CON ESTIMA

                                                                                            11 Ago '15



 Era buena gente. Noble, cordial; proactiva –que se viene diciendo en estos tiempos- para la simpatía. Preocupada por ser y parecer correcta. Una chica interesante, en suma. Una aragonesa cabal, de admirable cepa.
 Y atractiva, indudablemente. Demonios si lo era…
 De hecho, esto último –y buena parte de lo anteriormente aludido- ya nos lo parecía a unos cuantos casi desde la tierna infancia, en el cole, cuando empezábamos a mirar a las niñas como algo más que a seres impertinentes que saltaban a la comba cerca de donde nosotros pateábamos el balón.
 Coincidí con ella en las aulas de algunos cursos de E.G.B., y años después en el último de los del B.U.P., ya en plena adolescencia.
 Después, los respectivos años universitarios –una en Zaragoza, otro en Madrid- separaron nuestros rumbos, aunque en verano siempre podíamos coincidir alguna vez en los bares de la localidad de origen. Algún saludo fugaz, entonces, pues escaso trato mutuo habíamos desplegado realmente esos años anteriores. De hecho, hasta antes de empezar a afeitarme con frecuencia, bien apocado, pazguato e inútil total había sido siempre yo con respecto al género opuesto. Un timorato mayúsculo, un troglodita imperial; un “fabas” irredento. Y así me había ido, consiguientemente…
 La proximidad dentro del ámbito científico de las carreras que estudiamos en la universidad deparó que volviésemos a coincidir, ya con veinticinco primaveras cada uno, esta vez como compañeros de trabajo. Era el chiringuito ése que se habían montado los italianos –con ciertas y altivas incrustaciones catalanas- en el Alto Gállego, ahí mismo junto a donde echamos los dientes.
 Tanta casualidad no podía dejar de cobrarse su cuota correspondiente. Yo duré poco –afortunadamente- en esa empresa de pendejos. Ella, en cambio, es muy posible que aún permanezca en nómina. El caso es que ahí empezaron a saltar –por fin- chispas entre ambos, aunque la cosa se concretó cuando yo ya había ahuecado el ala, y comenzado a coquetear con mis peripecias por los trópicos. Pero siempre regresaba estacional y temporalmente por la tierra natal en las ocasiones correspondientes.
 El asunto, en todo caso, fue efímero. Yo me sabía nómada y tal circunstancia no secundaba la causa. Y faltaba algo, según mi análisis: quizá algo más que sólo una poderosa atracción.
 Ella valía la pena –seguramente bastante más que yo-, pero aun siendo consciente de ello no lograba apearme del borrico. Faltaba algo, ahí. Y no era precisamente desafección carnal. Ahí no podía quejarme. De hecho, determinadas prestaciones inherentes no he vuelto a saborearlas igual con mujer alguna. Pero, por lo demás, no me enganché como para apostar en firme.
Eres duro; dejas a todas las chicas..”, recuerdo me dijo, a modo de epílogo, y siendo conocedora de parte de mi background de años precedentes. “¿Duro yo..?”, pensé; “…lo que pueden llegar a confundir las apariencias”… Siempre creyó que la había dejado por otra chica que veraneaba en el pueblo. Me había visto a veces flirtear con ella por ahí, antes de empezar lo nuestro. También alguna otra vez después, aunque nunca en flagrante exhibición. Pero nada más lejos, aunque al parecer no terminó de creerme a tal respecto.
 No tardó en emparejarse en serio con un joven de la localidad. Tuvo al menos un par de churrumbeles con él. Esparció sus cromosomas, vamos, como casi todo cristo.
 Un montón de años después celebramos una cena multitudinaria de ex compañeros de estudios, de los nacidos en el mismo año. Llevábamos al menos dos lustros largos sin vernos. En un momento de charla a solas, ya a la hora de las copas, volvió a aludir, simpáticamente, a su versión –errónea- de que en su día yo la dejé por la otra. Hablamos con cierta socarronería de nuestra aventurita ya tan lejana en el tiempo. El alcohol circulaba ya a todo trapo por mis arterias, a esas horas, en plena fiesta donde realmente me encontraba muy a satisfacción. Con la charla que estábamos elaborando, terminé soltándole una absurda pendejada; una insolente estupidez.
 Muy digna, ella abandonó para no volver el rincón en que nos encontrábamos. Una buena órdiga debió de haberme propinado, al marcharse, de cualquier modo. Pero ya dije, era muy noble. Bastante más que yo, sobre todo cuando "pimplo". El alcohol puede convertirme, si no pongo cuidado, en un majadero imponente, en un buen pedazo de mamarracho.
 A ver si algún día aprendo, carajo, que puede ir ya siendo hora.


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