OVERLAND DAYS (y WEEKS...)

                                                                                                      16 Jul '15

 Un atractivo lío: quince o dieciocho personas metidas en un camión grandote recorriendo parajes remotos del fantástico continente africano. Una variante turística importada de avezados aventureros británicos y holandeses, gentes de alta tradición en estas lides.
 Conductor y cocinero de campaña locales; al frente, un guía de habla hispana. Un itinerario pre-establecido, normalmente profanador de las más carismáticas áreas del país de turno, y con pernoctas que alternan la acampada en plena naturaleza exótica –frecuentemente en mitad del parque nacional o reserva faunística correspondiente- con otras bajo techo y paredes firmes. Un equilibrio óptimo entre ambas modalidades suele satisfacer a la mayoría del elenco participante.



 Y la cosa suele redundar en el éxito. El personal lo flipa de día observando fauna y paisajes a diario, a diestro y siniestro desde los amplios ventanales del pesado vehículo, así como esos amaneceres y ocasos sólo concebibles en ese continente. Y también después, de noche, especialmente cuando toca desplegar las tiendas de camping bajo las estrellas, y se suceden entonces los momentos impregnados de magia inolvidable con todo el grupo en torno al fuego, y más tarde, ya con cada mochuelo bajo su respectiva carpa, cuando el silencio del entorno es rasgado por los pasos o las voces de los salvajes especímenes autóctonos evolucionando al ritmo de sus correspondientes impulsos vitales.
 La emoción de que se embarga cada viajero es de similar intensidad ante el estruendo que el gigantesco elefante ocasiona al irrumpir en plena noche entre la maleza que circunda el campamento, como cuando se intuye certeramente la presencia de las hienas a unos centímetros de la tela de campaña, o cuando a la mañana siguiente se divisan huellas frescas de los imponentes felinos a sólo unos pasos de distancia de donde uno ha estado reposando en horizontal bajo el frágil pero seguro habitáculo.
 Han sido numerosas las ocasiones en que la excitación derivada de tales experiencias me comprometía sobremanera la conciliación del sueño reparador. Pero nunca dudaba en darlo por bueno. Son sólo unas pocas noches del año –y no todos los años- las que me veía inmerso en semejante tesitura sobradamente teñida de desbordante e inolvidable emoción.
 Y así probé y reincidí en cuatro aventuras distintas a lo largo y ancho de parajes extasiantes por tierras de Kenia, Tanzania, Botswana, Namibia, Zimbabwe, Zambia y Malawi. Benditas experiencias, todas y cada una de ellas.



 Tanto llegaba a mover mi vida la idea y puesta en escena de tales peripecias, que acabó irrumpiendo en mis meninges la intención de probar como guía de grupo de viajeros, en caso de ser seleccionado como tal por la agencia emprendedora. En vez de pagar, ser pagado por reeditar tamañas vivencias, si bien, claro está, portando sobre las espaldas un muy diferente grado de celo y responsabilidad.
 Y me seleccionaron en el 2009, un año después de la última de mis participaciones como cliente. Pero la cosa empezó extraña: por una baja imprevista de otro guía, hube de servir de reemplazo para un país que ni conocía, ni había llamado antes especialmente mi atención, ni era del estilo (faunístico-paisajístico) de lo que suscitaba mi interés en Africa. Tal país era Etiopía.
 Una ruta larga -veintiséis días-; demasiado larga para un debutante en estas lides coordinadoras. Una primera ruta de aprendizaje o training, bajo las directrices de un guía ya experto, y dos más ya a los mandos de la operación. Un perfil de viaje muy distinto, en definitiva, de cuan tanto había yo gozado como cliente esas cuatro ocasiones previas. Nada de fauna; demasiado lío logístico de cambio constante de medios de transporte; y casi lo peor: ruta subcontratada a una agencia local demasiado sobrada de ciertos componentes indeseables en sus filas.
 Y la clientela, unos viajeros españolitos de perfil también muy distinto a los que yo acostumbraba a tener de compañeros en los plácidos días de los años anteriores. Estos no tenían interés en rastrear al león o fotografiar a la cebra. Salvando honrosas excepciones, lo que pareció que éstos buscaban era que la ducha fuera de primera, que la bombilla de la habitación no fallara, o que los cuartos de baño de poblaciones humildes y remotas en que bajábamos a echar una mala meada en mitad de la ruta no presentaran suficientes incomodidades. Ahí, en los páramos desolados del paupérrimo sur etíope. Dadas tales premisas, no se procuran las vacaciones en Suiza, en Canadá o en las islas griegas. No; se decantan por el octavo o décimo país más pobre del mundo. Con un par de mamelones…
 Lo mejor, o lo único bueno, es que por ahí compareció “Supercrís de París”, la “Gambita del Poblenou”. La millor de totes. Yo me entiendo. Y ella también, por supuesto… Su grupo, el primero, fue de lo más decente, justo es señalarlo. El tercero fue el que “lo bordó”…
 De regreso a Barcelona, al final de la cruzada y destilando estress y hartazgo en grado superlativo, toca rendir cuentas a la agencia, y de paso, catar la guinda del percal: chulería, insolencia y cobardía inusitadas e innecesarias de los prebostes de la empresa, el inglés y el catalán.
 Una y no más, tronco. A hacer puñeflas con el guiado. Eso sí, aquellas magníficas primeras cuatro experiencias, las de cliente, no me las arrebata nadie. La pena es que hubieran sido alguna más, a buen seguro…


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