No
callaban ni debajo del agua, tronco. La madre que los parió…
La
cosa es que estaba de vuelta por Brasil, en dos mil once, nueve años
después de aquella primera incursión por el gigante sudamericano
que tan gratísimas sensaciones y subsiguientes recuerdos me había
deparado.
Esta
vez, la novedad más reseñable que pude constatar fue el incremento
bestial de la carestía de vida en el país. Al menos, para el
viajero foráneo. Transportes, alojamientos –incluso modestos-…
suponían un desembolso que hacía trizas las cuentas y cálculos que
el abnegado mochilero llevaba a cabo en el transcurso de las
jornadas.
En
la etapa final del viaje, decidí mandar al cuerno el billete de
regreso a España, y en su lugar, proceder con una experiencia que
había pergeñado mentalmente en bastantes ocasiones en los años
anteriores: navegar el río Amazonas.
Sí,
llegar a Perú a través del gigantesco curso fluvial; unos cuatro
mil quinientos kilómetros remontando el inmenso río desde la
desembocadura, en Bêlem, estado de Pará. “El río de la
desolación”, que tituló Javier Reverte en su libro publicado unos
años antes, narrando su experiencia que ahora me disponía yo a
emular, aunque, en mi caso, iba a ser en sentido opuesto al de la
corriente, a diferencia de como lo hizo él.
En
Bêlem coincidí con Christopher, un alemán que también se decidió
a navegar río arriba, al menos hasta Manaus, capital del estado de
Amazónia. Congeniamos de inmediato. Ya puedes estar en Tanzania, en
Myanmar, en Bolivia o en Indonesia: siempre aparece un alemán con
quien compartir unas cuantas jornadas. Normalmente, gente cordial,
correcta, culta y afable, los teutones. Suele resultar siempre
satisfactorio interactuar con ellos en los viajes.
El
propio curso del Amazonas es la principal vía de transporte en toda
esa vasta área que se da en llamar el pulmón del planeta. Así,
muchos barcos se constituyen en los medios de transporte que
diariamente son utilizados por miles de personas para desplazarse
entre poblaciones ribereñas. En ocasiones, la travesía ha de
prolongarse varias jornadas, dadas las ingentes distancias que pueden
establecerse entre las diferentes ciudades y localidades.
Los
barcos, normalmente, fletan mercancías a lo largo de diferentes
puntos del río. Y aprovechan igualmente para hacer negocio
transportando también pasajeros. Uno de los pisos de las
embarcaciones –que suelen ser de grandes dimensiones- se destina al
alojamiento de éstos. Pero no se trata de cruceros de lujo, no. Las
comodidades, más bien, están llamadas a brillar por su ausencia. De
hecho, todo viajero que suba a un barco y pretenda pasar al menos una
noche en el mismo, deberá haberse provisto necesariamente de una
hamaca, pues no existe infraestructura alguna o dotación que
facilite la pernocta del pasajero.
Así
pues, no queda otra que escoger un lugar lo más adecuado posible en
el que atar los dos extremos de la hamaca en alguno de los barrotes
verticales que se disponen fijos al suelo para posibilitar tal
función. Conforme la embarcación va nutriéndose progresivamente de
género humano, aquello queda convertido en un enjambre de hamacas
dispuestas a diferentes alturas y orientadas a todos los puntos
cardinales. El apiñamiento llega a ser ciertamente colosal. Si,
además, queda algún espacio en el que poder atar una cuerda que
sirva para colgar toallas, prendas de ropa, etc…, finalmente todo
el conjunto adquiere el aspecto de una especie de “caravana de
gitanillos” surcando el gran río, como comentábamos jocosamente
Christopher y yo en el barco que nos tocó en suerte.
(To be continued..)
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