EL MAS FASCINANTE LUGAR


                                                                                  31 Jul '15


                                               
 Era octubre, un buen mes para adentrarse por aquel ecosistema. Estación seca avanzada. Era, por más acotación temporal, el año 2.010.
 Había leído un testimonio interesante de otro viajero aquejado del “veneno” por el mágico continente. Sus pocas líneas bastaron para excitar convenientemente mi curiosidad por aquel remoto paraje.
 No era mi primera vez en el país. Anteriormente, estuve ya en dos ocasiones dejándome caer por áreas más conocidas y accesibles; más, en suma, comerciales.
 Esa vez, en cambio, decidí llegar hasta allí; no olvidaba lo que ese viajero pintó con vistosas palabras en su aportación del foro internauta.
 Hacían falta días. Largas jornadas de transportes locales vetustos e incómodos; fatigosas sesiones jalonadas de sudor, baches y apiñamiento humano. Ocho, nueve horas cada día para recorrer distancias que en nuestro medio comportarían no más de dos o dos y media.
 Las gentes africanas son amables, cordiales. Se intercalan fases de silencio, lectura, contemplación del paisaje y ligeras cabezadas –pese al traqueteo y al calor-, con momentos de charla amigable con algún compañero o compañera de asiento. Pero no es mayoritaria la proporción de lugareños que puede comunicarse en el idioma colonial, allí. Ello me sirve, en ocasiones, para ahondar poco a poco en los rudimentos de esa lengua híbrida y maravillosa llamada suahili. De hecho, ya me las he ido apañando para circunstancias básicas como preguntar por una habitación en los alojamientos, pedir ciertas comidas o artículos de compra en los mercados callejeros, indagar acerca de las horas de los transportes, y por supuesto, para los saludos, despedidas y fórmulas básicas de cortesía.
 Llegué, al fin, una noche ya cerrada, aunque con una luna magnífica reinando en el cielo. Fui guiado por un mozalbete al, según él, único alojamiento existente en la pequeñísima y modesta población, apartado unos centenares de metros de la misma. Caminando hacia allí, comencé a escuchar los inconfundibles bramidos de los hipopótamos.
 ¿Hay un río por aquí?, pregunté al muchacho, quien manejaba lo suficiente el inglés. “Sí, el río está al lado del alojamiento; es aquí mismo”.
 Y efectivamente, las cinco o seis cabañas –de capacidad individual o doble- de que constaba el ‘campsite’ se ubicaban en una explanada con poca vegetación arbustiva en una de las orillas del río, poco caudaloso a esas alturas del año, y que en esa zona marcaba el límite con el fabuloso parque nacional aledaño.
 La luz generosa que irradiaba la luna me permitió descubrir visualmente un espectáculo que no olvidaré jamás. A escasas decenas de metros de las cabañas, se revelaba ante mí el escenario embaucador en el que docenas de hipopótamos mostraban sus orondas y brillantes siluetas recortadas a la luz del satélite, allí, desparramados entre el río y la orilla próximo a la que me encontraba.
 Estos paquidermos imponentes pasan las soleadas horas diurnas siempre en contacto o en la inmediata proximidad del agua dulce, imprescindible para ellos dadas las características de su gruesa piel. Es al llegar el crepúsculo cuando paulatinamente van abandonando el cauce y sus márgenes para adentrarse en la espesura terrestre y proceder a pastar hierba y vegetación, segándola con sus descomunales colmillos, durante varias horas hasta la madrugada siguiente.
