Era el momento.
A todas luces debía de ser el momento, tío.
El gran espaldarazo, el rotundo y esperadísimo golpe en la mesa; la
imprescindible reivindicación.
Una vez más, no es tarea sencilla considerar y
admitir las causas que desbarataron de nuevo el proceso, que decretaron tirar
por la borda toda la ilusión, toda la energía que impregnaba tanto en derredor.
Todo el trabajo invertido en tantas horas esperanzadas en pos de la causa.
Una vez más, queda la sensación acuñada con el
sello del pérfido designio. Queda el rastro lúgubre de la desazón. Prorrumpe
el hálito rancio exhalado con el manto de la humillación.
Y la cruda admonición del por qué, carajo, del
por qué esta vez también.
Efectivamente, ha sido ocasión palmaria para conjeturar que pueden saber muy bien lo que hacen; que pueden haber estado al quite con la eficacia y solvencia prover-biales. Maquiavélicas eficacia y solvencia; maquiavélica maquinaria implacable...
De momento...
Efectivamente, ha sido ocasión palmaria para conjeturar que pueden saber muy bien lo que hacen; que pueden haber estado al quite con la eficacia y solvencia prover-biales. Maquiavélicas eficacia y solvencia; maquiavélica maquinaria implacable...
De momento...
Sí, porque pese a todo, el banderín sigue aún en pie. Va a proseguir la brega, el desempeño, la atención, la causa. Mientras resten briznas de esperanza, no cabe duda de que la trémula llama de la ilusión permanecerá aún alumbrando el tortuoso sendero hacia el jactancioso, escurridizo propósito.
Por cabezota, por oficio ya más que instaurado, por inercia inviolable constituida ya en lugar común por derecho propio. Porque ha de ser así, en definitiva. Porque no hay otra, a día de hoy. Y por seguir quemando naves, todas ellas; por orgullo torero que no habrá manera pronta de doblegar.
Por cabezota, por oficio ya más que instaurado, por inercia inviolable constituida ya en lugar común por derecho propio. Porque ha de ser así, en definitiva. Porque no hay otra, a día de hoy. Y por seguir quemando naves, todas ellas; por orgullo torero que no habrá manera pronta de doblegar.
En tanto, felicitaciones sinceras al
salmantino. Es eviden-te que no ha arrostrado trabas de tamaña magnitud –siquiera
mucho menor-, pero qué demonios, es menester; profesa similar calidad. Y
además, se advierte de sobras que es un gran tipo.
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