Total,
que para allá vamos, Amazonas arriba. Ese río es completamente
salvaje. Un cauce inmenso, descomunal, apocalíptico; de un color
pardo sempiterno y una corriente que promete poder tragarse el mundo
en un instante, si se le antoja.
La anchura del curso fluvial normalmente no permite escudriñar a simple vista las dos orillas principales; de hecho la cifra alcanza varios kilómetros. Aparte, frecuentemente comparecen islas e islotes de los que, igualmente, se divisa normalmente sólo el costado más cercano.
La anchura del curso fluvial normalmente no permite escudriñar a simple vista las dos orillas principales; de hecho la cifra alcanza varios kilómetros. Aparte, frecuentemente comparecen islas e islotes de los que, igualmente, se divisa normalmente sólo el costado más cercano.
En
derredor, y durante toda la travesía, gobierna esa jungla brutal,
silenciosa, acechante, sensual. Verde, tupida y eterna, como un
monstruo inclemente que con un chasquido de dedos decide el designio
del universo. Contemplando aquella desmesura desde cubierta, uno acepta como
pocas otras veces la insignificancia y eventualidad de la naturaleza
humana.
Hay
paradas en determinadas estaciones fluviales; suben nuevos pasajeros a colgar
su hamaca. Otros, desembarcan dejando libre su espacio. Y tienen lugar
las transacciones comerciales correspondientes; la planta baja del
barco es una bodega cargada de diversas y voluminosas mercancías.
La
tercera y superior es donde está el bar, del que brota
ininterrum-pidamente, durante la jornada diurna y primeras horas
nocturnas, una musicorra insoportable con una calidad y volumen de
sonido totalmente infames. Es preciso huir de allí lo antes posible
tras proveerse de una lata de cerveza, si uno no desea volverse
majareta o decidir a quién agarra primero por el cuello.
Los
turnos de las comidas, que vienen normalmente incluidas en el precio
del pasaje, se constituyen en el principal factor que rompe la
monotonía de las horas. Después, queda la lectura, la charla con
los vecinos de habitáculo y las fugaces visitas al desapacible bar
de arriba.
Por
fin, llega la noche, y con ella el momento de apañárselas en la
flamante hamaca, que pende y espera paciente en esos armazones
metálicos junto a multitud de otras similares, por todos los flancos
imaginables de la planta intermedia, la destinada al enjambre humano.
Pero
la habilidad, menor o mayor, a la hora de procurarse en ella –la
hamaca- una postura lo más apacible posible para lograr congeniar
unas horas con Morfeo, resulta que no va a ser el factor más a tener
en cuenta.
Los
brasileños, en general, son gente muy agradable. Correctos,
simpáticos, cordiales y siempre dispuestos a la colaboración e
interacción con extraños y propios. Pero, como contrapunto, resulta
que, allí, uno descubre que se da una circunstancia con la que
seguramente no contaba demasiado por anticipado.
Resulta
que su concepto del respeto por el prójimo a la hora del descanso
nocturno, en medios de transporte colectivos, es una asignatura que
tienen completamente pendiente. Ya lo viví en diversos trayectos
nocturnos en autobuses, anteriormente. Y allí, en el barco, lo
corroboré en su más generosa expresión.
Para
ellos, o muchos de ellos, nada más normal que, si no les vence el
sueño en plenas horas nocturnas o de madrugada, ponerse a hablar
entre varios con un volumen de voz cual si fueran las cinco de la
tarde. O cual si no hubiese, en definitiva, trescientos usuarios más
apiñados alrededor, ahí mismo, afanados en la noble tarea de
intentar planchar dignamente la oreja. Y el caso es que a nadie
parece importarle lo más mínimo. Ni, como queda patente, a los que
le dan a la lengua en animado y bullicioso palique, ni tampoco,
curiosamente, a quienes han de padecer las correspondientes
consecuencias.
A
otro, puede sonarle el móvil a la una de la madrugada y ponerse a
pegar alaridos como un energúmeno por el aparato sin importarle un
pijo que haya una muchedumbre al lado intentando “piltrar”. Yo lo
flipaba. El que da las voces despierta a otros cinco, o diez, o quince, quienes en vez de
decirle “¿quieres bajar un poco la voz, cacho animal..?”, se
ponen a su vez a charlar animada y jovialmente, aprovechando que se
han despertado, de nuevo a un volumen gutural propio del parquet del
edificio de la Bolsa.
La
madre que los parió.
Yo
dormía –o más bien lo intentaba- con tapones de oídos, que
también tiene narices. A pesar de ello, una madrugada, a las tres y
pico, tuve que saltar como un resorte de la hamaca y coger sin
pensármelo dos veces por la pechera a un borrego que pasaba en esos
momentos por mi sector dando unas voces descomunales, verdaderos
berridos, en la charla que mantenía con otro tipo que le acompañaba.
Al parecer, eran dos tíos de la tripulación. Le agarré por las
solapas (ya llevaba yo varias noches en el barco y estaba hasta los
mismísimos, pues aquello se repetía siempre sin solución de
continuidad), al grito de "¡…pero qué cojones haces tú dando
estas voces a estas horas, pedazo de capullo..?!!”, y el pájaro me
miraba con una expresión de perplejidad virginal, sin comprender al
parecer ni los más básicos resortes de mi reacción. Con ojos como platos, como presa absoluta de la sorpresa. Como si ir dando alaridos
en plena madrugada donde hay una muchedumbre durmiendo no fuese un
comportamiento de lo más normal. Concluí, qué remedio, que en
aquel país debía de serlo, sí…
Total,
que sin contar dos días que me quedé en Manaus –allí el alemán
Christopher y yo separamos nuestros caminos- y otro más en una
población sita en una de las enormes islas del río, despaché trece
jornadas, con sus correspondientes y movidas nochecitas, en
diferentes barcos surcando el gigante fluvial hasta alcanzar al fin
Tabatinga, en la triple frontera con Colombia y Perú.
Desde
luego, no recomiendo a nadie semejante panzada. Con un par de días
que dedicar a la gracia de navegar un poco, como la gente local, por
su majestad el Amazonas, lo encuentro más que razonable.
Y
si de noche, los diurnamente amigables brasileños son capaces de no
berrear como si les fuera la vida en ello, mejor que mejor.
La
pendeja madre que los parió…
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