 A esas horas primeras de la noche en que llegué a aquel magnífico emplazamiento, los animales comenzaban a desperezarse abandonando el río. Los que todavía se hallaban inmersos en el cauce del mismo no tardarían en emular al resto.
 En mis incursiones africanas, es ésta una de las fieras que más atracción me viene causando. Aún sabiendo también que es el mamífero al que más muertes humanas se le vienen atribuyendo en este continente, me rendí a la evidencia incuestionable de la excitación y emoción mayúsculas que me deparaba el hecho de hallarme en solitario en un lugar como aquél (no había más huéspedes en el alojamiento), a escasos metros de una buena colección de tales ejemplares, sin resistirme a acercarme cautelosamente por sus inmediaciones, aunque nunca a mucho menos de una decena de metros de alguno de ellos (alumbrando por momentos con la linterna hacia atrás para no verme sorprendido). “Coñe, que cuando estoy en la Plaza de España o en el metro pasa cualquier cosa menos esto, tú..”, pensaba.
 A la mañana siguiente, saliendo temprano –y cautelosamente- de la cabaña en que concilié sueño como buenamente pude, dado lo emocionante de la situación y el entorno, asistí al igualmente inolvidable espectáculo de observar las hileras de los gruesos paquidermos que, descendiendo torpemente por el terraplén en pronunciada pendiente que flanqueaba el estrecho río por la orilla opuesta a la mía, regresaban al líquido elemento con las primeras luces del alba tras dedicar la noche a las alimenticias incursiones terrestres.
 También a esas iniciales horas del día, fui asombrado testigo de lo que revelaban los imperativos de una realidad como la de un emplazamiento salvaje como aquél: en la modesta aldea, situada en el exterior del parque nacional, aunque en su mismo límite, varios racimos de niños, algunas mujeres y unos cuantos adolescentes acudían, provistos de grandes y coloridos cubos, a recoger agua a un manantial muy cercano al río. En esos momentos, el paso recurrente de los hipopótamos que retornaban hacia el cauce fluvial desde tierra adentro propiciaba escenas inverosímiles –para el europeo visitante, al menos- en las que animales y humanos habían de forcejear desde cierta distancia para no topar mutuamente en el camino. Los chavales procedían a golpear al unísono los cubos con sus manos para ahuyentar de sus inmediaciones a alguno de los animales que asomaban por el lugar en su búsqueda del río. Niños de tierna edad sometidos diariamente a más que probables encontronazos con la bestia más peligrosa del continente. Para ellos no suponía más que un trámite de rutinaria costumbre.
 En uno de esos momentos pude ver a un hipopótamo inmenso corriendo durante varios metros fuera del agua, y pude de inmediato imaginar el tremendo escenario de una embestida de una mole como aquélla al desdichado ser humano que infelizmente pudiera tropezar con él. No en vano, cuando el animal se halla fuera del agua es cuando su peligrosidad se ve multiplicada, pues en tierra firme es donde más inseguro y eventualmente irritable se siente mientras no alcanza su líquido hábitat diurno.
 Conforme avanzaba la mañana, el estrecho cauce del río terminó de poblarse completamente de hipopótamos. De colmarse de ellos, literalmente. Llegué a contar quinientos, apiñados en el tramo del curso fluvial que podía abarcar con la vista desde donde me hallaba. El regocijo y la sensación de mayúsculo entusiasmo que me embargaba en medio de aquel paraje remoto y sin parangón era sencillamente inexpresable con palabras.



