8 Abr '15
Absolutamente todos, como pocas
veces, recordamos perfectamente en aquella ocasión dónde estábamos, o con quién
o quiénes, o qué demonios hacíamos en el momento mismo en que nos enteramos.
En mi caso, debí de haber almorzado
relativamente temprano, en esa jornada de estío ya bastante avanzado. De hecho,
retozaba en un sofá sumido en un irresistible duermevela, con el televisor sin
apagar, aunque a volumen deliberadamente bajito. La sintonía del comienzo del informativo
de las tres penetraba por uno de mis oídos, mientras que el otro parecía
dispuesto a decidir si prestaría un posible ápice de atención al encabezado de
las noticias principales del día, o si mejor me dejaría llevar sin más dilación
por los melindrosos cantos de sirena del señor Morfeo.
Abrí al menos un ojo cuando la
engolada voz de Matías Prats cobró énfasis para anunciar que, según teletipo de
ultimísima hora, la parte superior de una de las Torres Gemelas del centro de
Manhattan estaba siendo objeto de un llamativo y reciente incendio. En breve,
el locutor subrayó que, al parecer, una avioneta se había accidentado mediante
colisión de una de sus alas contra el cuadrangular edificio. “¡Coño!”, pensé,
mientras el sueño porfiaba por ingeniárselas para retenerme en los lindes de su
embaucador territorio.
Cuando, escasamente un par de
minutos después, la voz de Matías se transmutaba directamente ya en una
resonancia angustiosa y descontrolada para participar, a cuantos le estuviésemos
escuchando, que otro avión acababa de incrustarse de lleno en la segunda de las
torres del World Trade Center, -lo cual cobraba absoluta veracidad con las
flagrantes imágenes difundidas en directo-, las posibilidades de abandonarme a
los llamados inasequibles de la siesta se esfumaron radical y definitivamente.
Me puse en pie de un brinco, debí
poner unos ojos como platos de loza esmaltada, y noté cómo en un segundo se
erizaban al unísono todos los vellos de mi organismo serrano. Desde los de la
cabeza hasta los de las zonas pudendas.
Y (…aún faltaba más), cuando
escasos minutos más tarde se nos informaba también de que un tercer avión debía
haber impactado en plenas instalaciones del Pentágono en Washington, yo ya no sabía
en qué ignotas coordenadas acababa de situarse el orden ya de por sí imprevisible
de nuestro espídico mundo.
Me llevé las manos a la cabeza; recuerdo que fue todo lo que atiné a hacer imbuido en semejante zozobra, mientras, suponiendo que al igual que tantísimos otros congéneres conocedores de la situación, barrunté que el planeta acababa de firmar el finiquito anunciador de una dimensión inescrutable, desconocida, insondable y apocalíptica.
Me llevé las manos a la cabeza; recuerdo que fue todo lo que atiné a hacer imbuido en semejante zozobra, mientras, suponiendo que al igual que tantísimos otros congéneres conocedores de la situación, barrunté que el planeta acababa de firmar el finiquito anunciador de una dimensión inescrutable, desconocida, insondable y apocalíptica.
Salí a la calle; debía acudir a mi
empleo veraniego cumpliendo el habitual trayecto de tres kilómetros, como
acostumbraba, a lomos de bicicleta. Miraba a la gente que transitaba
tranquilamente por las callejuelas a esas apacibles horas de septiembre.
“Muchos aún no lo saben”, pensé. Locales y turistas entremezclados; estábamos
en Sant Pere Pescador, localidad gerundense del golfo de Rosas, en plena Costa
Brava. Sentía la tentación de gritar a todo el mundo “¡¿..Se han enterado ya de
lo que acaba de pasar; se han enterado ustedes..?!!”
Fui consciente del tremendo vértigo
resultante de que, a mis casi treinta y tres castañas, era la primera vez en
que la desproporcionada magnitud de una noticia recién acaecida dividía en esos
momentos a mis congéneres en dos descomunales grupos: los que ya la conocíamos,
y los que iban a hacerlo indefectiblemente en las próximas horas o minutos. Y
pensé en cómo reaccionarían todos sus cuerpos, sus rostros, sus emociones, en
cuanto los del segundo grupo pasasen paulatinamente a incorporarse al nuestro.
A la mañana siguiente, el mundo era
otro, desde luego. Compré un diario de tirada nacional, y la portada era una de
ésas que uno no olvida jamás en toda su vida. Sobre la imagen terrible de las
Torres Gemelas en llamas y a punto de comenzar a colapsarse, el enorme titular
de gruesos caracteres a toda plana rezaba simplemente: “El mundo en vilo ante la respuesta de Bush”.
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