9 Dic '15
Y el sustrato, …el planeta, nuestra casa compartida, …eso es algo completamente fascinante.
Ni en el más optimista o psicodélico de
nuestros sueños pre-exposición podríamos haber concebido un escenario tan
impresionante, tan simpar, tan maravilloso, en el que desarrollar nuestras
atribuladas peripecias existenciales.
El regalo de la naturaleza es el don inicial y
permanente a cuya inmensurable valía nunca habríamos de restarle la debida
perspectiva. No sólo ofrece las posibilidades y cumple las exigencias que
requiere la biología orgánica a que nos sometemos los reinos vivos, sino que, y
ya centrados en nuestro humano caso, supone un obsequio sensorial de
proporciones incuestionables.
Ante el acecho y empuje irrefrenable, ya
milenarios, del progreso demográfico y material de nuestra especie, de tanto
artificio de asfalto, hormigón, emisiones y maquinaria destructiva, ante todo ello, la carcasa
planetaria, nuestro sufrido sustrato, resiste estoicamente y todavía es capaz
de sorprendernos, de subyugarnos con el despliegue inaudito del arsenal de
excepcionales maravillas que concurren en todas y cada una de las latitudes, a
lo ancho y largo del esférico escenario.
Bosques mediterráneos y boreales, tundras
gélidas, áridas y vastas estepas solitarias; sabanas cálidas y junglas
tropicales rebosantes de toda suerte de manifestaciones vitales; ríos
caudalosos y desbocados, lagos azules inmaculados; costas marinas llanas o
abruptas; montañas inmensas y cordilleras inabordables, infinitas y nevadas;
desiertos de belleza imposible; paisajes árticos donde reinan icebergs
gigantes, eternos hielos inhóspitos y cielos de azules vertiginosos…
No perdamos nunca, por favor, la capacidad de disfrutar, de asombrarnos y emocionarnos ante un determinado paisaje natural, ante un amanecer o una puesta de sol inolvidables, ante la caída silenciosa de la nieve durante horas, o una tormenta tremenda de relámpagos atronadores; ante un firmamento nocturno generosamente límpido y estrellado, ante el dibujo de una numerosa bandada de aves surcando el cielo en perfecta coreografía… No olvidemos que el conjunto de todo ello, la bendita madre naturaleza, nos lega generosísimamente un impagable regalo gratis ininterrumpido, constante, y… esperemos que permanente.
Procuremos, cuando menos, no menoscabar todo
ello más deprisa de lo necesario. Si es que cupiera dignamente aquí en forma alguna el
término y concepto “necesario”…
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