 Pasé la mañana y buena parte de la tarde fotografiando y recreándome en esas inolvidables escenas de vida auténticamente salvaje. En esas horas diurnas ya podía aproximarme completamente a la orilla del agua. Es improbable que algún ejemplar decida salir del seguro cauce para intimidar a un intruso de dos extremidades inferiores que merodee por el entorno, aunque uno de ellos, seguramente un macho controlador de una nutrida cohorte de hembras, en un momento concreto procedió a una sacudida violenta e increíble, un repentino amago de persecución a un par de metros de mi presencia que me hizo correr indudablemente los quince metros más fulgurantes de mi vida. Creo que en dos minutos hubiese llegado a Estocolmo. Sabía que la mole paquidérmica había de salvar un desnivel de casi un metro de pequeño talud si pretendía salir completamente del río, y ésa era mi baza para considerar que seguramente desistiría de su empeño. Pero la mirada torva e intensa que la bestia me dedicó –la advertí, la advertí con patente certeza- los instantes previos a su tremenda sacudida tampoco la olvidaré jamás.


 Esa mañana, ya con el sol alto, crucé el río por el vetusto puente aledaño que daba acceso al parque nacional e incursioné durante unos veinte minutos por las inmediaciones del mismo, sin alejarme del cauce ni de la aldea. La vegetación allí se hacía más tupida, lo cual comprometía mi campo de visión. Era una buena temeridad, lo admito ahora y también entonces. Pero no podía reprimir la emoción intensa que me invadía inmerso en tan incomparable escenario.
 En breves momentos me situé a una treintena de metros de algunas jirafas, y poco después a similar distancia de un grupillo de elefantes. Era indudablemente peligroso. Sabía que podrían merodear leones, igualmente, aunque no se muestran activos en las horas de calor. Decidí retornar, excitado, a la mayor área de seguridad de la zona del ‘campsite’, la de los quinientos hipopótamos retozando en el agua. (Menuda “seguridad”, sí…). Cuando completaba el regreso, fui sorprendido por un vehículo de rangers del parque nacional. La lógica y severa reprimenda que me dedicaron fue igualmente de campeonato. Sabía que no se permite caminar por el interior de la reserva de fauna, por obvias razones. Pero… aquello no lo tenía en la Plaza de España o en el intercambiador de la avenida de América
 Al día siguiente, acordé con Juma, un lugareño con aptitudes y permisos para ejercer labores de guía, un ‘game drive’ vehiculizado, ya totalmente legal, por el interior del parque nacional. Hectáreas y hectáreas de reserva paisajística y faunística de una belleza indescriptible. Solos el guía y yo en medio de aquel espejismo de verdor y ocres envolventes, de una luz inolvidable, donde me sentí transportado a un reducto intemporal, increíble, de naturaleza ruda y salvaje latiendo a ritmos primigenios de inconcebible fascinación. Durante diez horas, únicamente nos cruzamos con un vehículo ocupado por otro chófer y un matrimonio británico de cierta edad. Y animales, animales salvajes poblando esos páramos magníficos, dotando de vida espectacular cada recoveco y cada meandro. Cebras, jirafas, búfalos; leones, antílopes, cocodrilos; impalas, elefantes, aves de toda condición. Y de nuevo hipopótamos, centenares, miles, repartiendo sus atronadores bramidos, arracimados en el agua enfangada de la estación seca y abriendo a cada rato esas bocas descomunales en las que cabe el mundo entero.




Tras haber profanado anteriormente casi una veintena de reservas faunísticas africanas, no imaginaba hallar otra, ésta, de una belleza tan abrumadora, tan francamente insuperable. Observaréis que he omitido nombres y explícitas pistas de ubicación. Ha sido deliberado, sin duda. No quiero dar publicidad de un paraje como aquél. No quisiera contribuir a que en un futuro quizá no lejano las escenas habituales de otras áreas faunísticas, que en ciertas épocas del año congregan a diario a enjambres de vehículos de turistas en torno a un par de leones adormecidos e indolentes, pudieran empezar a reproducirse también aquí.






He regresado en un par de ocasiones más, en 2.011 y en 2.013, allí. En ésta última, era estación lluviosa y las condiciones generales no eran muy análogas a esa primera vez. Ambas fueron satisfactorias con creces, sí, aunque no llegué a igualar las sensaciones insuperables de aquel descubrimiento inicial, el de aquella primera vez en ese octubre en que puedo afirmar viví las jornadas más inolvidables y fascinantes de mi existencia.

 Y es que le debo lo suyo a aquel anónimo viajero que chivó en el foro su anterior experiencia. Menos mal que él no fue tan celoso y reveló el nombre del lugar. Del resto ya me encargué yo con una mochila y mucha ilusión.


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