Era
buena gente. Noble, cordial; proactiva –que se viene diciendo en
estos tiempos- para la simpatía. Preocupada por ser y parecer
correcta. Una chica interesante, en suma. Una aragonesa cabal, de
admirable cepa.
Y
atractiva, indudablemente. Demonios si lo era…
De
hecho, esto último –y buena parte de lo anteriormente aludido- ya
nos lo parecía a unos cuantos casi desde la tierna infancia, en el
cole, cuando empezábamos a mirar a las niñas como algo más que a
seres impertinentes que saltaban a la comba cerca de donde nosotros
pateábamos el balón.
Coincidí
con ella en las aulas de algunos cursos de E.G.B., y años después
en el último de los del B.U.P., ya en plena adolescencia.
Después,
los respectivos años universitarios –una en Zaragoza, otro en
Madrid- separaron nuestros rumbos, aunque en verano siempre podíamos
coincidir alguna vez en los bares de la localidad de origen. Algún
saludo fugaz, entonces, pues escaso trato mutuo habíamos desplegado
realmente esos años anteriores. De hecho, hasta antes de empezar a
afeitarme con frecuencia, bien apocado, pazguato e inútil total
había sido siempre yo con respecto al género opuesto. Un timorato
mayúsculo, un troglodita imperial; un “fabas” irredento. Y así me había ido, consiguientemente…
La
proximidad dentro del ámbito científico de las carreras que
estudiamos en la universidad deparó que volviésemos a coincidir, ya
con veinticinco primaveras cada uno, esta vez como compañeros de
trabajo. Era el chiringuito ése que se habían montado los italianos
–con ciertas y altivas incrustaciones catalanas- en el Alto
Gállego, ahí mismo junto a donde echamos los dientes.
Tanta
casualidad no podía dejar de cobrarse su cuota correspondiente. Yo
duré poco –afortunadamente- en esa empresa de pendejos. Ella, en
cambio, es muy posible que aún permanezca en nómina. El caso es que
ahí empezaron a saltar –por fin- chispas entre ambos, aunque la
cosa se concretó cuando yo ya había ahuecado el ala, y comenzado a
coquetear con mis peripecias por los trópicos. Pero siempre
regresaba estacional y temporalmente por la tierra natal en las
ocasiones correspondientes.
El
asunto, en todo caso, fue efímero. Yo me sabía nómada y tal
circunstancia no secundaba la causa. Y faltaba algo, según mi
análisis: quizá algo más que sólo una poderosa atracción.
Ella
valía la pena –seguramente bastante más que yo-, pero aun siendo
consciente de ello no lograba apearme del borrico. Faltaba algo, ahí.
Y no era precisamente desafección carnal. Ahí no podía quejarme.
De hecho, determinadas prestaciones inherentes no he vuelto a
saborearlas igual con mujer alguna. Pero, por lo demás, no me
enganché como para apostar en firme.
“Eres
duro; dejas a todas las chicas..”, recuerdo me dijo, a modo de
epílogo, y siendo conocedora de parte de mi background de años
precedentes. “¿Duro yo..?”, pensé; “…lo que pueden llegar a
confundir las apariencias”… Siempre creyó que la había dejado
por otra chica que veraneaba en el pueblo. Me había visto a veces
flirtear con ella por ahí, antes de empezar lo nuestro. También
alguna otra vez después, aunque nunca en flagrante exhibición. Pero
nada más lejos, aunque al parecer no terminó de creerme a tal
respecto.
No
tardó en emparejarse en serio con un joven de la localidad. Tuvo al
menos un par de churrumbeles con él. Esparció sus cromosomas, vamos, como
casi todo cristo.
Un
montón de años después celebramos una cena multitudinaria de ex
compañeros de estudios, de los nacidos en el mismo año. Llevábamos
al menos dos lustros largos sin vernos. En un momento de charla a
solas, ya a la hora de las copas, volvió a aludir, simpáticamente,
a su versión –errónea- de que en su día yo la dejé por la otra.
Hablamos con cierta socarronería de nuestra aventurita ya tan lejana
en el tiempo. El alcohol circulaba ya a todo trapo por mis arterias,
a esas horas, en plena fiesta donde realmente me encontraba muy a
satisfacción. Con la charla que estábamos elaborando, terminé
soltándole una absurda pendejada; una insolente estupidez.
Muy digna, ella abandonó para no volver el rincón en que nos encontrábamos. Una buena órdiga debió de haberme propinado, al marcharse, de cualquier modo. Pero ya dije, era muy noble. Bastante más que yo, sobre todo cuando "pimplo". El alcohol puede convertirme, si no pongo cuidado, en un majadero imponente, en un buen pedazo de mamarracho.
Muy digna, ella abandonó para no volver el rincón en que nos encontrábamos. Una buena órdiga debió de haberme propinado, al marcharse, de cualquier modo. Pero ya dije, era muy noble. Bastante más que yo, sobre todo cuando "pimplo". El alcohol puede convertirme, si no pongo cuidado, en un majadero imponente, en un buen pedazo de mamarracho.
A
ver si algún día aprendo, carajo, que puede ir ya siendo hora.
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