. Suficientes casos se han conocido ya. Son seres que interpretan la existencia cotidiana como una selva donde impera la implacable ley del más fuerte. O del más hijo de puta, que en su caso viene a ser lo mismo.
 No quiero eso en mi país. No me hace falta. No aportan nada positivo, cual es evidente, sino todo lo contrario. Son sólo bazofia social, innecesaria. Sobrante. Que se vayan, por favor; que algún gobernante con pelotas los meta de dos patadas en un avión y los devuelva a sus países, o al carajo. O a la estratosfera, en un cohete de la Nasa, y que, como Matt Damon, se busquen la vida en Marte, y se líen allí a navajazos entre ellos. Bazofia inmunda.
 Por supuesto, que me llame racista quien le plazca; me importa otros tres carajos. Puntualizaré que en ningún momento he manifestado que lo que me moleste de ellos sea que su tono de piel o la estructura de sus cabellos sea diferente de los míos. Me molesta la actitud. Su soberbia, su agresividad, su violencia. Si fueran santos varones, capaces de contribuir a mejorar lo que ya teníamos aquí, estaría más que encantado de que vengan y busquen acomodo en nuestras ciudades y pueblos. Pero las recurrentes pruebas parecen sugerir mucho de lo contrario.
 Sí, hemos permitido en estos quince años que aquí venga de todo; con frecuencia me parece que de lo peor de muchos sitios, lo que nadie quiere ni en sus propios países. "...A España, que allí son gilipollas y seguro que os quedáis legal o ilegalmente cuanto queráis. Y si hay que delinquir, adelante, que os lo pondrán todo a huevo, ya veréis..".
 Por supuesto, aquí estoy incurriendo en una grosera generalización que conlleva automáticamente implícita su onerosa carga de injusticia: quiero imaginar que la mayoría de inmigrantes aquí implantados no son ni delincuentes, ni malas personas. Lo malo es que los que escapan a este perfil son quienes más se hacen notar; los que se mean fuera del tiesto suelen salpicar en amplias direcciones.
 A mí se me caería la puta cara de vergüenza e indignación al suelo si colectivos de españoles la liaran parda una vez, o cada dos por tres, en cualquier país extranjero. No digamos ya si se tratase de emigrantes establecidos en el país de que se tratara. Pienso que bajo la condición de extranjero en lugar ajeno, una persona con unos mínimos de integridad debe tener presente que no deja de representar una alícuota de la imagen de su nación de origen. Que tiene una responsabilidad a ese respecto. Que debe comportarse, coño, máxime si se trata de retribuir lo objetivamente lógico y normal al país que le acoge y le permite su establecimiento en él.
 Quiero pensar que miles de marroquíes afincados en España, en su día, debieron sentir una gran repulsa hacia las decenas de compatriotas suyos que organizaron y ejecutaron la matanza de los trenes de Atocha, en Madrid, ignominia de la que acaban de cumplirse doce años hace escasas fechas. Eché de menos, en cualquier caso, algún comunicado o muestra de condolencia o solidaridad, en los días siguientes a aquel 11-M, hacia la sociedad española por parte de representantes de la sociedad marroquí residente en este país. Me apresuro a expresar disculpas si tuvo lugar y no tuve yo constancia o no lo recuerdo ahora. Pero pienso era lo mínimo, después de tamaña, irreparable y sanguinolenta tropelía.
 Nos hemos familiarizado todos ya, en estos tres últimos lustros, a escuchar hablar de prácticas delictivas perpetradas por indeseables extranjeros de las que antes apenas teníamos noticia: la falsificación de tarjetas de crédito en cajeros automáticos por parte de bandas rumanas; los asaltos violentos en urbanizaciones y viviendas por parte de agresivas bandas de kosovares, albaneses o de la antigua esfera soviética, preferentemente con los inquilinos presentes (cuando aquí toda la vida los cacos llamados Martínez o López, con su antifaz y su saco de lona, habían preferido la ausencia de los propietarios para dar sus veraniegos golpes domiciliarios..); el narcotráfico y sus tejemanejes colaterales de multitud de colectivos magrebíes; los oscuros procedimientos criminales de diversas mafias chinas; las extorsiones en el submundo de la prostitución con miles de mujeres explotadas y humilladas traídas desde cualquier punto del planeta...
 Yo lo he pensado muchas veces: si los seis o siete millones de extranjeros que desde aproximadamente el año dos mil para acá se nos han instalado en España como quien lava una camisa, fueran otros tantos millones de científicos, artistas o ingenieros canadienses, suizos, japoneses o escandinavos, mucho me temo que otro gallo muy distinto hubiese entonado su canto en esta achacosa piel de toro. O, en vez de esas citadas nacionalidades, pues de las mismas a que ya he aludido hasta ahora: magrebíes, latinoamericanos o europeos del este. Lo que pasa es que, en estos últimos casos, me parece que a ésos sí que prefieren quedárselos en sus países. A todos ésos no nos los mandarían para acá, no...
 E insisto, quien quiera advertir tintes racistas en todo este alegato, que levante el dedo o la voz cuanto desee. Si es por racismo, supongo que la raza más diferente a la mía es la negra subsahariana. Pues bien, contra los inmigrantes de ésta no albergo el menor resentimiento. ¿Por qué? Porque normalmente se trata de colectivos lo suficientemente correctos y humildes, en su condición de extranjeros. Al menos, hasta ahora. Saben comportarse y no dejan su imagen por los suelos. Ni, por extensión, la de sus respectivos compatriotas residentes aquí o en sus países de origen.
 Por eso.

            (*) Anexo 22 Marzo:  los yihadistas vuelven a liarla en el corazón de Europa. Ahora, Bruselas; de nuevo decenas de víctimas y más de un centenar de heridos. ¿Por qué..? ¿Hasta cuándo..? No queremos esto. No deberíamos tolerarlo más. Su propuesta parece claramente un "..o nosotros o ellos". Y, ojo, no pequemos de racistas o xenófobos, ¿eh..? Que nadie vaya a sentirse molesto. Que entonces pareceremos muy, muy malos.
¿Nadie piensa si no serán ellos los racistas, los intolerantes, los intransigentes..? Seguramente lo pensamos muchos; también parece evidente que pocos se atreven a manifestarlo en voz alta...



No hay comentarios: