¿ES RAZONABLE EXIGIR FELICIDAD..? ( y II )

                                                                                     
                                                                                 28 Feb '16

 Total, que tenemos ahí a un congénere bien provisto de fábrica de su correspondiente y flamante cerebrito, bajo el cráneo lirondo.
 Y el congénere crece un poco, después crece algo más y cobra primeros atisbos de conciencia de su propia naturaleza y ser, y de su inmersión inopinada en este mundo del que carecía de toda referencia previa. Soslayando, en este punto, toda la carga informativa de que su humana dotación genética le programa automáticamente, y de análogo inopinado modo.
 El congénere de marras, llamémosle desde ahora José Manuel -que alguno que otro habrá por ahí...- va progresivamente cayendo en la cuenta de una serie de notas y puntos clave que enmarcan y aderezan este mundo, esta vida, esta existencia innegociable a que ha venido a parar.
 Primero, normalmente, hay unos padres que le sostienen y protegen; un núcleo familiar que se constituye en área de confort. Después, comparecen sucesivamente nuevos elementos: colegio, otros niños, maestros, contenidos académicos. Socialización. Aprendizaje. Normas. Convencionalismos.
 Y por fin, la juventud, con toda su progresiva vorágine hormonal, confusa y reivindicativa, y la posterior edad adulta.
 Entonces, nuestro amigo José Manuel está ya a pleno pulmón en este mundo, y ha advertido de sobra que esto es cualquier cosa menos una balsa de aceite, ordenada, pulcra y estable. No, nada de eso. Aquí hay un considerable pitote organizado -o más bien, caótico- desde tiempo inmemorial. Con la circunstancia de que ahora, en el planeta, somos siete mil millones y pico de almas bípedas y pensantes. Todas con su respectiva nuez-lombarda bajo el cráneo lirondo. Siete veces más almas que hace apenas un siglo.
 Y ve José Manuel que, entre tanta peña, la uniformidad o la paridad son meras entelequias. Hay gente buena, grata; hay gente que no lo es. Hay gente sana, hay gente enferma. Hay gente con suerte, y gente con infortunio. Hay gente rica, hay gente pobre. Hay gente guapa y gente fea. Hay gente contenta hoy, cabreada mañana.
 Hay gente aparentemente feliz; hay gente visiblemente desgraciada.
 José Manuel está hecho de células, de moléculas orgánicas. Como los peces, como las ranas y cangrejos, como los jabalíes, como los geranios. Biología pura. Moléculas orgánicas que se diferencian y agrupan en sistemas orgánicos: respiratorio, circulatorio, digestivo, locomotor, sensorial, excretor, nervioso, reproductor. Es decir, hay una naturaleza detrás de todo que marca la pauta primigenia, que establece los órdenes básicos a que plegarse. Una naturaleza que parece decidir todo cuanto cabrá en sus establecidos márgenes. Como la baraja de naipes con la que podrá jugarse al póquer o al cinquillo, pero no a los dardos o al ajedrez.
 Entonces, ante todo, José Manuel está en un escenario donde debe, necesariamente, comer, dormir, protegerse del frío o eventualmente del calor, tentar la reproducción; defenderse, ... o eventualmente atacar. Esas son las jugadas clave y básicas a la vez de su mano de póquer, puesto que está obligado a jugar la imperativa partida de póquer.
 La naturaleza despliega y desgrana, con ufanía y hasta glamour, tal nómina de condiciones que deberán venerar todos cuantos sean convocados a este su reino, implacable y único. Nadie se salva de acatarlas, de obrar en sumisión a ellas. Y así, la naturaleza se jacta de su estentóreo triunfo, de su obra magna e inimitable, de su monopolio absoluto y demoledor. "Pare" especies y criaturas, y las arroja al escenario común en que desplegarán sus artes variopintas, en que se batirán ante mil condicionantes, en que confrontarán, en que nacerán, se desarrollarán y morirán. No importa esto último; otras vendrán prestas a suplirlas. Aquí hay negocio rodando para rato.
 Las especies, por mor de uno de los más rotundos dictámenes de la baraja de naipes, forzosamente expondrán sus moléculas y sistemas orgánicos al fragor de la batalla que se cierne continuamente sobre el tapete existencial: unas depredan para nutrirse, otras se aprestan a defenderse de la predación ajena; otras sucumben irremisiblemente a ella. Oye..., ¿...y la felicidad? ¿Reparó la madre superiora naturaleza en ese punto al pergeñar todo ese tinglado..? ¿Cabe, puede, debe ser feliz un león preocupado por merendarse cada dos por tres a una gacela; o ésta mientras pasta en la sabana mirando de reojo el acecho del melenudo felino..? ¿Serán "felices" las abejas mientras se afanan tan maravillosamente en la confección de su panal, en la pleitesía que ceden a la reina del mismo..? ¿Se acordó la naturaleza de unos ápices de "felicidad" para el murciélago de la oscura caverna que lanza su radar a todo trapo para no darse de bruces con las paredes y sí localizar su alimento..? ¿Y para cada uno de los miles de arenques que conforman un banco que se desplaza en espartana formación entre las corrientes del océano..?
 Es muy posible que no; la naturaleza debió concluir que con tanta tarea encomendada, para qué van a tener tiempo todas esas abnegadas criaturas de valorar si lo suyo es, ya puestos, autocatalogablemente placentero...
 ¿Y nuestro compinche José Manuel, y toda su congénere tropa, por cierto..? ¿Qué pasa con la humana estirpe?
 Resulta que nosotros también hemos de depredar -quizá, sí, de un modo más sutil que cual lo hace el león, al menos a estas alturas del campeonato..-; también, en ocasiones, hemos de defendernos -principalmente de los propios congéneres, mira tú si no tiene guasa-; también nos amenaza la enfermedad, el riesgo, la muerte. Competimos, principalmente entre nosotros, por los recursos, por variopintas hegemonías, por los territorios, por la reproducción. Podemos ser aniquilados por un propio o un extraño. Tenemos que jugar, a fin de cuentas, esa partida de póquer con la mano de naipes que a cada uno nos toca en favor. Y no siempre el descarte escogido depara ventura asegurada.
 Hay en todo ello una analogía indudable con el resto de especímenes vivos.
 Pero hay también ese "algo" que nos hace creer que nuestro caso entraña una peculiaridad exclusiva. Unos lo llaman conciencia; otros, alma; otros, capacidad de sentimiento; otros, sensibilidad intrínseca. ¿Es nuestra nuez-lombarda tan diferente..? ¿Portamos impreso el derecho a esperar, en medio de semejante y denodado lío existencial, ese caramelo suculento que llamamos felicidad..?
 ¿Tiene sentido que necesitemos, que exijamos ser felices..? ¿Se trata de una inevitable consecuencia de contar con tan privilegiado raciocinio..? ¿"Decidió" la naturaleza, con sus veleidades, que nuestro caso es especial a dichos efectos..?
 El caso es que lo tenemos bastante claro: "eso" parece existir, anda por ahí, revoloteando, enredando, incitando, zascandileando. Todos sabemos de qué va el percal, todos tenemos noticia de su idiosincrasia; todos hemos asimilado alguna vez sus punzadas, ya las más dulces, ya las más insidiosas. Todos nos la presentamos ante nuestros propios resortes como una meta insoslayable, incondicional.
 Borges, al final de sus días, apuntó que la felicidad es sólo cosa de momentos. Certeros, puntuales y específicos momentos. Con frecuencia, opino lo mismo, si bien, opino también, el saber disponer tales momentos sobre un existencial y confeccionado -por cada cual, en cada caso- tejido conectivo propicio para que aquéllos sean lo más habitualmente convocados posible, catalizará sobremanera la tarea.
 Momentos de felicidad. Mejor muchos que pocos; mejor hacerse rápido con las pautas clave que los proyecten y propicien. Especialmente si la mano de naipes que cayó en suerte no arroja de entrada una escalera de color, un póquer de reyes o al menos un 'ful' decoroso.
 Pero, sí, es más que admisible que la felicidad como ornamento constante, incondicional e inquebrantable parece tratarse de una mera bonita utopía. Se ve que la señora madre naturaleza no cayó con suficiente presteza en tal detalle. Quizá fuere interesante preguntarle si lo hizo o no a propósito.
 Amigo José Manuel..., ¿se lo preguntas tú..?



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