Las pulsiones exhalan al mundo su impronta, su hálito incontinente.
El mundo absorbe, incorpora, procesa, genera; sólo en ocasiones, expresa.
La expresión del mundo es un crisol despiadado, omnímodo.
El mundo juega su mano de dados al auspicio de su poltrona rozagante. Nada le conmueve.
La corriente de todo lo eterno fluye indómita. Sólo los maniquíes gélidos rinden su torva, indolente faz.
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